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Junio 24, 2009

La carta del Papa y los mitos sobre el celibato

Las dos noticias han salido a la luz casi al mismo tiempo y el contraste no puede ser más llamativo. Me refiero a la carta que el Papa ha dirigido a los sacerdotes, con motivo del “Año Sacerdotal” que empieza mañana, y el memorandum surgido por “iniciativa de laicos austriacos”, que incluye –entre otros puntos– que se suprima el celibato sacerdotal. La propuesta fue presentada al Prefecto de la Congregación vaticana para el Clero por el arzobispo de Viena, cardenal Schönborn (quien hizo de mensajero, sin compartirla, pues lo había prometido a los promotores).

Por Diego Contreras


Las dos noticias han salido a la luz casi al mismo tiempo y el contraste no puede ser más llamativo. Me refiero a la carta que el Papa ha dirigido a los sacerdotes, con motivo del “Año Sacerdotal” que empieza mañana, y el memorandum surgido por “iniciativa de laicos austriacos”, que incluye –entre otros puntos– que se suprima el celibato sacerdotal. La propuesta fue presentada al Prefecto de la Congregación vaticana para el Clero por el arzobispo de Viena, cardenal Schönborn (quien hizo de mensajero, sin compartirla, pues lo había prometido a los promotores).

Benedicto XVI glosa en su carta la figura y el ejemplo del Santo Cura de Ars, Juan María de Vianney, del que se conmemora el 150 aniversario de muerte, punto de arranque de este Año Sacerdotal que lleva por lema “Fidelidad de Cristo, fidelidad del sacerdote”. Su objetivo es "promover el empeño de renovación interior de todos los sacerdotes, con el fin de lograr que su testimonio evangélico en el mundo de hoy sea más fuerte e incisivo". El Papa concluye la carta con unas frases en las que pide a la Virgen que “suscite en el alma de todos los sacerdotes un generoso relanzamiento de los ideales de total entrega a Cristo y a la Iglesia que inspiraron el pensamiento y la acción del Santo Cura de Ars”.

Por contraste, en la misiva que llevó el cardenal de Viena se pide la abolición del celibato, la reincorporación al ministerio de los sacerdotes casados, la ordenación diaconal de la mujer y la sacerdotal de hombres casados (los llamados “viri probati”). Entre los motivos que aducen los promotores –incluidos personalidades de la vida política y social austriaca– figuran la escasez de sacerdotes. La petición, ciertamente, suena demasiado ideológica, pero no dudo de que el cardenal Schönborn habrá tenido sus buenas razones para haber actuado de cartero. Ya se ve que la situación del país no es fácil.

Lo que me parece más interesante es la respuesta indirecta que el propio Schönborn (citando al Papa) da a esa petición. En unas declaraciones al programa alemán de Radio Vaticano comentó que durante el reciente encuentro con representantes del episcopado austriaco, el Papa ”ha dicho algo sobre el celibato que nos ha impresionado. Dijo que, en el fondo, la cuestión es si creemos que es posible y que tenga sentido vivir una vida fundada solo y exclusivamente sobre una cosa, Dios”. Y comento yo: es lo que se dice ir al núcleo de la cuestión. Como afirma un amigo, los seminarios no los llenan las esposas ni las suegras, sino las vocaciones. El resto es un mito, que se repite cíclicamente.

Aborto en USA: ¿valen los principios de 1776?

¿Sigue siendo verdad, en Estados Unidos, como en otros lugares del mundo, que son inalienables los derechos a “la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”?

Por Fernando Pascual


Todos los años, el 4 de julio, Estados Unidos celebra y recuerda su Declaración de independencia.

En el segundo párrafo de la Declaración, leemos lo siguiente:

“Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que para garantizar estos derechos se instituyen entre los hombres los gobiernos, que derivan sus poderes legítimos del consentimiento de los gobernados; que cuando quiera que una forma de gobierno se haga destructora de estos principios, el pueblo tiene el derecho a reformarla o abolirla e instituir un nuevo gobierno que se funde en dichos principios, y a organizar sus poderes en la forma que a su juicio ofrecerá las mayores probabilidades de alcanzar su seguridad y felicidad (...)” (cf. http://www.archives.gov/espanol/la-declaracion-de-independencia.html).

Existen, antes de esta Declaración, y después de ella, derechos irrenunciables, que todo ser humano posee en cuanto ser humano. En cierto sentido, la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 afirma algo parecido.

Pero el punto es: ¿sigue siendo verdad, en Estados Unidos, como en otros lugares del mundo, que son inalienables los derechos a “la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”?

En muchos países, empezando por los mismos Estados Unidos, el derecho a la vida es pisoteado a niveles nunca antes imaginados. En el país de la Estatua de la libertad, cada año más de 1 millón de abortos terminan con la vida de hijos, “culpables” simplemente de no ser amados, de no ser deseados, o de no tener el mínimo de “calidad” exigido por otros.

La nación que lanzó en 1776 su grito de independencia en nombre del derecho a reformar o abolir gobiernos despóticos y violadores de los derechos fundamentales (vida, libertad, búsqueda de la felicidad), convive hoy con el aborto; es decir, acepta que el derecho a la vida ya no sea tan importante.

Le faltan energías interiores, desde los instrumentos que la misma democracia permite, para subvertir la situación, para apartar de los puestos de gobierno y de responsabilidad pública a los promotores de la muerte de los hijos antes de nacer.

Estados Unidos, y todo pueblo que se precie de defender la dignidad humana, necesita recordar que ningún gobierno debería subsistir cuando viola uno de los derechos básicos de todo ser humano: el derecho a la vida.

Toca a cada ciudadano, a cada hombre o mujer, poner su granito de arena en favor de esos millones y millones de hijos que podrán nacer si, de verdad, nos decidimos a defender derechos humanos irrenunciable en cualquier estado que viva, realmente, la justicia.

Junio 23, 2009

Hacia una psicología integral

Si por sus etimologías griegas y latinas persona y personalidad son palabras equivalentes, ¿por qué su significado actual es tan diverso? ¿Por qué Freud y los psicólogos posteriores profundizan en la noción de personalidad y no ya en la persona misma?

Por Roel Osorio


I. Psicología moderna y uno de sus progenitores

Durante mis años de trabajo en diversos países, he logrado percibir la importante dependencia que la sociedad occidental mantiene con algún tipo de asistencia psicológica.

En muchos se sucedía que ese apoyo de formación, lejos de ser provechoso, sano y conveniente, se convertía en un peligro para su formación integral, dado que les iba dejando una visión deformada o reduccionista de sí mismos. Esto, naturalmente, traía como consecuencia una distorsión en la vivencia de los valores morales a nivel personal y si se multiplica el fenómeno, como de hecho se da, nos enfrentamos a un problema social y cultural. Tanto es lo que se pone en juego al solicitar ayuda profesional psicológica.

No es mi objetivo anatematizar el psicoanálisis, cimiento de las terapias en la psicología clínica; es preciso reconocer el legado que nos ha dejado para conocer mejor la concepción actual de la personalidad humana. Se trata más bien de insistir en la importancia que tiene la base antropológica que el psicólogo consultado haya recibido durante sus estudios universitarios, viva a nivel personal y siga profesionalmente.

Por otro lado, tampoco podemos dejar de reconocer que la influencia de Freud, fundador del psicoanálisis, en la psicología e incluso en la misma cultura no ha sido superada. La mayoría de los psicólogos que han construido decisivamente la psicología clínica sobre el psicoanálisis, no dudan en llamarlo “padre” del mismo: Jung, Adler, Fromm; incluso los que le critican como Skinner –conductismo- y Frankl –logoterapia-.

La médula del problema, dentro de la aplicación de la psicología como herramienta del desarrollo humano, se encuentra en la imperiosa necesidad de reivindicar a la persona como centro del pensamiento social y, por lo tanto, profundizar mejor si las teorías de la personalidad que prevalecen en las diferentes ciencias sociales, en este caso la psicología clínica, son concepciones coherentes con lo que el hombre es.

Una concepción así, fiel a lo que el ser humano es, la encontraremos sin duda en una psicología cimentada en una antropología que se base en el realismo metafísico. Aportación, dicho sea de paso, que la doctrina católica nunca ha dejado de profundizar y custodiar.

El hombre en Freud

Para llegar a entender la concepción y estructura antropológica que nos presenta “el padre del psicoanálisis”, debemos intentar penetrar al hombre tal y como él lo concibe. En mi opinión, la visión del hombre en Freud, misma que ha dejado su impronta indeleble a todas las generaciones de psicoanálisis y concepciones posteriores de la personalidad, se compone de tres factores:

1.El contexto histórico de la psicología de su tiempo.
2.El influjo de las corrientes filosóficas modernistas.
3.La propia interpretación de los factores anteriores en sus teorías sobre el psicoanálisis.

Dada la brevedad de estos artículos de interés, no presentaré cada uno de estos factores en particular; pero intentaré hacer una síntesis hasta abordar el problema de la concepción psicoanalítica de persona y personalidad.

Considero que es en este problema, o confusión ontológica, donde tropezó con más fuerza Freud; ya que quitada la sustancia (persona), del estudio del hombre, nos quedamos dejando en su lugar los accidentes (personalidad y conducta), teniendo como resultado una visión reduccionista del ser humano.

La psicología de Freud

El psicoanálisis o psicología freudiana, nace en medio de una controversia, ya en evolución desde el siglo que lo precede, para definir el objeto propio de la psicología experimental y su método. La historia de la psicología desde mediado el siglo XIX y durante el siglo XX, es la historia de su lucha por independizarse de la filosofía.

Numerosos investigadores, destacando entre ellos Sigmund Freud, se esforzaron por resaltar el carácter experimental de la psicología prescindiendo de toda preocupación metafísica y limitándose al análisis de hechos observables y comprobables.

Como bien señala Cabaynes Truffino, profesor de la Universidad Complutense de Madrid y miembro de la Society for Behavioral and Cognitive Neurology, una mezcla de progreso y de algunas formulaciones filosóficas llevó a que el siglo XIX supusiera la neta incorporación de la metodología experimental al campo de la psicología, desgajando una parte importante de su núcleo especulativo y constituyendo el enfoque empírico de la psicología.

Por lo que respecta a su estudio, el objeto de la psicología se transformó. Alejándose de la filosofía ya no es la persona a quien busca comprender y estudiar, sino la personalidad, limitándola al sustrato de lo observable: el centro de interés de la psicología experimental se descubre en las normas y causas de la conducta humana. Más allá de esto, Freud, unifica la doctrina sobre la personalidad, es decir de la conducta y sus causas, y el método para observarla, analizarla y corregirla, dando como resultado la teoría sobre el psicoanálisis.

En efecto, el psicoanálisis, nos presenta no sólo una explicación de las causas y patrones del comportamiento; nuestro autor decide abordar un serio problema para los psicólogos de su tiempo: concretar los componentes de la personalidad. Freud resuelve la cuestión exponiendo una estructura del todo novedosa sobre los elementos constitutivos de la personalidad.

Cabe notar que en las primeras publicaciones de Freud sobre el psicoanálisis apenas se hace mención a la personalidad. Esto es comprensible ya que los teóricos de la personalidad aparecen hasta el siglo XX. El horizonte histórico en que comienza a escribir Freud está todavía penetrado por la psicología filosófica. Al filo de las mismas fechas nace la psicología experimental conducida por su pionero Wundt, en la Universidad de Leipzing en 1878. Posteriormente, la considerada “nueva ciencia”, siguió su desarrollo de la mano de varios profesores en la misma universidad: Ebbinghaus (1850–1909), Titchener (1867–1927) y algunos otros como Stanley Hall (1844– 1924), quien fundó el primer laboratorio de psicología experimental en los Estados Unidos.

Es en este ambiente de investigación de la naciente psicología moderna donde Freud comienza desarrollando lo que denomina como “aparato psíquico”, es decir su teoría de la personalidad y la estructura, altamente mecanicista, de la misma. Él mismo no imaginaría el alcance y consecuencias de sus teorías, como veremos en el siguiente artículo.

Reduccionismo: Persona no, personalidad a la freudiana

Los conceptos de persona y personalidad son términos que derivan del griego prósopon y del latín personare, persona, que significan resonar o sonar con fuerza. El prósopon era la máscara utilizada por los actores en las tragedias y representaciones griegas. Persona era, por eso, sinónimo de personaje; la máscara que utilizaban para amplificar el volumen de voz y al mismo tiempo, para representar mejor los rasgos del papel que encarnaban.

Posteriormente, con el desarrollo de la explicación filosófica de la teología, se afronta el problema de la noción de persona como sustancia o como naturaleza para entender la Trinidad Divina: una naturaleza en tres personas, y la encarnación de Dios: dos naturalezas en una persona. Estas últimas explicaciones “metafísicas” sobre la noción de persona dejaron de importar una vez que el mecanicismo y empirismo modernistas fueron la medida de la ciencia.

Aún así, de aquí surge nuestra dificultad: si por sus etimologías griegas y latinas persona y personalidad son palabras equivalentes ¿Por qué su significado actual es tan diverso? ¿Por qué Freud y los psicólogos posteriores profundizan en la noción de personalidad y no ya en la persona misma?

Pues bien, la respuesta la encontramos una vez que, como señalamos anteriormente, la psicología se ha independizado o descontextualizado del ámbito filosófico. Así, personalidad se convierte en el correlato psicológico del término persona utilizado en el contexto “arcaico” de filosofía metafísica realista y teología cristiana.

Aprovechando la confusión y el reduccionismo con que se iba empobreciendo la concepción del hombre, como señala Dietrich Schwanitz filólogo, filósofo, historiador y ex profesor de cultura en la Universidad de Hamburgo, Freud decidió acrecentar el problema: eliminó el sentido de moralidad y lo sustituyó por el de neurosis. Par esto decidió ampliar la casa de la personalidad y estructurarla al modo en el cual hoy se organizaría un software que depende totalmente del hardware. Así, agregó una habitación fundamental: el inconsciente.

Desde entonces el hombre ya no es dueño de sí mismo, pues con él cohabita alguien a quien no ve, no conoce; pero que encausa y dirige sus actos sin que él mismo se dé cuenta. Este gemelo invisible, actúa determinado por el exterior; pero a la vez ofrece hacernos felices en la medida en que lo liberamos.

¿Quién nos ayuda a comunicarnos con esa parte indómita y misteriosa de nosotros mismos? El psicoanalista. Puesto que el inconsciente se expresa en lenguaje cifrado, su misión consiste en descifrar ese lenguaje.

Conocer quién es el hombre o qué es exactamente ese inconsciente, parte más intima de uno mismo, ya no es lo que importa. Lo único importante es conocer cómo actúa y aprender a comunicarnos con él.

Pero Freud, no sólo logró modificar así la autoconcepción del individuo del siglo XX, sino también la forma de relacionarse con los demás: es necesario tomar en cuenta el inconsciente del otro. Así, mi juicio ante una acción que no me gusta de otra persona puede ser de dos tipos: moral o psicológica. Si elaboro un juicio moral: es un deshonesto, este juicio presupone la libertad, pues sólo puedo acusar a una persona de inmoral si ésta ha podido actuar de otro modo. Entonces sólo nos queda enjuiciarlo psicológicamente: no puede hacerlo mejor, es un neurótico, declarándolo irresponsable de sus actos.

Como vemos, de una antropología reduccionista, pasamos a una concepción moral equivocada. Dicha forma de “moral psicoanalítica” implica una seria contradicción: por un lado, la necesidad de liberar las represiones del inconsciente como condición de posibilidad para nuestra felicidad; por el otro, la determinación con que nuestros actos se ven condicionados o esclavizados por dicho inconsciente.

De esta forma también puedo disculparme a mí mismo. Pero toda disculpa desde el punto de vista moral se paga con la pérdida de autoestima y el reconocimiento de mi esclava condición: puedo elegir entre ser un deshonesto o un demente neurótico. Al parecer la gente de hoy ha sido convencida mucho más de la segunda opción.

A su vez el diálogo generacional se ha visto transformado radicalmente en un proceso judicial: los demandantes son los psicoanalizados y los demandados son los padres, los abuelos, los profesores de preescolar, primaria, los sacerdotes y la forma dramática como reprimen nuestro yo con sus moralismos neurotizantes, etc.

Así, en una sociedad que se jacta de ofrecer cada vez más ámbitos de libertad y más posibilidades de elección, es también cada vez más fácil sentirse culpable de algo o acusar a los demás. En todo caso, el psicoanálisis nos ofrece a todos una “redención laica”: el hombre, como en todos los tiempos, no deja de realizar actos malos, pero verdaderamente no es él quien actúa, sino su inquilino inconsciente, y en todo caso, este mismo debe sus impulsos a otros factores.

Siguiendo adelante con esta imagen del obrar humano ¿Quién se atreverá a determinar con valor absoluto lo que está bien y lo que está mal? El valor moral, si no se reduce al penoso juego de liberación o represión de nuestro inconsciente, como Freud lo veía; al menos se limita a un sistema legalista y artificial impuesto por los gustos de una sociedad que no quiere ser neurotizada sino absolutamente libre.

Psicología o Psicolocura: hacia una psicología integral

Psicología Integral: de una antropología metafísica a la personalidad de la persona humana

Desde esta perspectiva, hablar de personalidad, resulta más bien algo que se da o sustenta en la persona. La personalidad depende de la persona como de su propio origen. Entender esto nos salva de posibles confusiones, mismas que se dieron en Freud y se siguen dado en ámbitos de psicología; entender que al hablar de persona, en un sentido metafísico, equivale a hablar de la sustancia, de acuerdo a la misma definición clásica que Boecio nos da: “Llamamos persona a todo individuo (individua substantia) de naturaleza racional (naturae rationalis)”.

En cambio al hablar de la personalidad, nos referimos al conjunto de manifestaciones de la persona. No es algo superpuesto al ser, como un abrigo. La personalidad es la manifestación de lo que se es: factores genéticos, biológicos, familiares, socioculturales, etc. En definitiva persona y personalidad vienen a ser dos caras de una misma moneda; mejor aún, la personalidad es las caras de la moneda, es decir de la persona.

Efectivamente, la persona, es el fundamento de la personalidad, la razón última por la que cada ser humano es lo que es y no otro. La personalidad, en cambio, es una explicación, siempre penúltima e incompleta, del modo en que se conduce cada ser humano.

Llegando a este punto podemos, y es conveniente, sacar una clara conclusión: cualquier estudio de psicología moderna sobre la personalidad, jamás abarcará la totalidad de la persona estudiada. Error que ha llevado a varios psicólogos y escuelas de psicología, incluido Freud, a una visión reduccionista del hombre.

Ahora bien, esto no es obstáculo para afirmar que ciertos aspectos relevantes de la persona se han logrado explicar y ser conocidos a través del estudio de la personalidad. Agitur sequitur esse, de los accidentes conocemos o vemos manifestada la sustancialidad; pero no podemos reducir ésta a aquellos.

Hacerlo terminaría por dejarnos una visión enrarecida de la persona humana; poco realística al considerar dichas manifestaciones como condicionalismos biológicos-energéticos (Freud), como fuerzas invisibles, no equivalentes a espirituales (Jung), o simplemente como resultados mecanicistas conductuales (Skinner) y, lo que es peor, nos llevaría a un desconocimiento de nosotros mismos.

Aquilino Polaino Lorente, catedrático de psicopatología en la Universidad Complutense de Madrid, explica en su libro Fundamentos de psicología de la personalidad, que existen más de 2000 teorías sobre la personalidad, así como escuelas de psicología desde las que se ha intentado abordar el estudio y enfoque de formación de la misma. Así pues, la tarea de cribar un campo tan importante desde sus fundamentos resulta tan interesante, como difícil y titánica.

¿Qué hacer? Nosotros como orientadores espirituales, confesores y formadores de auténticos cristianos, no podemos suprimirnos del conocimiento básico, y en algunos casos, a la recomendación o desacreditación de ciertos tratamientos terapéuticos psicológicos. ¿Cómo identificar aquél que sea el óptimo en aras de alcanzar la formación del hombre auténtico para luego formar al santo?

La respuesta es muy sencilla: no existe una escuela de psicología o modelo que explique la personalidad y sea perfecto. El mismo Dr. Aquilino reconoce que casi hay tantos tipos de modelos, como psicólogos. Ciertamente hay algunas escuelas que por lo disparatadas de sus teorías, con un poco de sentido común descartaremos enseguida; pero por las demás, conviene poner énfasis en la tesis que presenté al inicio de estos artículos de interés: la base antropológica que el psicólogo consultado haya recibido durante sus estudios universitarios, viva a nivel personal y siga profesionalmente.

¿Y para nuestra formación personal? ¿Qué tipo de modelo de psicología o autor me ayudará a conocer mejor la personalidad humana y su formación? Yo sostengo que en su mayoría, las escuelas de psicología que han trascendido ofrecen algo positivo, es decir, algo de verdadero en su explicación y apoyo formativo. Pero debemos acercarnos a ellas con cautela, como el sembrador que, conociendo bien el trigo –es decir habiendo adquirido una sólida formación antropológica y ética, basadas en una metafísica realista- sabe quitarle la cizaña para ofrecer al hambriento un pan de harina rica y sana. Es un campo basto; una labor fatigosa; pero como deber de caridad, no podemos sustraernos a esta delicada tarea en bien de la formación integral de nuestros hermanos los hombres.

En este sentido no podemos olvidar que el mejor psicólogo de todos los tiempos y el fundamento de la auténtica libertad y paz interior es Jesucristo: Dios hecho hombre. El contacto asiduo con Él en la oración y la vivencia de sus enseñanzas son un medio esencial, que no quiere decir excluyente, para alcanzar el bienestar psicológico y un desarrollo armónico de nuestra personalidad.

Medios de comunicación social y espiritualidad católica

¿Qué lugar puede tener la espiritualidad católica en los medios de comunicación social? La pregunta queda en parte respondida si constatamos que ya diversos medios, unos religiosos, otros “laicos” (prensa, televisión, radio, internet), ofrecen espacios más o menos amplios a escritores católicos que buscan promover la espiritualidad entre sus lectores u oyentes.

Por Fernando Pascual


¿Qué lugar puede tener la espiritualidad católica en los medios de comunicación social? La pregunta queda en parte respondida si constatamos que ya diversos medios, unos religiosos, otros “laicos” (prensa, televisión, radio, internet), ofrecen espacios más o menos amplios a escritores católicos que buscan promover la espiritualidad entre sus lectores u oyentes.

Muchos hombres y mujeres del mundo moderno sienten un hambre continua de valores espirituales. Es cierto que al tomar entre sus manos un periódico buscan conocer las noticias más recientes. Pero también es cierto que leen con interés artículos o servicios en los que diversos autores comunican su reflexión económica, política, filosófica, y también religiosa, sobre la situación del mundo.

Los escritores de espiritualidad están llamados a encontrar caminos para hacerse presentes en el mundo de la comunicación. Ello implica poner en marcha una serie de acciones concretas. Podríamos indicar algunas de ellas, sin pretender ser exhaustivos.

La primera consiste en conocer cuáles son los cauces que ya están abiertos a las temáticas espirituales y saber ofrecer en los mismos artículos y reflexiones bien elaborados. Ya existen, como vimos, espacios disponibles a publicar temas espirituales en periódicos y otros medios de comunicación, y hay que saber aprovecharlos oportunamente.

La segunda consiste en buscar modos para abrir más espacios en la jungla del mundo informativo. Así será posible ofrecer un tesoro que no puede quedar encerrado en pequeños boletines parroquiales, radios o páginas de internet claramente católicas pero que llegan a una audiencia reducida.

Este objetivo resulta, ciertamente, difícil, ante algunos medios informativos que parecen más “impermeables” a la espiritualidad, sobre todo a la católica, por prejuicios o ideas que llevan a censurar lo que vaya en la dirección opuesta a la línea establecida para un periódico o canal informativo.

Pero no todos los que trabajan en los medios de comunicación están dominados por estos prejuicios. Por eso resulta posible encontrar en periódicos de gran difusión, algunos incluso caracterizados por su actitud generalmente hostil hacia la Iglesia o hacia las religiones en general, pequeños artículos o trabajos en los que un escritor consigue transmitir su experiencia espiritual de modo adecuado y con la sinceridad de quien vive en la cercanía de Dios.

Los escritores de temas espirituales no pueden, por lo tanto, dejar de ofrecer un tesoro muy deseado y muy anhelado por la gente. Es erróneo creer que las personas no quieren saber nada de espiritualidad. Al contrario, existe una demanda muy fuerte de buenas reflexiones, de experiencias profundas, de ayudas que permitan el acceso a temáticas que tocan las fibras más íntimas del corazón humano.

Según las posibilidades existentes, los católicos tenemos la ocasión de hacer presente nuestra experiencia profunda sobre Dios y sobre su cercanía y amor hacia los hombres. Podemos comunicar nuestra visión sobre la dignidad humana, sobre la espiritualidad del alma, sobre las posibilidades y los límites de nuestra inteligencia y de nuestra voluntad. Estamos llamados a enriquecer a las sociedades con el modo de apreciar el mundo en el que vivimos, con sus riquezas y sus límites, con la visión correcta sobre nuestras responsabilidades hacia los demás seres humanos y hacia el ambiente que nos rodea.

Para los católicos, la Biblia, los Padres de la Iglesia, los dogmas, los escritos de los místicos y de los expertos de espiritualidad, son un tesoro que vale sobre todo en el contexto de la fe, pero que también ha de ser difundido como la sal que vivifica, como la luz que ilumina (cf. Mt 5,13-16).

En los nuevos areópagos, y según las modalidades adecuadas a cada uno de ellos, hay mucho espacio para difundir la espiritualidad católica. En cierto sentido, vale recordar aquí lo que escribía Juan Pablo II al hablar de la actividad misionera de la Iglesia:

“El primer areópago del tiempo moderno es el mundo de la comunicación, que está unificando a la humanidad y transformándola -como suele decirse- en una «aldea global». Los medios de comunicación social han alcanzado tal importancia que para muchos son el principal instrumento informativo y formativo, de orientación e inspiración para los comportamientos individuales, familiares y sociales. Las nuevas generaciones, sobre todo, crecen en un mundo condicionado por estos medios. Quizás se ha descuidado un poco este areópago: generalmente se privilegian otros instrumentos para el anuncio evangélico y para la formación cristiana, mientras los medios de comunicación social se dejan a la iniciativa de individuos o de pequeños grupos, y entran en la programación pastoral sólo a nivel secundario. El trabajo en estos medios, sin embargo, no tiene solamente el objetivo de multiplicar el anuncio. Se trata de un hecho más profundo, porque la evangelización misma de la cultura moderna depende en gran parte de su influjo. No basta, pues, usarlos para difundir el mensaje cristiano y el Magisterio de la Iglesia, sino que conviene integrar el mensaje mismo en esta «nueva cultura» creada por la comunicación moderna. Es un problema complejo, ya que esta cultura nace, aun antes que de los contenidos, del hecho mismo de que existen nuevos modos de comunicar con nuevos lenguajes, nuevas técnicas, nuevos comportamientos psicológicos” (encíclica Redemptoris missio, n. 37).

Es un texto largo pero que merece ser leído y aplicado con nuevo vigor. Mientras otras espiritualidades han logrado una buena presencia en algunos medios de comunicación, nos queda a los católicos mucho trecho por recorrer para compartir un tesoro que viene de Dios y que quiere llegar a todos los hombres y mujeres, a todos los lugares, a todos los idiomas y culturas, a todas las situaciones.

Podremos hacerlo también con la ayuda de los modernos instrumentos de comunicación, en la medida que permitan hacer asequible la experiencia espiritual de tantos millones de creyentes del pasado y del presente, para que en ella puedan beber corazones hambrientos de valores transcendentes y necesitados de guías seguras y buenas a la hora de resolver los enigmas más profundos del existir humano.

Democracia y abstención

Si el pueblo no participa... La democracia, entonces, se encuentra ante un serio problema: la abstención. ¿Por qué se produce este fenómeno?

Por Fernando Pascual


La democracia “vale” si existen mecanismos efectivos y justos para que el pueblo pueda participar en el ejercicio del poder.

Pero si el pueblo no participa... La democracia, entonces, se encuentra ante un serio problema: la abstención. ¿Por qué se produce este fenómeno?

Hay un número de personas, difícil de precisar, que no vota simplemente por pereza. En un día de sol prefieren irse al mar. O si se trata de un día de lluvia y frío evitan los problemas de las colas ante las urnas. O simplemente consideran más provechoso leer una buena novela o ver un vídeo en el mejor sofá de casa.

Otros no votan porque desconfían del sistema de partidos. Critican a quienes controlan el poder, están cansados de campañas electorales llenas de insultos o de mentiras, desprecian a la “clase política”, a la que acusan de corrompida.

Otros no votan porque creen que la abstención sirve como una especie de voto “al revés”: los políticos descubrirán, ante porcentajes elevados de abstención, que la gente está harta de la situación y que desea cambios.

Otros no votan porque no encuentran entre las propuestas de los partidos ninguna que les satisfaga, que les parezca realmente justa y adecuada al bien del propio país. O no votan porque no llegan a comprender los programas políticos: ante la confusión de campañas electorales llenas de frases rimbombantes y vacías de propuestas, muchos están tan confundidos que prefieren no usar una papeleta electoral de valor desconocido.

Como las causas de la abstención son varias, resulta difícil valorar el fenómeno e interpretarlo. Lo que está claro es que un parlamento elegido por un número bajo de votantes (a veces se llega a una abstención superior al 50 %) representa, ciertamente, a aquellos ciudadanos que han emitido su voto, pero no a todas las personas que viven en el estado.

El fenómeno de la abstención merece un estudio profundo de los políticos, y un examen de conciencia por parte de todos.

Si la abstención es el resultado de la pereza, estamos ante un hecho grave que puede llevar, por ejemplo, al triunfo de un partido con un pésimo proyecto político, triunfo posible porque los votantes que pudieron “pararlo” en las urnas no votaron.

Si la abstención es simplemente desprecio del sistema, ¿no es hora de que los ciudadanos que desean otros dirigentes políticos se organicen y hagan oír su voz a través de métodos de participación legítimos, en vez de renunciar a su deber de controlar a las autoridades públicas con la ayuda del voto?

Vale la pena afrontar, con seriedad, este tema. Un parlamento elegido por una minoría nace cojo y enfermo. Una sociedad en la que la abstención es la nota dominante de unas elecciones está herida de muerte. Hay que proceder, cuanto antes, a curarla, por el bien de todos.

Junio 16, 2009

Islam, Andalucía y Obama

En su discurso en la Universidad de El Cairo (4 de junio de 2009), Barack Obama dedicó unas palabras de elogio a la tolerancia en el mundo islámico. Según dijo, “el Islam tiene una orgullosa tradición de tolerancia. Lo vemos en la historia de Andalucía y Córdoba durante la Inquisición”.

Por Fernando Pascual


En su discurso en la Universidad de El Cairo (4 de junio de 2009), Barack Obama dedicó unas palabras de elogio a la tolerancia en el mundo islámico. Según dijo, “el Islam tiene una orgullosa tradición de tolerancia. Lo vemos en la historia de Andalucía y Córdoba durante la Inquisición”.

Hablar de la historia del Islam en la península ibérica significa tener ante los ojos 8 siglos de historia en los que hubo momentos mejores y momentos peores. Pero en esa historia la sangre y la intolerancia fue mucha, por lo que resulta incorrecto presentar esa época como ejemplo de tolerancia.

Podemos recordar algunos datos indicativos. Durante el gobierno del emir Abderramán II (822-852), fue degollado el sacerdote Perfecto (en 850). Al año siguiente, sufrieron el martirio un grupo de 8 monjes de un monasterio cercano a Córdoba, además de otras personas (entre ellas dos mujeres: María y Flora). En 852 son asesinados el sacerdote Gumersindo, un diácono llamado Jorge y otras 11 personas (entre monjes y laicos).

Con el hijo de Abderramán II, el emir Mohamed I, o Muhamad I (823-886), la situación empeoró. Mohamed expulsó a los cristianos de los cargos públicos. Mandó destruir las iglesias construidas después de la llegada de los musulmanes a la península ibérica. Encarceló a numerosos clérigos, y así dejó a muchas iglesias sin la posibilidad de ceremonias religiosas.

Hubo además nuevos mártires, incluso mujeres de la nobleza, como en el caso de Columba (el año 853). La intolerancia de los líderes musulmanes llevó a la muerte a los sacerdotes Abundio, Elías, Amador, a varios monjes (Pedro, Isidoro, Paulo, Argimiro), y la virgen Áurea.

Poco tiempo después sufría el martirio san Eulogio (859), que acababa de ser nombrado obispo de Toledo. Su “delito” consistió en haber aconsejado a Lucrecia, una mujer que había dejado el Islam para hacerse cristiana. Los dos fueron martirizados el mismo día.

No conocemos datos de mártires de otras ciudades en tiempos de Mohamed I, pero podemos suponer que no faltarían.

Si avanzamos en el tiempo, Abderramán III (912-961), que se autodeclaró califa, ordenó que fuera cruelmente ajusticiado un niño de 13 años, Pelayo, que no quiso renegar de Cristo. También asesinó a la cristiana Argéntea, hija de un importante enemigo.

En el mismo siglo X, Almanzor (938-1002) realizó una serie de importantes campañas contra los reinos cristianos del norte de España. En Simancas, el año 980, asesinó a todas las personas que no quisieron convertirse a la religión islámica. En San Cucufate del Vallés condenó a muerte al abad y a nueve monjes.

Se trata de una enumeración de distintos hechos que reflejan la violencia y falta de tolerancia por parte de importantes líderes musulmanes en el tiempo que evocó el presidente Obama como ejemplo de “tolerancia”.

Es bueno estudiar los hechos del pasado antes de hablar. La historia sólo es “maestra de vida” cuando se basa en datos ciertos.

Queda mucho por investigar para superar mitos que exaltan como “ejemplares” momentos del pasado que no fueron precisamente modelo de tolerancia. Si las palabras de Obama sirven para abrir archivos y conocer otras épocas de nuestra historia, habrán dado un buen fruto.

(Los datos han sido tomados en buena parte de R. García-Villoslada, Historia de la Iglesia Católica. II Edad Media (800-1303), BAC, Madrid 1976, pp. 164-175).

Jugar con el equívoco

Leo en varios sitios unos titulares sobre el intercambio epistolar que Juan Pablo II mantuvo durante varios decenios con la psiquiatra polaca Wanda Poltawska. El lector que no se moleste en saber más, podría quedarse con la duda sobre la naturaleza de esa correspondencia de Juan Pablo II con la “amiga” que “traba” su beatificación.

Por Diego Contreras


Leo en varios sitios unos titulares sobre el intercambio epistolar que Juan Pablo II mantuvo durante varios decenios con la psiquiatra polaca Wanda Poltawska. “Unas cartas de Juan Pablo II a una amiga traban su beatificación”, titula el diario argentino Clarín. El lector que no se moleste en saber más, podría quedarse con la duda sobre la naturaleza de esa correspondencia de JPII con la “amiga” que “traba” su beatificación.

La realidad es que en ese intercambio epistolar no hay nada que desdiga del comportamiento de ninguno de los dos. El problema, en caso de que lo haya, se refiere a que en algunas cartas la doctora Poltawska -que cuenta hoy con 88 años- recomendaba al Papa no nombrar obispos a determinados sacerdotes de los que, como psiquiatra, conocía que tenían algunos problemas no resueltos relacionados con la esfera afectiva y sexual. Un tema delicado, pues al Papa llegaban a veces otras propuestas conteniendo alguno de esos nombres.

Ahí acaba todo. Según refiere La Stampa, al cardenal Dziwisz, secretario de Juan Pablo II durante tanto tiempo, no le ha gustado que se hiciera pública esta correspondencia privada, por el elemento de confusión que puede presentar. De todas formas, parece que las misivas vieron la luz con el consentimiento del postulador de la causa. En caso de que no formen parte de la documentación, todo parece indicar la conveniencia de incluir esos documentos en el los volúmenes de la causa. Sea lo que fuere, hablar de “trabas” en el proceso de beatificación parece a todas luces exagerado.

Eutanasia: no a la espada, sí al amor

La vida de cualquier hombre no puede ser suprimida con la excusa de que uno mismo pide su propia autodestrucción.

Por Fernando Pascual


“Si un amigo te ha prestado una espada y te la pide un día pues quiere matar a otro, no se la des: así evitas que se cometa un crimen. Si ese amigo que te prestó la espada te la pide porque quiere suicidarse, tampoco se la devuelvas: así seguirás teniendo un amigo...” Son ideas que pueden resumir el pensamiento de algunos filósofos del pasado.

Exista una tercera posibilidad, y es la que hoy se está discutiendo como si se tratase de un derecho. Es el caso de que mi amigo me diga: “coge mi espada (o la tuya, o una escopeta, o una inyección) y mátame”. En este caso se me pide que atente contra la vida de mi amigo, aunque sea él quien quiere quitársela. Si lo mato, será muy difícil en el tribunal poder demostrar mi inocencia: he matado a una persona por el simple motivo (siempre insuficiente) de que él lo había pedido.

La vida de cualquier hombre no puede ser suprimida con la excusa de que uno mismo pide su propia autodestrucción. No vale decir: “él me lo ha pedido, por lo tanto quedo exento de culpa”. También me pueden pedir que ayude a un fraude, y no por ello me van a perdonar a la hora de ser juzgado. Yo soy responsable de todos mis actos, y nunca me debería permitir el lujo de cometer un crimen, aunque me lo pidan otros.

Algunos profesionales de la medicina sienten la tentación, no de usar una espada o una pistola, sino una sobredosis de calmantes o de anestesia, con el fin de eliminar a ese enfermo que ha solicitado, en medio de sus tremendos dolores físicos y psíquicos, que se le quiten la vida. Piensan que esto podría ser visto como un acto de compasión, una señal de humanismo. “¿Cómo permitir que tantos enfermos sigan, día tras día, en medio de agonías que no parecen llegar a su momento supremo?”, dicen algunos.

Incluso se dan posturas de quienes creen que no hay que esperar a que el enfermo pida el ser “asesinado con guante blanco” (entiéndase con esta expresión la “eutanasia”), sino que el mismo médico debería decidir cuándo y cómo matar a su indefenso (y dolorido) paciente.

Con posiciones de este estilo vamos en contra de dos grandes principios de los pueblos y culturas que han defendido los derechos fundamentales de todo ser humano, principios que sostienen la vida democrática de cada pueblo civilizado. El primero es que todo hombre sigue siendo sujeto de derechos mientras viva. Admitir que existe un derecho a determinar el propio momento de la muerte es algo así como permitir que un sujeto de derecho renuncie, por derecho, a aquel fundamento que le permite tener derechos (perdón por la repetición de tanto “derecho”): renuncie a seguir viviendo. Todo legislador y todo pueblo civilizado sabe que el hombre vale en cuanto es hombre, y su valor implica la defensa, protección y fomento de la vida, un valor sobre el que se funda el ejercicio de todos los demás derechos.

El segundo principio nos pone ante el sentido genuino y humanístico de la medicina. El médico no es un dios que esté más allá del bien y del mal, capaz de decidir quién vive y quién muere, cuándo y cómo. Pero tampoco es un esclavo de cualquier capricho o depresión que pueda acaecer en sus pacientes. Menos aún debería ser un títere de la opinión pública, de algunos grupos de presión o de las compañías farmacéuticas.

El médico es un servidor del hombre en lo que se refiere a su salud. Ello implica dos tipos de acciones fundamentales: en primer lugar, sanar la parte (o el conjunto) que se encuentra bajo el efecto de una enfermedad; en segundo lugar, aliviar el dolor de quien sufre, también cuando se encuentra en una situación incurable o en camino sin retorno hacia la muerte.

No podemos caer en la triste trampa de quien dice: “muerto el paciente se acabó el dolor”, porque ello no es actuar como médicos, sino como criminales. Tenemos que recordar, además, que millones de seres humanos viven una existencia con tremendos sufrimientos morales, y no por ello sería justificable su “dulce muerte” para sacarlos de esas situaciones de tormento en las que viven, situaciones que causan dolores incluso mayores que los dolores físicos.

La solución al problema del suicidio y de la eutanasia está en la construcción de un mundo solidario, un mundo basado en el amor, un mundo que descubra lo mucho que vale el otro.

Cada vida vale mucho. También la tuya, amigo agonizante, amigo desesperado, amigo abandonado, que ya desde ahora puedes contar con nuestro apoyo. También la mía, cuando me llegue el momento de la enfermedad y pueda descubrir, quiéralo Dios, un universo de amor en el rostro de todos los que se acerquen a mi lecho de agonía.

¿Es moral la grafología?

Es conocida la aplicación de la grafología en el diagnóstico de enfermedades mentales y nerviosas; aplicaciones que han dado buenos resultados.

Por Miguel Ángel Fuentes


1. La palabra 'grafología' viene del griego grafé = escritura, y logos = tratado. El término fue propuesto por Michon hacia 1870, entendiendo por él el arte de conocer el carácter de las personas por el estudio de su escritura. El abate J. H. Michon, considerado como el fundador de la grafología, basó su sistema en la teoría de los llamados signos físicos, según la cual todos los detalles de la escritura correspondían siempre exclusivamente a una cualidad determinada del carácter. Así, por ejemplo, si las líneas de un escrito suben indican actividad y ambición; si bajan, tristeza y pereza, etc. Tratábase de un estudio analítico muy minucioso que se extendía no sólo a cada una de las letras, sino a las partes principales constitutivas de cada letra.

En cambio los continuadores franceses de Michon sostienen preferentemente que toda cualidad psíquica se manifiesta a través de un conjunto de propiedades gráficas y en lugar de analizar minuciosamente las particularidades del escrito, tratan de poner de relieve sus caracteres generales agrupados en siete puntos de vista fundamentales: la velocidad (escritura rápida, retardada, dinámica, etc.), la presión (firme, débil, etc.), la forma (sencilla, armoniosa, confusa, etc.), la dimensión (pequeña, exagerada, etc.), la continuidad (igual, desigual, etc.), el orden (ordenada, descuidada, etc.).

Las demás escuelas disienten de la francesa en diversos detalles pero todas están de acuerdo acerca del significado de la mayor parte de los elementos de la escritura. Existe, pues, una concordancia fundamental entre los grafólogos acerca de las características de un escrito en las que se revelan los motivos principales que determinan la conducta del que lo escribió, sea habitualmente, sea en el momento en que fue redactada la carta: afán de lucro, egoísmo, vanidad, cólera, etc. Es más incierto el precisar los talentos particulares: memoria, espíritu matemático, talento artístico, etc. Todo lo demás es muy problemático, de manera que para dar un diagnóstico grafológico completo se requiere hasta cierto punto la sagacidad, intuición y habilidad particular del grafólogo, por lo cual la grafología se ha de considerar todavía como un arte más que como una verdadera ciencia.

2. En cuanto a sus aspectos éticos, hay que decir que es conocida la aplicación de la grafología en el diagnóstico de enfermedades mentales y nerviosas; aplicaciones que han dado buenos resultados. Algunos psicoanalistas dan mucha importa al aspecto de la escritura, por manifestarse en ella como en otros muchos actos automáticos o semiautomáticos la parte subconsciente de la personalidad.

No puede dudarse de que exista un fondo de verdad en las consideraciones sacadas del estudio de la escritura. Lo mismo que en el gesto y la palabra, en condiciones de espontaneidad, la escritura es expresión personal del individuo y manifestación de su yo psicofísico. El punto práctico de la cuestión está en el valor inicial de cada signo gráfico. Tal vez en el futuro se trate con mayor cautela la aplicación de los cánones deducidos del examen grafológico. No hemos de negar, sin embargo, su valor a las conclusiones deducidas científicamente de la grafología.

Desde el punto de vista moral los exámenes grafológicos -encaminados al diagnóstico neuropsiquiátrico o estudio psicológico del carácter, tendencias y talentos de sujetos sanos- son lícitos siempre que el grafólogo no se sirva de sus propios conocimientos para dañar de algún modo a la persona cuya escritura ha sido analizada o para otros fines reprobables.

Sería claramente un abuso de la grafología pretender que de ella puede predecirse el futuro comportamiento libre del individuo o sobrepasar las previsiones genéricas razonables que pudieran formarse fundadas en circunstancias y tendencias psicosomáticas.

(Cf. Roberti, Diccionario de Telogía Moral, p. 554-555).

Un importante documento sobre la ley natural

Tres años de trabajo hay detrás del documento que la Comisión Teológica Internacional ha dado a la luz en mayo de 2009, dedicado al tema de la ley natural. ¿Su título? “En busca de una ética universal: nueva mirada sobre la ley natural”.

Por Fernando Pascual


Tres años de trabajo hay detrás del documento que la Comisión Teológica Internacional ha dado a la luz en mayo de 2009, dedicado al tema de la ley natural. ¿Su título? “En busca de una ética universal: nueva mirada sobre la ley natural”.

Tras las reuniones que se tuvieron en Roma los años 2006, 2007 y 2008, el texto definitivo fue aprobado por todos los miembros de la Comisión Teológica Internacional el 6 de diciembre de 2008. Posteriormente, el cardenal William Levada, prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe, dio la aprobación definitiva para que fuese publicado.

Hasta ahora está disponible en italiano y en francés, en la página del Vaticano (cf. http://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/cti_index_sp.htm).

La introducción explica el sentido del documento y la importancia del mismo: mostrar la riqueza y utilidad de la doctrina de la ley natural a tantas personas que se preguntan sobre los fundamentos últimos de la ética (n. 9), especialmente en un mundo globalizado, en el que todos vivimos con una fuerte interdependencia y con una misma condición humana.

El documento se divide en cinco capítulos. El capítulo I presenta las “convergencias” entre elementos sapienciales, filosóficos y religiosos de distintos pueblos, y el modo correcto de entender la ley natural.

El capítulo II analiza la percepción de los valores morales, desde los datos más sencillos que cada ser humano experimenta.

El capítulo III centra su atención en los fundamentos (filosóficos, metafísicos y religiosos) de la ley natural.

El capítulo IV afronta el difícil tema de la relación entre ley natural y política, para mostrar cómo los preceptos de la ley natural tienen una función reguladora respecto de la vida pública.

El capítulo V, titulado “Jesucristo, plenitud de la ley natural”, explica cómo en el Hijo de Dios hecho Hombre se llega a la plenitud de toda ley.

La conclusión invita al diálogo, gracias al cual, desde las diversas tradiciones religiosas, sapienciales y filosóficas, podemos llegar al “común reconocimiento de normas morales universales fundadas en una aproximación racional a la realidad” (n. 116).

Lo que Obama ignora

Obama proclamó el mes de junio de este año como mes del Orgullo Lésbico, Gay, Bisexual y Transgénero (LGBT). Tiene razón Obama, el movimiento en pro de los derechos de los homosexuales ha prestado un gran servicio al sacar la cuestión de la homosexualidad y ponerla a la luz de todos.

Por Carolina Garza de López


Todos y cada uno de los hombres y mujeres de este plantea, por el simple hecho de ser personas, merecemos ser respetados y valorados.

La filosofía, cuando reflexiona en el ser humano, dice que la naturaleza, es decir, la composición de cuerpo y alma, no es la estructura más profunda del hombre y de la mujer. Más allá de la naturaleza se encuentra la persona.

Ser persona, explican los filósofos, es ser para otro. Es ser libre y consciente de uno mismo. Sin embargo, la característica que engloba a toda la persona es ante todo su capacidad de amar y de ser amado.

“El hombre no puede vivir sin amor. El permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente”, decía Juan Pablo II.

Lo anterior sale a colación por la noticia de que Obama proclamó el mes de junio de este año como mes del Orgullo Lésbico, Gay, Bisexual y Transgénero (LGBT).

“Debido, en gran parte, a la determinación y a la dedicación del movimiento por los derechos (LGBT), dice en el documento “más estadounidenses (LGBT) están viviendo más abiertamente que nunca”. “El movimiento por los derechos (LGBT) ha logrado un gran progreso, pero queda mucho camino por recorrer en la aceptación del movimiento homosexual”, agrega.

Tiene razón Obama, el movimiento en pro de los derechos de los homosexuales ha prestado un gran servicio al sacar la cuestión de la homosexualidad y ponerla a la luz de todos.

Es una realidad que a estos hombre y mujeres les ha fallado mucha gente. No sólo dentro de instituciones sociales y religiosas, sino también de la profesión médica y psiquiátrica.

También tiene razón el presidente de los Estados Unidos al hacer un llamado a no discriminar a estas personas pues esto profundiza sus heridas y distanciamiento.

Pero el problema es que Obama se ha quedado en la superficie. No se trata como pretende, de aprobar y fomentar las conductas homosexuales. Esto más allá de ser un avance es un claro retroceso social, una deconstrucción del ser humano y un ataque frontal a la ley natural. Para ayudar de verdad a estas personas hay que ir a las causas. Al fondo de este problema de identidad y combatirlo desde su raíz.

Por eso, la solución no está ni en la ciega aceptación que pretende Obama ni en la indiscriminación hacia estas personas, sino en comprenderlos y sanarlos.

Se ha comprobado científicamente que la homosexualidad es siempre un síntoma. Un trauma sin resolver y una falta de identificación de género. Y de ahí parte la tarea de familiares, psicólogos y médicos para orientar a estos hombres y mujeres a realizar esa transición que les abrirá un horizonte de esperanza.

Así lo afirma uno de los expertos en el tema, Richard Cohen, en su libro “Comprender y sanar la homosexualidad”.

El autor señala que la persona que experimenta atracción hacia el otro sexo ha sido lastimada y necesita curarse. Y la mejor medicina para curar cualquier dolor, recuerda el autor, es el amor.

“El necesita tener un vinculo seguro con los varones. Ella necesita tener vínculos seguros con las mujeres. Cuando se logre tener esos lazos seguros, entonces los deseos hacia las personas del propio sexo se desvanecerán naturalmente”, afirma el psicoterapeuta.

Como decía al inicio, la característica que nos hace personas es nuestra capacidad de amar y ser amados. Y cuando por traumas o circunstancias en la niñez o adolescencia se pierde esta capacidad, hay que saber que existen medios para recuperarla. Uno de ellos es la terapia psicológica.

Es una pena que se hayan desperdiciado tantos años en enfrentar unos grupos a otros. De ahí que en estos días haya tanta gente confundida y engañada sobre el tema.

Y es que en lugar de haber trabajado más por orientar y sanar a las personas que sienten atracción hacia las personas del mismo sexo, hay quienes incluso las han usado y manipulado para sus propios fines.

No dudo que Obama quiera hacer algo bueno por ellos, pero el problema es que ignora el camino, que no es promoviendo la homosexualidad sino fomentando la dignidad humana.

La vigencia actual del derecho natural

Hoy se está dando en el campo de la filosofía jurídica una importante revalorización del concepto de los derechos naturales, de tal manera, pues, que tampoco es verdad que estos mismos derechos resulten considerados actualmente, en la totalidad de los casos, como una simple antigualla, ni nada que remotamente lo parezca.

Por Javier Úbeda Ibáñez


A lo largo de una conversación con un excelente amigo que, sin ser un decidido partidario del socialismo liberal, me decía acerca de los derechos naturales que no se distinguen en nada de lo que esa ideología opina respecto de ellos.

Invocar los derechos naturales es un olímpico modo de reaccionar, una manera demasiado abstracta y absoluta de defender el pensamiento que uno tiene sobre lo que cree ser un derecho. ¿No sería preferible por tanto, mantenerse en un plano más relativo y dotado, a la vez, de una mayor concreción?

Finalmente, ¿no hay que decir, a la altura de nuestro tiempo, que todo eso de los derechos naturales es una pura antigualla, seguramente muy buena para la mentalidad de otros tiempos, pero no para el siglo XXI ni para su radical pluralismo ideológico?

Comenzaré por contestar a la última de esas preguntas que acabo de reproducir. La afirmación de que el concepto mismo del derecho natural es una idea ya periclitada, inservible para la época presente, constituye una muestra de un sistema de razonar verdaderamente expeditivo y sofístico.

El valor real de las ideas no depende de las determinaciones cronológicas de la vida del hombre. Creer que ese valor está sujeto a las peripecias de la vida es tanto como confundir los pensamientos con las ropas que nos ponemos, aunque tal vez se les haga entonces el honor de entender que se trata de unos vestidos de gala. Y así tiene que ser, sin duda alguna, en quienes utilizan las ideas para arropar intereses esencialmente ajenos a los más altos objetivos del espíritu.

Por lo que toca a la otra acusación –la que pretende descalificar la noción misma de los derechos naturales por su carácter abstracto y absoluto- es preciso, ante todo, reparar en lo que ya he dicho acerca de las afectivas relaciones entre los derechos naturales y el concreto derecho positivo. La validez de aquéllos no pretende ser una negación o exclusión de éste. Para su cumplimiento, los derechos naturales necesitan una legislación positiva que los determine o concrete en función de las diversas circunstancias de lugar y de tiempo. Y como unas y otras son mutables, no cabe la menor duda de que también es mutable la legislación positiva, pero siempre sobre la base del respeto a los derechos que naturalmente tiene el hombre, ya que, por muy diversas y cambiantes que puedan ser las efectivas circunstancias del humano vivir, el ser humano es siempre idéntico en su esencia más radical y profunda, y de esta esencia fija o permanente se derivan unos derechos –y unas obligaciones- que no tienen nada que ver con ningún género de determinaciones ni de cambios de índole accidental.

Por otro lado, también habrá que advertir que hoy se está dando en el campo de la filosofía jurídica una importante revalorización del concepto de los derechos naturales, de tal manera, pues, que tampoco es verdad que estos mismos derechos resulten considerados actualmente, en la totalidad de los casos, como una simple antigualla, ni nada que remotamente lo parezca. ¿Y es que acaso tendría algún sentido el hablar, por ejemplo, de la participación del ciudadano en la determinación del curso de la vida civil, si no se piensa que, en definitiva, esa participación es un derecho de índole natural, por más que la contradigan o la excluyan algunas normas concretas de las legislaciones positivas en algunos países?

Cascos azules

África tropical –Congo, Rwanda, Uganda…– soporta la codicia indisimulable, el capricho tortuoso de los hombres que pretenden hacer del mundo un coto particular en el que los demás hombres son el instrumento de su avaricia sin límites.

Por Miguel Aranguren


África tropical, desde el cielo, es un festival de colores: arcilla roja y verdes de mil tonalidades entre jirones de nubes. África tropical, desde el suelo, es un golpeteo de pies descalzos que huyen por el ovillo invisible del miedo, de verdura desgarrada por el silbido de los proyectiles, de tallos y ramas que se tronzan por los cortes de los machetes que buscan enemigos hasta debajo de las plantas.

África tropical es un concierto ensordecedor de piares, aullidos, gorjeos, cantos, zumbidos y crepitares. África tropical tiene la música del Edén, la de las manos inocentes que marcan ritmos y compases sobre los troncos huecos, en una lata vacía, en un recipiente de plástico. Y sobre ese golpear sonoro de la naturaleza y del hombre se suman las voces que empastan el color y el calor de esa tierra misteriosa que esconde tantas riquezas. Pero África es también el silencio repentino en las copas de los árboles, el deslizarse sigiloso de las botas de un soldado, de un guerrillero que con la punta del cañón de su ametralladora levanta las briznas de hierba en busca de una mujer, de un niño escondido. Y cuando los descubren, la canción africana se convierte en gemido doloroso, en llanto espeluznante, en grito que desgarra la bóveda arbórea para subir por encima de la selva hasta alcanzar esos jirones de nubes que tan bien se compenetran con el paisaje.

África tropical –Congo, Rwanda, Uganda…– soporta la codicia indisimulable, el capricho tortuoso de los hombres que pretenden hacer del mundo un coto particular en el que los demás hombres son el instrumento de su avaricia sin límites. Y detrás, siempre, la sombra de Occidente -por acción u omisión- y, lo que es más grave, la de ese monstruo de inoperancia que se traga tanto dinero en funcionarios, misiones, cúpulas, más funcionarios y que cuenta con su propio “ejército de paz”, los temidos Cascos Azules, un regimiento que en África tropical está formado por lo peor de cada casa. Algunos de sus soldados merecerían la suspensión de sus funciones militares y la cárcel, pero por arte de birlibirloque terminan violando, extorsionando y robando a las pobres víctimas del odio tribal con el marchamo de su casco celeste. Todo buena voluntad.

La bandera

Las banderas se han originado en el mundo por necesidades guerreras. Diferentes razas, distintos pueblos, huestes enfrentadas han precisado símbolos que convoquen e identifiquen a sus individuos.
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Por Jorge Bernabé Lobo


Las banderas se han originado en el mundo por necesidades guerreras. Diferentes razas, distintos pueblos, huestes enfrentadas han precisado símbolos que convoquen e identifiquen a sus individuos. Una larga evolución, desde los animales sagrados pintados sobre paños con que se reconocían tribus del antiguo Egipto, las águilas persas, los colores de las doce tribus de Israel, las palomas asirias hasta el monograma de Cristo pintado por Constantino en los emblemas romanos.

Una necesidad militar fue también la que le mostró a Belgrano la necesidad de enarbolar bandera propia, que muestre cuáles somos nosotros, de qué lado estamos, cuál es nuestro bando. Pero las banderas en todo el mundo -superando su primitiva función militar- han pasado a representar a las naciones. Todo un pueblo, todo un conjunto de individuos que aceptan una tarea a realizar en común y que aspiran a un común destino, que eso es una nación, se simboliza, se representa por medio de su bandera.

Belgrano enarboló bandera y tenía derecho a hacerlo: aspirábamos a ser nación y estábamos demostrando tener méritos para ese honor. Ahora los argentinos, desunidos, desalentados, parecemos no ser un pueblo capaz de organizarnos adecuadamente. Si a través de muchos años seguimos sin solucionar problemas cruciales, no estaremos mostrando la nación que merecemos y la de enarbolar con orgullo y en unión nuestra bandera nacional.

Las naciones tienen siempre un desafío por delante, la obligación de superar las dificultades que se presenten. Atendamos los reclamos que desde hace tiempo se plantean, les demos las mejores soluciones posibles y, entonces sí, nos sentiremos merecedores de celebrar a la bandera que nos identifica como nación.

La bandera, en sí misma, es una invitación a recordar el pasado, un pasado común, un pasado conjunto, un pasado de nosotros y de nuestros abuelos, que es el pasado de la patria, un pasado con hechos luminosos como fueron las gestas militares y cívicas de nuestros próceres, y también un pasado de dolores, con enfrentamientos entre hermanos, con luchas acerbas, con incomprensiones, con derrotas.

Los dolores, los errores, los desaciertos, los desencuentros, las derrotas, no deben olvidarse nunca, para que nos sirvan de lección que nos enseñe a acertar con el buen camino uniéndonos en la acción común. Triste sería que la patria se viera obligada a repetir siempre las mismas experiencias porque nosotros nos negáramos a asimilar las enseñanzas del pasado. Y al evaluar el pasado, entender que la bandera que nos cobija reúne en sí las mejores tradiciones, que nos empuja a procurar el bien de la patria.

¡Pobre sociedad si sus representantes analizaran los problemas cotidianos sólo con el mezquino ánimo de las ganancias inmediatas, olvidando que somos la continuación de una empresa -una empresa que la bandera resume y simboliza- que tiene un destino a cumplir para alcanzar el bien de sus hijos!

Junio 09, 2009

De curas, celibato y otras reflexiones

En los últimos meses han salido a la luz diversos casos de sacerdotes, e incluso de algún obispo, que fallaron a su promesa o voto de celibato. Más allá del morbo que suscitan todos estos sucesos y que suelen ser objeto de venta por parte de algunos medios de comunicación, y de consumo por parte de muchas personas, está una reflexión más profunda.

Por Julieta Mújica Villegas


Fue hace tres años, a la salida de un cine ubicado en el centro de una mega plaza comercial. Estábamos tomando un refresco cuando pasó por ahí: era joven, de buen porte y, evidentemente, se trataba de un novel sacerdote o de un seminarista. Cuando pasó cerca de nosotras una de mis amigas dijo en voz alta: “¡qué desperdicio!”. Él se detuvo, viró con parsimonia, semblante tranquilo, y con voz pausada, clara y masculina dijo: “Desperdicios como yo somos llamados por Dios para tratar de salvar a desperdicios como tú”.

En los últimos meses han salido a la luz diversos casos de sacerdotes, e incluso de algún obispo, que fallaron a su promesa o voto de celibato. Más allá del morbo que suscitan todos estos sucesos y que suelen ser objeto de venta por parte de algunos medios de comunicación, y de consumo por parte de muchas personas, está una reflexión más profunda. Digo ya desde ahora que no justifico en ningún caso las acciones, pero me queda claro que tampoco puedo constituirme en juez de nadie, menos después de haber reflexionado un poco más en algunos puntos que no pueden pasar desapercibidos.

El primer punto es relativo al qué hago yo cómo católica por los ministros de Dios. Conozco a no pocas personas que atacan y critican los casos que objetiva o falsamente van saliendo a la luz, incluso siendo creyentes, pero ¿acaso rezamos y nos sacrificamos por ellos?

Es verdad que tanto sacerdotes como religiosas son o deben ser conscientes de la radicalidad de su llamado y de las exigencias que éste mismo implica, pero esta consciencia no nos exime de estar más al pendiente de qué necesitan nuestro sacerdotes y religiosos, no nada más materialmente, si bien ya es buen comienzo.

Una palabra de aliento, estar disponibles para escucharles, ayudarles, atenderles… en definitiva vivir la fe, que es también un hondo sentido de familia, debería ser una constante. Su ministerio pastoral es costoso y las más de las veces no vemos todos los sacrificios humanos que se esconden detrás del apostolado de cada una de las personas consagradas.

Otro punto es referente al trato. A veces me llama la atención que las mujeres jóvenes deseen confesarse con los curas jóvenes como si el perdón dependiese de la juventud del confesor. Quizá por prudencia y en un afán de ayuda a través de su consejo, debería ser más habitual acudir a sacerdotes experimentados al momento de tratar o pedir confesión en temas tocantes al sexto y noveno mandamiento, especialmente.

También me impacta la manera como a veces podemos ir vestidas las mujeres ya no solo a ese Sacramento (escotes de pecho y falda, pantalones entallados, etc.). En este contexto, las mujeres respecto a los hombres consagrados, y los hombres respecto a las mujeres consagradas, deberíamos saber presentarnos decentemente delante de ellos. Sí, son parte de nuestra familia en la fe pero no hay que comportarse con familiaridad con ellos: tocarles en todo momento, abrazarles a la primera ocasión, desvivirse en halagos que, además de que pueden ser adulaciones falsas, salen sobrando… El sentido de familia y la familiaridad son dos cosas diversas.

Durante las últimas semanas también me ha venido insistentemente a la mente una pregunta: ¿en quién tengo puesta mi fe? Y está claro: ante todo mi fe está puesta en Cristo. Por tanto el fallo de un sacerdote –o de millones de ellos, si se diera el caso– no debe mermar mi fe en Dios que no falla, y en su Iglesia, medio de salvación. Mi fe no está en el ministro sino en Cristo mismo. Un sacerdote podrá fallar porque puede elegir libremente el mal, pero Dios nunca falla. Me queda claro que a pesar del ministro, Dios actúa. Y esto es una muestra más del milagro y del misterio de la fe: Dios nos puede hacer llegar su gracia a través de cañerías sucias porque nos ama.

No tengo en reparo en decir que besaría las manos de todos los sacerdotes del mundo, también de los indignos; no porque ellos lo merezcan sino porque son las manos que han bajado a Dios a la tierra y un día fueron ungidas con el óleo que los configuró sustancialmente con Cristo.

Vivimos en un tiempo donde la sexualidad ha sido banalizada. Lo erótico se ha convertido en objeto de consumo y más se vende en tanto cuanto esté menos cobijada le persona que exhibe.

La publicidad en la televisión, en las revistas, en los periódicos, en los anuncios espectaculares al lado de las autopistas y carreteras; las canciones, los programas y series de televisión, las películas… todo parece querer llevar en una sola dirección. Y es obvio que un alma consagrada no va con los ojos vendados por el mundo. También es víctima de ese ambiente pero nosotros podemos ayudarlo. ¿Cómo? Cuántos correos electrónicos de dudosa reputación podemos evitarles (o también los que sólo le pueden quitar el tiempo); cuántos regalos verdaderamente útiles de acuerdo a su condición de célibes; cuánta motivación de nuestra parte para espantarle “las moscas que merodean la miel”; ¡hay que seguir suscitando el amor a nuestros sacerdotes y monjitas! ¡Apoyemos la vocación de quienes Dios quiere llamar en nuestros hogares! Este año sacerdotal que comenzaremos el próximo día 19 de junio, por iniciativa del Papa Benedicto XVI, es un medio más para revalorar la figura sacerdotal.

No creo que la abolición del celibato sea la medida correcta ante los hechos que hemos ido conociendo y que, quizá en un futuro, se seguirán sucediendo. Y no lo creo porque la fe suele ir contra corriente, la fe no está para adaptarse a lo trivial y novedoso, la fe no es fruto de la democracia. Me parece que la Iglesia ya está haciendo mucho al recordar constantemente cuáles son las motivaciones que debe haber en el candidato al sacerdocio, lo que muchas veces vale también para todas las almas consagradas.

No se me hace justo que precisamente los que hablen contra la castidad consagrada sean precisamente los que han fallado en ese compromiso que un día hicieron consciente y libremente esas personas. ¿Y los testimonios de tantos otros que viven sus compromisos de amor con Dios, por qué no salen a la luz con tanta insistencia como los de los absentistas? Sí, todo podría ir a la deriva de lo facilón y lo más práctico. Pero si a facilidad y practicidad nos sujetásemos, quizá la ascesis cristiana no tendría ningún sentido así como las virtudes que se nos recomiendan vivir en este credo.

Cuando en el centro comercial aquel joven sacerdote –¿o seminarista?– respondió de esa manera a mi amiga, comprendí que ese hombre amaba su vocación y tenía clara la misión que Dios le había confiado y él aceptó realizar. Desde entonces he caído en la cuenta que mi misión como católica es también la de apoyar esa misión que, en definitiva, también es la todos los que creemos en Cristo.

Los pro vida superan a los abortistas en USA por vez primera

La empresa demoscópica Gallup realiza una serie de sondeos anuales sobre valores y creencias. Desde que comenzó la serie en 1995 es la primera vez que los «provida» superan a los abortistas.

Por Juanjo Romero


El titular probablemente sea mentira, es muy conocida la historia de cómo Nathanson y el lobby abortista manipularon las encuestas para crear un clima favorable. Así y todo, atengámonos a las reglas del juego.

La empresa demoscópica Gallup realiza una serie de sondeos anuales sobre valores y creencias. Desde que comenzó la serie en 1995 es la primera vez que los «provida» superan a los abortistas: More Americans “Pro-Life” Than “Pro-Choice” for First Time.

No dispongo del estudio de campo completo, los resultados fueron publicados el viernes pasado, pero a la pregunta directa, los «pro-vida» han dado un vuelco (51%), han superado en diez puntos a los partidarios de la muerte y por primera vez en la historia son mayoría en Estados Unidos.

Los datos hay que tomarlos con pinzas, cuando se bucea un poco aparecen algunas inconsistencias. Por ejemplo: ¿cómo alguien que se autodefine provida puede aceptar matar a la criatura en «algunas circunstancias»?, pues la mitad de los encuestados opina que en ciertas circunstancias debe ser legal. Pero aún así tomados, confirman los datos que arrojaba en el estudio del Pew Research Center, que adelantaba una caída en picado de los partidarios de la legalización, total o parcial, del aborto (y eso que no preguntaba acerca de si lo consideraban un derecho).

Los cruces por edad, sexo, religión, afiliación política son interesantísimos —deformación profesional—, pero no quiero aburrir, quizá destacar que también por primera vez las mujeres «pro-vida» superan en cinco puntos a las abortistas.

Sin embargo, he ido apuntando varias reflexiones para las que no tengo una respuesta clara.

1.La postura es transversal, no está ligada a ningún partido político. Si fuese cierta la ecuación Republicanos= Pro-Vida, Demócratas=Abortistas, habría ganado McCain las elecciones. ¿Ocurre lo mismo en otros lugares del mundo?

2.Obama es un animal político. Por qué conociendo esta tendencia sociológica han apostado tan fuerte por la cultura de la muerte. ¿Simple cortina de humo?, ¿proyecto social definido y patrocinado?

3.Qué cosas han hecho los buenos de la «Guerra Cultural» para darle la vuelta a la situación. ¿Seremos nosotros capaces de hacer lo mismo?, o la sociedad del iam fetet.

4.Conociendo cómo se amañaron en el pasado los resultados para lograr cambiar estados de opinión: ¿hay gato encerrado?

Cuando lo tenga más claro os lo cuento.

La “inminente” destrucción de la Iglesia

El padre O’Connor escribió un artículo en la revista mensual “Inside the Vatican” contando su experiencia. Recoge el comentario de uno de los “encargados” que le dijo: “La miserable Iglesia está contra nosotros otra vez y nos está causando problemas”.

Por Santiago Giraldo


Hace poco salió un artículo sobre la película “Ángeles y demonios” que en estos días está batiendo récord de taquilla en muchos lugares. El artículo explica y demuestra las falsedades de esta película y sirve como guía para la persona que busca la verdad objetiva sobre el asunto. La fuente del artículo es: http://fratres.wordpress.com/2009/03/25/angels-demons-joseph-dias-separates-truth-from-lies-in-the-book-joins-the-catholic-league-in-calling-for-boycott-of-the-catholic-bashing-film/ Hacia el final del mismo se ofrece el dato concreto del P. Bernard O’Connor, sacerdote canadiense y oficial de la Congregación para las Iglesias Orientales de la Santa Sede, que se encontraba en Roma cuando se filmaba la cinta. El padre, vestido de civil, se presentó como un turista y habló con el personal encargado de filmar la mencionada película, sin revelar su identidad de sacerdote.

El padre O’Connor escribió un artículo en la revista mensual “Inside the Vatican” contando su experiencia. Recoge el comentario de uno de los “encargados” que le dijo: “La miserable Iglesia está contra nosotros otra vez y nos está causando problemas”. Y refiriéndose a Dan Brown, el escritor del libro “Ángeles y demonios”, agregó: “como muchos de nosotros, él con frecuencia dice que haría cualquier cosa para demoler esta detestable institución, la Iglesia Católica. Y triunfaremos. Ya verás”. También dijo: “Al final de esta generación no existirá más la Iglesia católica, al menos no en Europa Occidental”.

En español se suele decir: “del dicho al hecho hay mucho trecho” y más cuando sobre la Iglesia católica existe una solemne profecía, dada por el mismo Hijo de Dios a Pedro, en Mt 16,18: “Y yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán sobre ella”.

Da curiosidad saber cómo hará Dan Brown y su equipo para realizar su cometido. A lo mejor es verdad que ha encontrado la manera eficaz para poder producir en gran cantidad la poderosa sustancia llamada “antimateria”. De hecho, no sería difícil imaginar que él y su equipo sean los verdaderos illuminati.

Pero la destrucción de la Iglesia no es lo que debe preocupar. Lo que puede preocupar a los cristianos es la falsedad que va a quedar en la mente de muchas personas no creyentes, al ver la película, y la publicidad tergiversada sobre la Iglesia católica. Pero esto es algo providencial: no olvidemos que Dios puede sacar mucho bien del mal.

En días pasados, Jesús Colina, el director de la página de servicios informativos ZENIT, hizo una entrevista al P. John Wauck, de la prelatura del Opus Dei. En la última pregunta de la entrevista, sobre la publicidad “gratuita” que se le da a la película, el P. Wauck respondía: “¿Quién está haciendo publicidad a quién? Ésta es la cuestión. Posiblemente hay publicidad en las dos direcciones, pero si consideramos el tiempo, las energías y los millones de dólares empleados en la producción y promoción de esta película, yo diría que nosotros nos llevamos la mejor parte. Es decir, que quizá Dios está sirviéndose de Hollywood para atraer la atención de algunos sobre las riquezas de la fe y la cultura católicas”.

Da pena Dan Brown, a quien, como se dice vulgarmente, le va a salir “el tiro por la culata”. Queriendo difundir una historia que no corresponde a la realidad, Dan Brown suscita la curiosidad en muchos individuos no creyentes, que lejos de la polémica y de la malsana curiosidad, comprueban que la Iglesia católica es muy diversa de lo que una película con efectos especiales puede plasmar. Es más, hasta los efectos especiales se quedan cortos, cuando uno puede admirar y palpar la grandeza espiritual de las personas que marchan tras la senda de Jesús.

Hay una frase de John Neal que dice: “Le viene bien al hombre un poco de oposición. Las cometas se levantan contra el viento, no a favor de él”. Ojalá que esta película nos afirme más en la fe y en la alegría de llamarnos cristianos.

La verdad y la democracia

Importantes defensores de las ideas liberales están convencidos de que la democracia se basa en la aceptación de la falibilidad humana, lo cual implica en cierto modo admitir el relativismo o el “falibilismo”: reconocer que uno y que los demás pueden estar equivocados, que no poseen la verdad.

Por Fernando Pascual


Importantes defensores de las ideas liberales están convencidos de que la democracia se basa en la aceptación de la falibilidad humana, lo cual implica en cierto modo admitir el relativismo o el “falibilismo”: reconocer que uno y que los demás pueden estar equivocados, que no poseen la verdad.

Alexis de Tocqueville (1805-1859) es un representante clásico de esta idea. Para él, la verdad absoluta nos resulta inaccesible, por lo que la posición que cada uno defiende puede ser verdadera o puede ser falsa. De este modo, ninguno debería pretender ser superior a los demás, lo cual evita el totalitarismo y las luchas continuas. Pero si uno cree que ha llegado a la verdad y que otros están equivocados, inician los conflictos, la intolerancia, las guerras.

La idea es sumamente sugestiva y cuenta con importantes defensores. Bajo cierto aspecto, la promovió Karl Popper (1902-1994), uno de los mayores paladines del liberalismo durante el siglo XX. Entre los pensadores todavía en vida, podemos recordar a Dario Antiseri, que no deja de divulgar las ideas liberales y los principios que las sustentan.

¿Cómo procede la argumentación de estos autores? Como ya vimos, si uno cree poseer la verdad, considerará que quienes disienten de su punto de vista incurren en error y, por lo mismo, están en una situación de inferioridad. Como la verdad es siempre lo mejor, quien pretende poseerla se orientará naturalmente a actitudes impositivas, al silenciamiento del contradictor, incluso a actos violentos y claramente intolerantes.

En cambio, si en la sociedad todos (o al menos una amplia mayoría) reconocen que su punto de vista no es completamente verdadero, que pueden equivocarse (son falibles), que también los demás pueden llegar a ideas aceptables, las personas se colocan en una actitud de respeto y de apertura, por lo que entran a participar en el debate público en igualdad de condiciones, pues nadie se considera superior a los demás.

A primera vista, uno puede pensar que la argumentación es interesante: si nadie cree “poseer” la verdad, todos entramos a participar en las elecciones, o en la escuela, o en los diversos grupos sociales, en igualdad de condiciones, con derecho a la palabra. La confrontación nos enriquece mutuamente, aprendemos a escuchar y a hablar, llegamos a descubrir los propios errores o contribuimos a que otros dejen de lado ideas equivocadas.

Pero en estas propuestas se esconde una contradicción de fondo, que exige colocarnos en un nivel distinto para argumentar sobre este tema.

¿Qué contradicción? Afirmar que la democracia está relacionada intrínsecamente con el “falibilismo” (todos podemos equivocarnos) o el relativismo, es posible sólo si uno está convencido de que el nexo entre democracia y relativismo existe, es “verdadero”. Esa persona, por lo tanto, considera que posee una verdad y que está en el error quien defienda algo distinto (por ejemplo, quien defienda que es posible conjugar democracia y creencia de posesión de la verdad).

En otras palabras, proponer una teoría de la democracia que implique que la misma sólo puede subsistir en cuanto unida a una teoría de tipo relativista es asumir una posición “absolutista” que coloca a quien defiende esta teoría en la situación que se quiere evitar: la de despreciar, incluso la de excluir, a los que piensen de manera diferente.

Desde luego, los defensores de esta teoría podrán responder con una estrategia más o menos sugestiva. Dirán que su teoría se coloca en un nivel superior, diferente al de las discusiones corrientes que caracterizan el dinamismo democrático. Es decir, afirmarán que decir que democracia y falibilismo (o relativismo) son realidades que no pueden darse separadas sería la única “meta-afirmación” que permite luego la convivencia entre las personas que piensan de maneras diferentes.

En realidad, esta estrategia simplemente crea un nuevo nivel de discusiones, pero no resuelve el problema, pues en ese supuesto nivel superior, artificiosamente construido, las nociones de verdad y falsedad reaparecen, con lo que los defensores de estas ideas se sienten autorizados a defender la “verdad” del propio punto de vista y así rechazan las ideas que vayan en contra del mismo.

Existe, sin embargo, otro modo de entender la democracia, más allá de las teorías que la relacionan con el relativismo. Consiste en admitir que cada ser humano puede acceder a la verdad en maneras diversas, con perspectivas que dependen de muchos factores. Ciertamente, habrá quien llegue más cerca de la verdad en unos temas, mientras que otros lo conseguirán en otros.

Desde esta diversidad de acercamientos, los hombres nos asociamos y vivimos en comunidad, buscando continuamente la ayuda de quienes muestran tener un conocimiento más exacto de los temas que nos interesan.

Así, para el tema de la salud buscamos buenos médicos; para construir edificios, es de gran ayuda encontrar un arquitecto competente; en los planes de desarrollo urbanístico resulta imprescindible preparar, con personas expertas, estudios bien elaborados y, dentro de lo posible, precisos (verdaderos).

Lo mismo valdría para las leyes y las decisiones de gobierno. La gente, al votar, no opta por un programa electoral o un partido porque “todos” entran en la liza democrática en igualdad de condiciones, puesto que ninguno puede haber llegado a la verdad (al mejor programa), según piensan los relativistas. Más bien los votantes escogen aquellos proyectos que consideran buenos, es decir, válidos, en tanto en cuanto reconocen la superioridad de un programa sobre otro, superioridad que es posible sólo si ese programa político está más cerca de la verdad.

Existen, además, principios básicos irrenunciables sin los cuales las democracias corren el riesgo de pervertirse y de atentar contra el objetivo propio de toda organización política: la búsqueda del bien común.

Tales principios encuentran una formulación fuerte y clara en los derechos humanos, los cuales no pueden ser vistos como ideas “falibles”, sino que se sostienen con fuerza en tanto en cuanto dicen algo verdadero sobre la dignidad de los seres humanos y sobre los deberes que surgen ante los derechos de quienes viven a nuestro lado.

Ninguna institución enseña lo que la familia puede enseñar

Debo mencionar que uno de los problemas en cuanto a la adopción de menores, es el hecho de que las madres solteras que enfrentan un embarazo imprevisto, a menudo tienen ideas erróneas sobre la adopción ya que éstas tienden a pensar en el abandono de su hijo.

Por Norma Mendoza Alexandry


Cada niño tiene derecho a un padre y a una madre” y “en cualquier adopción, los intereses del niño prevalecerán sobre cualquier otro derecho” (Convención de La Haya de Protección Infantil).

¿Qué sabemos realmente sobre adopción? Para contestar a esta pregunta en primer lugar, necesitamos saber con certeza qué es “familia”, a efecto de poder después comprender por qué es necesaria la integración de un niño a un hogar.

La familia es mucho más que una mera unidad legal, social o económica. Es una comunidad de amor y solidaridad dotada de manera única para trasmitir valores culturales, éticos, sociales, espirituales y religiosos que son esenciales para el desarrollo y el bien-ser de sus miembros y de la sociedad. La familia es también vínculo y dedicación permanente de generaciones pasadas con las presentes y futuras y como tal, es la base que sostiene unida a la sociedad.

Muchos estudiosos sociales han sostenido que la familia es la única institución que provee a los niños con el amor centrado en ellos, ya que todas las demás instituciones incluyendo escuelas y centros de cuidado infantil son intencionalmente hechos para ser imparciales. Por tanto, para que la personalidad de los niños se desarrolle sanamente, es necesario que alguien se haga cargo de manera intensiva y constante de ellos, tan intensamente como sea necesario para otorgarle prioridad sobre otros niños. Es dentro de la unidad familiar en donde este cuidado intensivo normalmente se lleva a cabo.

En México hace apenas una semana leímos en los medios una noticia alarmante: alrededor de 1.5 millones de niños y adolescentes no están bajo el cuidado de sus padres porque son huérfanos, han sido separados de su familia, viven en situación de calle, infringieron la ley o han sido víctimas de algún abuso.

“Cuando una niña, un niño o un adolescente se vean privados de su familia, tendrán derecho a recibir la protección del Estado, quien se encargará de procurarles una familia sustituta y mientras se encuentren bajo la tutela de éste se les brinden los cuidados especiales que requieran por su situación de desamparo familiar” (Art. 25 Ley para la Protección de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes, México).

No hay cifras oficiales sobre la dimensión del problema, pero UNICEF calcula que en México existen 1.4 millones de niños huérfanos. El DIF (Sistema Nacional Para la Protección de la Familia), reporta poco más de 29,000 menores atendidos por instituciones de asistencia social y 94,000 en situación de calle en 100 ciudades del país.

Sin embargo, las instancias encargadas de brindar protección a los menores en desamparo -los DIF nacionales y estatales- carecen de recursos físicos, humanos y financieros para enfrentar la demanda de atención, supervisión y seguimiento de los infantes que no viven con sus padres. El propio DIF nacional reconoce que sólo 4.6% de los menores en situación de desamparo tienen resuelta su situación jurídica. También hay orfanatos de asistencia privada, sin embargo, el Estado carece de capacidad para supervisar esos centros.

Actualmente las expresiones “dignidad humana”, “dignidad personal”, “derechos humanos” están siendo muy empleadas pero en ocasiones sin una debida e intensa valoración del ser humano. En la práctica se niega la igualdad de derechos, lo cual equivale a negar la igualdad del ‘ser’, o de la ‘naturaleza’ a los seres no-nacidos o nacidos con alguna diferencia notoria o a los infantes marginados o abandonados. Todas las Declaraciones de Derechos Humanos desde el texto de la Declaración de 1948 hasta el presente han entendido que para muchos, el principio de la dignidad humana pueda ser entendido como fundamento último del orden moral y legal. No obstante esta convicción, contrasta con una constatación práctica: “La gran divergencia existente en torno a las consecuencias éticas y jurídicas del principio de la dignidad humana” (cf. Aparisi, Ángela. En torno al Principio de la Dignidad Humana, Cuadernos de Bioética, 04).

La paradoja se presenta porque por un lado, la dignidad aparece como el último y más importante fundamento del Derecho. Pero por otro, las consecuencias jurídicas que en la práctica se hacen derivar de este principio son tan confusas e incluso divergentes, que en ocasiones parece que nos encontramos ante una expresión vacía de contenido o al menos, poco operativa en el campo jurídico. De allí podemos deducir expresiones como el derecho a decidir o a escoger por parte de la mujer, cuya moralidad en consideración no puede divorciarse de “lo” que se escoge, pues no se trata más que de la vida o muerte de un ser humano en gestación. El hecho de que una mujer pueda considerar matar a su hijo y de que haya quienes defienden esa decisión, es evidencia de que algo está muy mal en nuestra sociedad.

La adopción es una decisión de la que no se habla lo suficiente; raramente algún caso de adopción es tan llamativo como un caso de aborto. En el debate sobre el aborto se habla de escoger: --o la mujer o el hijo--, la decisión debe ser sólo para uno de los dos. Cuando hablamos de adopción, el debate se transforma en --ambos / y --. No se tiene que escoger entre la mujer ‘o’ el hijo; existen siempre corazones para amarlos a ambos.

Adopción es realmente una situación del “ganar-ganar”. Con su adopción, el infante ‘gana’ porque a él (ella) no sólo se le da la oportunidad de vivir en un hogar con padre y madre amorosos que pueden proveerle de sus necesidades. Adopción es también una ‘ganancia’ para aquellos matrimonios que escogen adoptar debido a que reciben el beneficio de criar una hermosa vida humana. En último término, la adopción del menor es ‘ganancia’ para la madre (y/o padre) de nacimiento porque se beneficia al saber que hizo una decisión seria y con madurez de otorgarle una oportunidad a su hijo y encontrarle un hogar seguro para vivir y con desprendimiento y generosidad poder compartir con otros esa nueva vida. Cuando las adopciones se hacen correctamente, hay motivos de alegría para la “tríada de adopción”.

A pesar de las ventajas, la adopción ha caído en tiempos difíciles. En África se estima que hay actualmente 50 millones de huérfanos a causa del VIH/SIDA. Existen familias por ejemplo en Kenya encabezadas por abuelas solas que se han hecho cargo de 2, 3, 5 nietos y además de otros niños huérfanos de padres fallecidos por SIDA, aunque realmente no tengan los medios suficientes para su sostenimiento. Debido a los problemas económicos mundiales, la situación de estos huérfanos tanto en Kenya como por toda África se ha vuelto aún más difícil.

Yo personalmente conozco a una familia norteamericana de raza blanca: padre, madre y 4 hijos quienes adoptaron a tres hermanos huérfanos de raza negra en Mozambique, África cuyos padres y un hermano murieron de SIDA y quienes sufrieron grandes penalidades antes de ser adoptados en un orfanato de pocos recursos, para después ser trasladados a E.U.A. Actualmente el mayor de ellos de 17 años es un brillante estudiante de preparatoria, tiene planes de estudiar leyes y posteriormente regresar a su país para ayudar a otros niños huérfanos que sufren por la carencia de hogar. (Ver: www.familiesfororphans.org)

Según la United Nations Population Division, adopción es un “acto legal que crea un vínculo equivalente a la filiación natural, con derechos mutuos y ciudadanía (de sucesión inter-estatal, adquisición de nombre, adquisición de ciudadanía) y permanente “. Aproximadamente 260,000 adopciones ocurren anualmente en el mundo, sin embargo, es un evento relativamente raro: 2 por cada 1,000 nacimientos. Los principales países de donde provienen los niños adoptados en el ámbito internacional son: China, Fed. Rusa, Guatemala, Ukrania y Rep. De Korea. Los países de destino de los infantes adoptados son principalmente: E.U.A., Francia, España, Italia y Alemania.

Debo mencionar que uno de los problemas en cuanto a la adopción de menores, es el hecho de que las madres solteras que enfrentan un embarazo imprevisto, a menudo tienen ideas erróneas sobre la adopción ya que éstas tienden a pensar en el abandono de su hijo. Ceder en adopción a su hijo es demasiado sacrificio y piensan en el aborto como una salida más fácil. Muchas de estas ideas tienen que ver con la falta de conocimiento de las múltiples facetas de la adopción y de la poca preparación de quienes tienen control directo de este delicado asunto.

Finalmente transcribo unas palabras recientemente pronunciadas por Benedicto XVI, quien subrayó el “respeto de la dignidad inviolable y de los derechos de los niños en el reconocimiento de la misión educativa fundamental de la familia y en la necesidad de que el niño viva en un ambiente social estable que favorezca su desarrollo físico, cultural y moral (Discurso papal 5 de Junio 2009).

Estados Unidos y la identidad “católica” de sus universidades

No sólo ha sido Notre Dame. El 14 de abril pasado la Universidad de Georgetown, de la Compañía de Jesús, recibía a Obama. A petición del protocolo de la Casa Blanca, fue cubierto el monograma de Jesucristo y sello oficial de la Compañía de Jesús -IHS- que luce detrás del podio de los oradores en el Gaston Hall de Georgetown, desde donde Obama dirigió la palabra.

Por Juan Claudio Sanahuja


I. El escándalo de Notre Dame. Obama no merece honores. Obispos que dan la cara. Los laicos protagonistas de la resistencia

El escándalo de Notre Dame

El 17 de mayo de 2009, la Universidad de Notre Dame acogió al presidente Barack Hussein Obama en la 164ª ceremonia de graduación. Obama dirigió la palabra a los asistentes y recibió un doctorado honoris causa en leyes.

Notre Dame es una de las más importantes universidades católicas de USA. Su rector es el P. John Jenkins, de la congregación de la Santa Cruz. La distinción a Obama desató una reacción nunca vista hasta ahora por parte de la jerarquía y de los laicos católicos.

El superior general de la congregación, Fr. Hugh W. Cleary -maestro de la ambigüedad-, escribió al presidente. Felicitó a Obama por la nominación, y lamentando su error de apoyar el aborto le rogó que cambiara de actitud. Manifestó su alegría por la presencia del presidente en la universidad, y descargó toda responsabilidad de la nominación del presidente, en la independencia legal de la universidad con respecto de la congregación y en la libertad del Board of Fellows y del Board of Trustees de elegir autónomamente a quienes distinguen. Por otro lado, más de diez sacerdotes de la Santa Cruz se han manifestado en carta abierta contrarios a la distinción al presidente, porque sus políticas “atentan contra principios morales fundamentales”, (cf. Life Site 31-03-09, 08-04-09).

Obama no merece recibir honores de parte de católicos

Obama se ha caracterizado en sus 100 días de gobierno por promover agresivas políticas abortistas y pro gay que lo convierten en el paladín de la reingeniería social anticristiana, y por lo tanto indigno de recibir otra distinción de parte de una institución católica.

A vuelo de pájaro podemos enumerar la “exportación” del aborto como derecho humano a todo el mundo; la anulación de las disposiciones que aseguraban la objeción de conciencia a los profesionales de la salud; la distribución sin receta a menores de la “píldora del día después”; la financiación de la experimentación con embriones humanos; el corte total de recursos tanto a los programas de educación en la abstinencia sexual como a los programas de experimentación con células madres no-embrionarias. Además, dio su apoyo al proyecto de ley contra la discriminación, que incluye la discriminación por orientación sexual y el crimen de odio, dos figuras jurídicas impulsadas por el movimiento homosexual que atentan contra la libertad de expresión, la libertad de enseñanza y la libertad religiosa; tomó medidas administrativas reconociendo supuestos derechos a las parejas del mismo sexo; y promueve el proyecto de derogación de la legislación favorable al matrimonio (cf. Defence of Marriage Act-DOMA), además de una larga lista de privilegios para la “comunidad” LGTB (homosexual), (cf. Life Site, Special Report II, 08-05-09; vid. NG 915, 922, 951, 953, 955, 957, 969).

Obispos que dan la cara

Fueron más de 80 los obispos norteamericanos que se manifestaron contra la decisión de los directivos de Notre Dame y pidieron anular la nominación de Obama. Entre ellos destaca el obispo del lugar, Mons. John D'Arcy (diócesis de Fort Wayne-South Bend), que intervino personalmente en las pacíficas marchas de oración y desagravio del 16 y 17 de mayo, en el campus de la universidad.

A él se sumaron a lo largo de casi dos meses, el Cardenal Francis George, arzobispo de Chicago y Presidente de la Conferencia Episcopal; el Cardenal Justin Rigali, arzobispo de Filadelfia y Presidente del Comité Pro-Vida de la Conferencia Episcopal; el Cardenal Daniel DiNardo, arzobispo de Houston; Mons. Raymon Burke, Prefecto del Tribunal de la Signatura Apostólica; el Cardenal Anthony Bevilacqua, arzobispo emérito de Filadelfia; Mons. Daniel Buechlein, arzobispo de Indianápolis; Mons. Eusebius Beltran, arzobispo de Oklahoma; Mons. Charles Chaput, arzobispo de Denver; Mons. Timothy Dolan, arzobispo de New York; Mons. José Gomez, arzobispo de San Antonio; Mons. Alfred Hughes, arzobispo de New Orleans; Mons. John J. Myers, arzobispo de Newark; Mons. Joseph Naumann, arzobispo de Kansas City; Mons. John C. Nienstedt, arzobispo de St. Paul-Minneapolis; Mons. Edwin O'Brien, arzobispo de Baltimore; Mons. Daniel E. Pilarczyk, arzobispo de Cincinnati y 50 obispos más que se han manifestado contra “este agresivo avance de la cultura anti-vida y anti-familia, fuente de gravísimo escándalo”, como Mons. Raymond Burke define la distinción a Obama, (cf. Life Site, Special Report I, 08-05-09).

Todo hace suponer que al menos casi un tercio de los obispos está empeñado en que las instituciones llamadas católicas realmente lo sean, recuperando la identidad católica, y para eso están dispuestos a ejecutar con más energía que hasta ahora las disposiciones vigentes desde hace años. La demanda de los ciudadanos fieles a ser guiados por pastores fieles parece estar en vías de cumplirse. Dios quiera que no los defrauden, la autoridad moral es fácil de perder.

Católicos en la vida política

El 18-08-04, la Conferencia Episcopal de los Estados Unidos, dio a conocer la declaración Católicos en la vida política en la que expresamente se indica que la "doctrina católica sobre la vida humana y su dignidad se debe reflejar" en todas las parroquias y en todas las áreas e iniciativas pastorales: "educación, salud, y servicios sociales" y agrega que la comunidad católica y las instituciones católicas "no deben homenajear a aquellos que abiertamente desafían nuestros principios morales fundamentales" ni a aquellos que presentan "plataformas políticas en las cuales se sugiere el apoyo a estas acciones". Incluye entre los homenajes a los reconocimientos, premios, invitaciones u honores, (NG 649; vid. NG 642, 711).

Los laicos protagonistas de la resistencia

Fueron los laicos -alumnos, ex-alumnos y profesores de la Universidad- quienes levantaron la bandera de la lucha de restituir la identidad católica a Notre Dame. En concreto los grupos: Notre Dame Right to Life, Notre Dame Law School's pro-life group Ius Vitae, Notre Dame Knights of Columbus, Notre Dame College Republicans, The University of Notre Dame Anscombe Society, The Identity Project of Notre Dame, Notre Dame Knights of the Immaculata, Notre Dame Children of Mary, el Orestes Brownson Council, Notre Dame Law St. Thomas More Society y el periódico estudiantil independiente Irish Rover. Este movimiento se extendió por los Estados Unidos y lleva hasta ahora reunidas más de 370.000 firmas de protesta por el rumbo que ha tomado la institución.

Quizás lo que más dolió a las autoridades de Notre Dame fue que Mary Ann Glendon, ex-embajadora de Estados Unidos ante la Santa Sede y presidente de la Pontificia Academia de Ciencias Sociales, rechazó una distinción que le iba a conceder la universidad, la Laetare Medal, en la misma ceremonia que a Obama, (Mercator Net 06-05-09, entre otros). Glendon, en este momento, es la intelectual católica de más prestigio en Estados Unidos.

II. La pérdida de la identidad católica. De la píldora al homosexualismo. El espíritu de inclusión. Espíritu de apertura, diálogo, y libertad académica. Portazo al Magisterio. Georgetown y otras

La pérdida de la identidad católica

En su carta al rector de Notre Dame protestando por la distinción al presidente Obama, el obispo de Phoenix, Mons. Thomas Olmsted, calificó la actitud de la universidad de abierto acto de desobediencia al mandato de la Conferencia Episcopal de los Estados Unidos (NG 649; 972, vid. NG 642, 711).

Lo cierto es que, lamentablemente, este no es el primer acto de rebelión contra el Magisterio de la Iglesia de una universidad católica en USA. La desobediencia explícita al magisterio universal de la Iglesia, reiterado o no por la Conferencia Episcopal, es una constante en las llamadas grandes universidades católicas de los Estados Unidos.

En el caso concreto de Notre Dame, algunos comienzan la historia de la desviación doctrinal en 1961, cuando la universidad entregó la Laetare Medal al presidente John F. Kennedy, quien fue el primero en enunciar el principio perverso según el cual “su fe católica no afectaría a sus decisiones y sus acciones como político”.

De la píldora al homosexualismo

Sea lo que fuera, a principios de 1960, Notre Dame, con la ayuda de la Fundación Rockefeller, ayudó a impulsar la ideología del control de natalidad. En 1967, Notre Dame y otras universidades católicas firmaron el manifiesto llamado Land O’ Lakes Statement, en el que declaraban su independencia de la autoridad de la Iglesia en lo referente a ser beneficiarias de fondos de fundaciones privadas y las subvenciones oficiales. En 1968, los departamentos de teología de esas mismas universidades encabezaron la protesta contra la encíclica Humanae vitae del Papa Pablo VI, en la que se condena la anticoncepción artificial.

En 1989, -dice Mercator Net (06-05-09)- en Notre Dame la mayoría de los profesores de teología negaban la divinidad de Cristo; en el campus de la universidad se había implantado la cultura gay-lésbica y algunos profesores apoyaban activamente el aborto.

Posteriormente, Notre Dame distinguió con honores al gobernador de New York, Mario Cuomo, y a la candidata a la vicepresidencia Geraldine Ferraro, abortistas autodenominados católicos, a pesar de las correcciones públicas que les hizo a ambos el Cardenal John O'Connor, entonces arzobispo de New York.

Bajo el rectorado del P. Edward A. Malloy, en 1996, se crea el Core Council for Gay and Lesbian Students con la misión de desarrollar iniciativas para que los alumnos gay, lesbianas y bisexuales se sientan como en su casa, (http://corecouncil.nd.edu/index.shtml). Este concejo promueve eventos como “El día nacional de la salida del closet”, que en la jerga homosexual significa hacer pública esa condición e integrarse a la militancia gay, y los “Domingos Solidarios”, en los que una vez al año todas las Misas celebradas en Notre Dame deben hacerse con “espíritu de inclusión”, es decir integrando a lesbianas y gays activamente en la celebración litúrgica. El espíritu de inclusión fue definido en 1997 por la propia universidad, como la actitud que “da cabida a todos, sin exigir conocimiento o explicación de las enseñanzas de la Iglesia sobre la homosexualidad”. Durante la gestión del P. Malloy comenzaron a realizarse anualmente dos lamentables eventos: la representación de Monólogos de la Vagina y el Festival de Cine Queer (Queer Film Fest).

En 2005, comienza su gestión del actual rector, P. John Jenkins, que continúa promoviendo estas escandalosas actividades a pesar de las reiteradas admoniciones de Mons. John M. D'Arcy, obispo del lugar (diócesis de Fort Wayne-South Bend). Según el rector, son necesarias “para hacer el esfuerzo de mantener el espíritu de apertura, diálogo, y libertad académica”. Recientemente se celebró el Festival Gay Lésbico de Vacaciones de Pascua.

Portazo al Magisterio

Bajo el gobierno de Jenkins, Notre Dame distinguió con los mismos honores que a Obama, a la presidente de Irlanda Mary McAleese (2006), a pesar de su postura favorable a la ordenación sacerdotal de mujeres, y a la Dra. Mary Sue Coleman (2007), rectora de la Universidad de Michigan, activa militante del movimiento para la libre investigación con células estaminales de embriones.

El P. Edward O'Connor, antiguo profesor de teología, decía en 2003, que desde 1990, Notre Dame decidió “evadir los mandatos” de la Constitución Apostólica Ex Corde Ecclesiae sobre las universidades católicas, de Juan Pablo II. En su momento, el rector, P. Malloy, consideró al documento pontificio “ofensivo para la comunidad de teólogos católicos”.

Hace cuatro años el porcentaje de alumnos de la universidad que se declaraban católicos era de 53%, frente al 85% de 1970.

Georgetown y otras

El 14 de abril pasado la Universidad de Georgetown, de la Compañía de Jesús, recibía a Obama, quien habló sobre su visión de la economía nacional y mundial. Aunque la invitación podría ser considerada contraria a lo dispuesto por la Conferencia Episcopal, como no se trataba de distinguirlo con un grado honoris causa u otros honores universitarios, el tema podría haber pasado casi desapercibido. Sin embargo, llamó mucho la atención que, a petición del protocolo de la Casa Blanca, fuera cubierto el monograma de Jesucristo y sello oficial de la Compañía de Jesús -IHS- que luce detrás del podio de los oradores en el Gaston Hall de Georgetown, desde donde Obama dirigió la palabra (CNS, 15-04-09). A Obama le molestaba que en las fotografías sobresaliera sobre su cabeza el monograma de Cristo. Los estudiantes miembros de la Cardinal Newman Society, declararon que éste era “otro ejemplo de cómo una universidad católica sacrifica sus principios por el prestigio mundano. Georgetown ha renunciado a su identidad católica y jesuita”.

Pero además, Georgetown no podía ser menos que Notre Dame, y, el 23 de abril, su Law Center entregó el Legal Momentum Hero Award al vicepresidente Joe Biden, esta vez en clara oposición a lo dispuesto por la Conferencia Episcopal en 2004. Biden fue duramente corregido por los obispos en 2008, ya que se proclama católico y es un fanático promotor del aborto, (vid. NG 915, 922, 927).

Al mismo tiempo téngase en cuenta que Georgetown tiene una política de inclusión de gays y lesbianas, en algunos aspectos, más agresiva que Notre Dame. Allí también existen fraternidades gay-lésbicas, se practica la liturgia inclusiva, se representa anualmente Monólogos de la Vagina, etc.

El 7 de abril, Mons. William Lori, obispo de Bridgeport, comunicó a las autoridades de la Sacred Heart University su negativa a asistir al acto académico del 22 de abril, en el que se distinguió a Kerry Kennedy, hija de Robert F. Kennedy. Kerry Kennedy se autoproclama católica pro-choice, oponiéndose a la doctrina de la Iglesia sobre el aborto, la experimentación con embriones y el matrimonio entre personas del mismo sexo.

Según Life News, se espera que Mons. Lori renuncie al cargo de presidente de la junta de gobierno de la Sacred Heart University, tome medidas canónicas contra otros integrantes de la junta y/o le quite a la universidad el título de católica. (Continúa)

III. El discurso de Obama. Obama: profeta de la nueva era. Ratzinger: la clave de interpretación. Dictadura del relativismo. Los medios de comunicación alternativos son terroristas. La resistencia cristiana

El discurso del presidente Obama en Notre Dame, el 17 de mayo pasado, ha encontrado más resistencia en los Estados Unidos que en los países latinos, en los que parece que el sentido crítico asentado en la fe se ha eclipsado. Da la impresión que en los viejos países “católicos” es donde existen más falóforos de Obama -como los llama Juan Manuel de Prada- que en las propias tierras del presidente norteamericano.

El discurso de Obama

El discurso de Barack Hussein Obama fue un ejercicio retórico de dialéctica relativista, cautivante para quienes viven sumidos en un cómodo sopor que los lleva a engañarse a sí mismos y a tratar de engañar a los demás. El presidente llamó a “llegar a una base común de entendimiento conciliando lo irreconciliable”. Tendió la mano a quienes no aceptan el aborto “para llegar juntos a reducir el número de abortos y de embarazos no deseados”. Llamó al diálogo -palabra mágica del relativismo- “para conciliar las creencias de cada uno con el bien de todos”. El presidente Obama, abolió así el principio de no contradicción, que nos enseña que nada puede ser y no ser al mismo tiempo.

¿Se puede conjugar la certeza científica y moral de que el aborto es un crimen y a la vez consentir que una sociedad destruya sistemáticamente a los más débiles? ¿Qué base común de entendimiento puede haber entre las dos posturas? ¿Es lícito vivir como si no existiera un holocausto escondido y silencioso? ¿Es posible mirar para adelante, construyendo en común, sin hacerse cómplices de las leyes inicuas que atentan contra la ley natural y convierten a la sociedad en injusta y miserable, aunque viva en pleno bienestar material?

Obama: profeta de la nueva era

Para George Weigel, Obama se metió de lleno en las cuestiones internas de la Iglesia. “El presidente de los Estados Unidos decidió definir lo que significa ser católico en el siglo XXI”, asumiendo la jefatura de los católicos disidentes, enfrentando a los intelectuales católicos y a las instituciones de la Iglesia con sus obispos y con Roma, reeditando una nueva forma de galicanismo, (CNA, 20-05-09).

Obama rechaza y combate la verdad inmutable, por eso su visión es incompatible con la fe cristiana: “la última ironía de la fe es que necesariamente admite dudas. Esta duda no debe empujarnos fuera de nuestra fe (…) pero nos obliga a permanecer abiertos y curiosos, y deseosos de continuar el debate moral y espiritual”.

Atrayente y sugestivo para los propositivos dialogantes, el discurso de Obama es irreconciliable con las verdades naturales permanentes que Benedicto XVI ha expresado en los principios no-negociables, que son las pautas que nunca se podrán derogar ni dejar a merced de consensos partidistas en la configuración cristiana de la sociedad: la familia basada en el matrimonio entre un hombre y una mujer, la defensa de la vida humana desde su concepción hasta su término natural y los derechos de los padres a la educación de sus hijos.

Ratzinger: la clave de interpretación

¿Es compatible con la fe cristiana afirmar “la fe no brinda certezas, sino genera dudas; la verdad no existe, surge del debate”? La clave de discernimiento nos la dio hace tiempo el Cardenal Ratzinger.

Para el relativismo -decía Ratzinger- “afirmar que en la figura de Jesucristo y en la fe de la Iglesia hay una verdad vinculante y válida en la historia misma es calificado como fundamentalismo. Este fundamentalismo, que constituye el verdadero ataque al espíritu de la modernidad, se presenta de diversas maneras como la amenaza fundamental emergente contra los bienes supremos de la modernidad, es decir, la tolerancia y la libertad. Por otra parte, la noción de diálogo cambia de significado, convirtiéndose así en la quintaesencia del credo relativista y en la antítesis de la conversión y de la misión. En su acepción relativista, dialogar significa colocar la actitud propia, es decir, la propia fe, al mismo nivel que las convicciones de los otros, sin reconocerle por principio más verdad que la que se atribuye a la opinión de los demás. Sólo si supongo por principio que el otro puede tener tanta o más razón que yo, se realiza de verdad un diálogo auténtico. Según esta concepción, el diálogo ha de ser un intercambio entre actitudes que tienen fundamentalmente el mismo rango, y, por tanto, son mutuamente relativas” (vid. Situación actual de la fe y la teología, Guadalajara, México, 1996).

Por eso, analizando el discurso de Obama, Mons. Robert W. Finn, Obispo de Kansas City-St. Joseph, declaró que el diálogo es imposible, porque el mismo presidente admitió irreconciliables diferencias con la Iglesia sobre el tema del aborto. Mons. Finn dijo que la vida inocente es innegociable. “¿Podemos negociar sobre lo que es intrínsecamente malo? La respuesta es no”, (CNA 25-05-09).

Dictadura del relativismo

En definitiva, Obama no deja opción. O se está con él o se está contra él. Él convoca a una gran melange y quien no se deja manipular se autoexcluye. Quien no acepta su retórica perversa es un fundamentalista que no tiene lugar en el proyecto de la nueva era. La dictadura del relativismo, con Barack Hussein, está creciendo en intensidad día a día.

Dicho sea de paso, el Departamento de Seguridad Interior del gobierno federal considera terroristas a personas y grupos (“no-islámicos”) que se oponen “al aborto y al matrimonio homosexual” (vid. NG 969) y ha incluido en el Domestic Extremism Lexicon a los medios de información alternativos “que proporcionan un foro para la interpretación de los acontecimientos y las cuestiones sociales, radicalmente diferente de la presentada por los medios de comunicación”. Los llamados “medios alternativos” son boletines de noticias que circulan por Internet, entre ellos los servicios pro-vida y todos aquellos que trasmiten un mensaje “políticamente incorrecto”, (vid. Life News, 04-05-09).

La resistencia cristiana

El 19 de mayo, Life Site llegó a contar 83 obispos que se manifestaron contra la invitación y la distinción al presidente Barack Hussein Obama por parte de la Universidad de Notre Dame, sumando a la lista, entre otros, al Arzobispo de Detroit, Mons. Allen Vigneron.

Más que una importante acción pro-vida, el escándalo de Notre Dame ha sido la primera gran batalla para devolver su propia identidad a las instituciones de enseñanza católicas. Esta es la exigencia de los fieles y de los obispos que se opusieron a la invitación de Notre Dame a Obama.

El 18 de mayo, Mons. Charles Chaput, Arzobispo de Denver, decía que "lo más importante en lo que los fieles católicos pueden presionar ahora -con sus palabras, sus acciones y su apoyo financiero- es que las instituciones que afirmen ser católicas realmente vivan la fe con valentía y coherencia", (CNA, 18-05-09). (Continúa)

Fuentes: Propias; Mercator Net, 06-05-09 (especialmente el artículo Harpooning the whale de Omar O'Shaughnessey); Life Site News, 14-02-05; 07-04-09; 06-05-09, (Notre Dame's 40+Year History of Unfaithfulness to the Church de Patrick B. Craine); Life News, 01-04-09, 04-04-09, 22-04-09.
Mercator Net, 22-05-09, (Saruman at Notre Dame por Thaddeus J. Kozinski); CNA, 18-05-09, 20-05-09; Life News, 04-05-09; Life Site, 18/23-05-09
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Pandemia de narcicismo

Hemos llegado a un narcisismo o egotismo (como ya lo llaman algunos autores) que más allá de valorarnos como personas, nos ha llevado a caer en una excesiva admiración de las propias cualidades.

Por Carolina Garza de López


Cuántos ejemplos a la mano del narcisismo que nos invade en estos días. Caras y cuerpos “perfectos” en las portadas de las revistas. Chicas posando ante las cámaras con pronunciados escotes y diminutos trajes de baño. Los caballeros no se quedan atrás en el afán por mostrar sus tríceps que les costaron horas en el gimnasio.

Y qué decir del abuso en la cirugía cosmética. O de los metro sexuales con atuendos “fashion”.

“¡Cómo perdí 42 libras!” es la frase en portada de la última revista People. Lo que quizás se ignora es que la chica que perdió todo ese peso, y lo demuestra posando en bikini para la revista, había dicho días atrás que esperaba que Farrah Fawcett no muriera la semana pasada pues entonces le ganaría la portada y todo el ejemplar sería para recordarla.

Me pregunto ¿cómo llegamos a este narcisismo, si apenas a finales de los años 80 resurgió el tema de la autoestima para contrarrestar aquella educación represiva que hacía que las personas no se sintieran amadas ni valoradas? ¿A qué hora dimos el salto hacia el otro extremo?

Si usted recuerda, en aquellos años el concepto de ‘autoestima’ se introdujo por todas partes. Las terapias y ejercicios psicológicos para que las personas ganaran la autoestima necesaria y se liberaran de complejos se pusieron de moda.

Frases como “¡eres un tonto!”,”¡qué burro!” o “¡no vales nada!” que habían lastimado y hecho sentirse inseguros o insignificantes a numerosos niños, tenían que quedar atrás y dar paso a una educación basada en el valor de la dignidad humana. A dejar claro que jamás nadie tiene derecho a maltratar a los niños o abusar de ellos.

Sin embargo, a 20 años de aquel intento de pensadores y educadores por corregir fallas de la educación de antaño, la educación y formación del amor a sí mismo ha tomado otro rumbo, se ha ido al extremo.

Hemos llegado a un narcisismo o egotismo (como ya lo llaman algunos autores) que más allá de valorarnos como personas, nos ha llevado a caer en una excesiva admiración de las propias cualidades.

Y es que ahora ya no se habla de la autoestima como la necesidad de tomar conciencia de nuestro valor como personas, sino más bien como un combustible que necesitamos para sentirnos bien y mejorar el nivel de nuestra vida.

Aquellas humillantes frases de “¡tú no vales nada!” o “¡eres un tonto!”, se han ido sustituyendo por otras como “¡soy único, especial y maravilloso!”, “¡no hay nadie como yo!”, por citar algunas nuevas expresiones.

Es por eso que en los últimos años, ha aumentado el número de personas obsesionadas por el culto al físico, o que dependen de las aprobaciones, aplausos o felicitaciones para ser felices.

Por esto y más, dos sociólogos norteamericanos publicaron el libro “The Narcissism Epidemic” (Pandemia de Narcisismo) en el que han denunciado como una auténtica plaga la obsesión por la propia persona, y el afán de protagonismo que cada día se extiende más a través de los recursos mediáticos para la autopromoción.

Jean M. Twenge y W. Keith Campbell, explican en su libro que la exaltación narcisista se presenta como una virtud disfrazada de autoestima. Sin embargo, dicen los autores, las personas con sana autoestima tienen una buena opinión de sí mismas, pero conservan además el sentido ético y del amor por los demás que no puede conservar un narcisista a causa de la excesiva admiración de las propias cualidades. Y esto los condena además, a unas verdaderas relaciones sociales, laborales y familiares necesariamente problemáticas.

Los sociólogos hacen una relación entre las poses narcisistas y el repertorio multimediático de conductas antisociales de los niños y adolescentes, que van desde groserías e insultos de todo tipo hasta el exhibicionismo dirigido a captar la atención de las masas.

En fin, el punto es que la autoestima es importante para generar la seguridad y confianza personal, pero cuando no la tenemos bien clara se corre un grave peligro: cerrar los ojos a las necesidades de los demás para convertirse en seres soberbios y llenos de amor propio, que piensan únicamente en sobresalir por encima de todos.

Sólo queda preguntarnos: ¿Cómo hacer para no confundir la autoestima con el narcisismo?

No hay otra, más que los padres y educadores pongamos manos en el asunto de este tema crucial.

La mujer en el mundo de la comunicación

La mujer como icono de belleza, amor y caridad, juega un papel importantísimo en la evangelización mediática. ¿Qué tareas pendientes tiene la mujer en el campo de la comunicación social?

Por Ángeles Conde


Pensamos a la mujer proyectada en un amplio campo que abarca: el mundo de la televisión, el cine y los demás medios de comunicación audiovisual; el mundo de la música y la danza, el mundo de la promoción artística, del turismo; el mundo del diseño y de la moda y los medios de comunicación escrita: la prensa y la literatura. Es imposible abarcar la aportación que podría ofrecer la mujer en cada uno de estos ámbitos. Hablaremos sólo en general.

La principal tarea de la mujer en este campo es transmitir la imagen de la persona, hombre y mujer, en toda su dignidad y belleza. La belleza del ser humano le viene dada por su condición de criatura hecha a imagen y semejanza de Dios. Es sobre todo la mujer, por su condición femenina, la más capaz de transmitir este mensaje siendo para el mundo un «icono de belleza». Pero nada afea más a la mujer que el dirigir su mirada egoístamente hacia ella misma para buscar su belleza como un objeto de autosatisfacción y seguridad personal.

Ella es bella cuando toda su persona, su cuerpo y su alma, comunica el «don sincero de sí a los demás», esa búsqueda de hacerlos felices: su esposo, su familia, la sociedad. Ella, como don para los demás, está llamada a cuidar su belleza pues su rostro pertenece a los demás. Su rostro comunica los valores más grandes de la existencia humana: el amor, la plenitud del don, la generosidad, la alegría, la renuncia por el bien ajeno. De ahí el reto en el mundo de la cultura y de los medios de comunicación. La mentalidad consumista presenta una imagen de la belleza como fin en sí mismo.

La publicidad invita a cuidar la belleza únicamente por autosatisfacción o para «vender» placer. La mujer está llamada a imprimir en el mundo de la moda y del cuidado externo del cuerpo los valores auténticos de la persona. Por otro lado, la revolución sexual y el relativismo moral han promovido toda una «anticultura» que ha convertido a la mujer en «icono de perversión». De ahí la difusión en los medios de comunicación de la pornografía. La mujer está llamada a defender su dignidad y educar en el respeto y el aprecio de la persona, «objeto de amor» y no «objeto de placer».

También puede contribuir considerablemente a elevar la sensibilidad de la gente, por medio de la educación, de manera que se aprecie y guste la armonía a través de las artes. Por el arte y la música, el hombre entabla un diálogo con la creación, con los hombres y con Dios. Ahí es capaz de comunicar la grandeza de su existencia como una experiencia de libertad en el amor. El arte debe ser un vehículo de elevación del ser humano que enriquezca su espíritu y alegre su vida.

Pero el hombre será más capaz de contemplar y crear belleza si, desde su infancia, se educa en el orden de su persona a través de la formación de su carácter, su sensibilidad, su voluntad. Esto le dará el equilibrio y la serenidad necesarios para comunicar a través del arte y la cultura todos aquellos valores que ponen al hombre en comunión con Dios, con los demás y con la creación.

La falta de educación en los valores y el bombardeo de una «anticultura» alienante y materialista han empobrecido notoriamente la expresión artística de nuestro tiempo. Baste analizar el lenguaje musical, pictórico y literario que más se «consume» en la actualidad.

Especialmente importante es la presencia de la mujer en la televisión y el internet, en concreto, de cara a la producción de contenidos educativos para los niños. Con frecuencia protesta el público por la cantidad de violencia y sexo que reciben los niños a través de las caricaturas, la publicidad, las series de televisión, los juegos de internet. Es el producto que fabrican mentes cuyo fin es principalmente atraer la atención y ganar dinero. Si faltan contenidos realmente atractivos es porque pocas personas se dedican a promoverlos y elaborarlos en sentido educativo y formativo.

Una verdad incómoda y manipulada

El jueves 18 de mayo nos desayunamos con titulares que, según de qué medio de comunicación se tratase, iban desde el “Cañizares dice que el aborto es más grave que la pederastia” hasta el “Cañizares dice que es peor la interrupción voluntaria del embarazo que la violación de niños” o “La Iglesia justifica la pederastia”.

Por Tomás Alfaro Drake


Otra vez, la máquina de la tergiversación de todo lo que dice la Iglesia a través de cualquiera de sus representantes, se ha puesto a funcionar echando chispas, sapos y culebras.

El jueves 18 de mayo nos desayunamos con titulares que, según de qué medio de comunicación se tratase, iban desde el “Cañizares dice que el aborto es más grave que la pederastia” hasta el “Cañizares dice que es peor la interrupción voluntaria del embarazo que la violación de niños” o “La Iglesia justifica la pederastia”.

Más abajo el texto nos informaba de la desfachatez, la desvergüenza y el oscurantismo de la Iglesia católica por decir semejante cosa. Los medios competían en la energía de sus protestas y condenas. Nadie quería quedarse atrás en la carrera de los anatemas. Los dirigentes del PSOE lo usaban como una invencible arma contra sus contrincantes electorales. Incluso los católicos, un poco contagiados de esa “bienpensante” progresía –yo el primero en un principio–, agachábamos un poco las orejas.

Parece como si el miércoles 17, Mons. Cañizares se hubiese levantado con ganas de polémica y hubiese hecho, gratuitamente, esta comparación con ánimo de defender los casos de pederastia. Pero no es así. Como siempre, entre la realidad y la noticia se cuela la más burda manipulación.

Vamos a los hechos. Poco antes del partido Barça-Manchester del miércoles, TV3 hizo desde Roma una entrevista de 17 minutos a Mons. Cañizares.

En ella, en un momento dado, bastante al principio, el locutor le dice a Mons. Cañizares que estamos viviendo un aumento de la tensión en las relaciones Iglesia-Estado, básicamente debido a la píldora del día siguiente y del proyecto de ley del aborto. Mons. Cañizares aclaró que no se trataba tan sólo de las relaciones Iglesia-Estado, sino que el aborto, la muerte violenta de millones de seres humanos inocentes, suponía una grave erosión a la cultura en la que se basaba nuestra historia. Cultura greco-romana-cristiana. A su juicio, el gobierno estaba llevando a la práctica un proyecto de socavación de esos principios basados en el respeto a la vida y a la dignidad humana. La muerte de 40 millones de seres humanos en el mundo debido a esta lacra del aborto, minaba estos cimientos.

En un momento dado, el locutor le dice que hay personas que responderían a eso con los casos de pederastia en Irlanda llevados a cabo por algunos sacerdotes. Mons. Cañizares condenó explicita y taxativamente la pederastia, pero afirmando que las dos cosas no son comparables. Contestando al locutor afirmó que no es lo mismo, por muy lamentables que sean, los casos de pederastia de Irlanda que los millones de vidas segadas. Inmediatamente dice que la Iglesia pide perdón por esos casos y que una sociedad en la que las personas que actúan mal pidiesen perdón sería una sociedad mejor. Debemos pedir perdón todos, insiste.

Y me pregunto: ¿acaso lo que dice Mons. Cañizares no es la pura verdad? ¿Acaso la muerte de millones de seres humanos no es peor que los casos de pederastia que haya podido haber. Que los tergiversadores no tuerzan mis palabras como han hecho con las de Cañizares. La pederastia es, desde luego, algo gravísimo. Deja lacras imborrables en las víctimas. Quien la practica debe ser juzgado. Y si en ese juicio se prueba que efectivamente han existido esos casos, el peso de la ley debe caer sobre los culpables.

Pero dicho esto, sin paliativos, ¿es que no es verdad que la muerte de seres humanos es más grave? Es cierto que la ley no parece querer considerarlos seres humanos. Pero, ¿lo son? Lo cierto es que la ciencia y el sentido común nos llevan a que sí lo son. No voy a repetir cosas que ya dije en un envío anterior, pero en cuanto se empieza a discutir cuándo un embrión es un ser humano, se empiezan a escuchar contradicciones clamorosas. Si la mujer ha sido violada, el feto es un ser humano en un momento dado. Pero si tiene malformaciones, entonces el feto se convierte en ser humano más tarde. Debe ser que las malformaciones son un signo de inhumanidad.

Así pensaban también los nazis. Parece que el argumento más contundente a favor del aborto reside –según dijo hace poco la ministra de sanidad Trinidad Jiménez– en que los gobiernos europeos han llegado al acuerdo de que no se es un ser humano hasta que no se es viable. Pero entonces deberíamos enfangarnos en una larga discusión para definir la viabilidad. ¿Es viable un feto unos días antes del nacimiento? ¿Y un niño de seis meses? Es bastante difícil –es imposible– poner un límite a la viabilidad por debajo de los tres o cuatro años.

¿Puede alguien darle a su hijo de tres años 10 euros al día y esperar que se las apañe? ¿Debemos entonces considerar que un niño de tres años no es un ser humano? Claro que el ministro de educación no tiene tiempo para este debate ni la ministra de sanidad interés, porque en cuanto uno empieza a poner líneas que intenten definir cuando se empieza a ser persona, se mete en un jardín del que es muy difícil salir. Porque sólo hay una respuesta que se mantenga en pie. Desde que un óvulo y un espermatozoide se unen para dar la carga genética de un ovocito humano que empieza a desarrollarse con un programa perfectamente definido que le hará cambiar imperceptiblemente día a día, desde ese momento hasta su muerte natural, desde ese mismo instante, hay un ser humano único, irrepetible y lleno de dignidad.

Y me sigo preguntando: ¿debió Cañizares haberse salido por la tangente y responder con vaguedades a las preguntas del locutor, como hacen los políticos? ¿Debe callarse el presidente del Tribunal Supremo cuando le dicen que hay quien piensa que dos delitos con evidente distinta gravedad, aunque sean los dos graves, son equivalentes?

Lo dicho hasta aquí, se refiere al hecho comparativo de estas dos gravísimas acciones. Otra cosa es cuando juzgamos a las personas. Creo –en esto no entró Mons. Cañizares, pues nadie le preguntó– que, en la mayoría de los casos la culpa moral de un pederasta es mayor que la de una mujer que aborta sin clara conciencia de lo que está haciendo, desinformada y presionada. No puedo decir lo mismo cuando, en vez de la mujer que aborta, hablamos de los gobernantes de un Estado que legisla y empuja hacia el aborto sin dar ni una oportunidad ni dedicar un duro a fomentar otras alternativas mejores, humana y éticamente.

Sin embargo, en un momento dado el locutor le preguntó a Cañizares por qué creía que el gobierno quería cambiar las bases de la cultura. Naturalmente, él contestó, en este caso, a la gallega: “Pregúnteselo al gobierno”. Claro, en lo que no hay que mojarse, no hay que mojarse, pero hay cosas en las que un obispo no puede callarse.

Pero volvamos al perdón. ¿Por qué la Iglesia debe pedir perdón por algo que han hecho tan sólo unas pocas personas de ella? ¿Debería pedir perdón el Estado español por lo que puedan hacer unos criminales españoles en Alemania? Ignoro la respuesta a la segunda pregunta, pero a la primera es un rotundo sí. Y eso sí que lo dijo Mons. Cañizares alto y claro. El por qué la respuesta es sí, lo aclaró magníficamente Juan Pablo II cuando decidió pedir perdón por los pecados de la Iglesia en la historia.

Porque la Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo y los pecados de cualquiera de sus miembros desfiguran el su rostro y, de una forma misteriosa, todos tenemos un cierto grado de responsabilidad solidaria en los pecados de los demás. La Iglesia debe pedir perdón por los pecados de toda la humanidad, aunque sea inocente de la mayoría de ellos, porque todo lo que afecta al hombre le atañe y porque Cristo, siendo inocente, cargó sobre sí los pecados de todos. Yo, que no he practicado el aborto ni, desde luego, la pederastia, pido perdón por los 40 millones de abortos, por el pecado de los pocos sacerdotes que realmente la hayan practicado y por el de los que no son ni sacerdotes ni cristianos. Y puedo asegurar que me cuesta mucho pedir este perdón por algo que no he hecho. Pero también, a través de ese mismo Cuerpo Místico de Cristo, todas las gracias recibidas por cada miembro llegan, de una forma también misteriosa, a todos.

De alguna manera, no hemos debido pedir suficientes gracias a Cristo y por eso hay abortos y casos de pederastia. Sin embargo en esa participación en Cristo a través de la Iglesia, salgo ganando, porque ahí están las gracias de un san Pablo, de un san Francisco, de una Teresa de Calcuta, de todas esas monjas contemplativas que dedican su vida a atraer esas gracias para la humanidad y de millones de personas, santos anónimos. Los santos son, tal vez, pocos en proporción, pero, ¡¿qué sería del mundo sin ellos?! Parafraseando a Wiston Churchill cuando se refería a los pilotos de la RAF: “Nunca tantos han debido tanto a tan pocos”. En resumen, que la Iglesia no es –afortunadamente– un club de perfectos. Si lo fuese, yo tendría que decir, como Groucho Marx: “Jamás sería socio de un club que me admitiese como socio”. Sí es, en cambio, un “sitio” en el que hay santos enchufados a Cristo. ¡Y en el que yo estoy invitado para comer y beber de gorra! Esta es la grandeza de la Iglesia. ¡Qué pena los que deciden quedarse fuera!

Así pues, apoyo sin reservas las palabras de Mons. Cañizares y lamento profundamente la tergiversación malintencionada de que han sido objeto. Y si alguien tergiversa estas palabras, me consuela que nos ha sido dicho: “¡Bienaventurados seréis cuando os maldigan y digan todo tipo de calumnias de vosotros por mi causa!”

La hija del ministro

Me he preguntado muchas veces qué se necesita para que un país caiga por el tobogán aciago de un enfrentamiento sin cuartel entre personas que, hasta hace bien poco, se respetaban y hasta manifestaban el aprecio de compartir historia, suelo y bandera.

Por Miguel Aranguren


Gracias a la generosidad heroica de los argentinos, Elvira Bossana, trasunto de mi abuela materna y protagonista de la novela “La hija del ministro”, junto a sus padres, sus hermanas y algún sobrino de muy corta edad, pudo abandonar Madrid, ciudad de odios cainitas desde la proclamación de la II República. Y fue en el puerto de Alicante donde la familia Bossana (faltaban unos cuantos miembros, repartidos entre las fosas comunes y las trincheras del ejército sublevado) consiguió embarcarse en el torpedero Tucumán, barco que en mi casa siempre despertó admiración y agradecimiento, ya que de aquel suelo flotante surgió la garantía de que todos los descendientes de mi abuela (trasunto de Elvira Bossana) llegaríamos a disfrutar del sol.

Durante el tiempo que he empleado en esta aventura literaria, no he salido de mi asombro al considerar los horrores de aquella guerra. Elvira Bossana, durante la flor de su juventud, se vio empujada por los acontecimientos a la primera línea de una España en la que se gestó una de las más dramáticas persecuciones religiosas de toda la Historia. Sus ojos adolescentes fueron testigo de desapariciones, juicios sumarísimos y asesinatos justificados por la causa revolucionaria. Su propia vivienda fue asaltada mientras su padre purgaba en una checa el delito de mantenerse fiel al Rey. Aquella vivienda, que fue hogar feliz para doce hijos, convirtió sus salones y habitáculos en oscuros cuartos de tortura.

Me he preguntado muchas veces qué se necesita para que un país caiga por el tobogán aciago de un enfrentamiento sin cuartel entre personas que, hasta hace bien poco, se respetaban y hasta manifestaban el aprecio de compartir historia, suelo y bandera. Los hechos me responden que es demasiado fácil empujar las pasiones del hombre: basta la irresponsabilidad de quienes nos gobiernan o de quienes ejercen la oposición, para transformar el impulso común con el que pretendemos que la sociedad avance en un odio hacia quienes se estigmatiza con proverbial capricho. En el caso de la España de los años treinta, aquel estigma cayó sobre la Iglesia católica. Fue como si algunos republicanos necesitaran de un monstruo. Por eso ardieron con saña tantos templos. Por eso, el martirologio se multiplicó con miles de hombres y mujeres que ofrecieron el perdón como respuesta a tales agravios.

Todo gobierno precisa conocer los resortes de la naturaleza humana. Y la Historia, en este sentido, es la mejor maestra. Nadie puede jugar con los sentimientos básicos de la gente. Patria, libertad, vida y familia son realidades delicadas, con las que no conviene hacer experimentos de alquimia.

Una vida por la Vida

En 1950 Lucía se encontró con uno de los santos más conocidos y amados del siglo XX: el padre Pío di Pietrelcina, de quien fue hija espiritual hasta su muerte (1968). No fue un encuentro casual. Lucía, que entonces se encontraba muy alejada de la fe, tardó varios días antes de tener su oportunidad de saludar al santo capuchino.

Por Vicente Yanes


En nuestros días son innumerables los premios y galardones que se promueven: artísticos, deportivos, científicos, culturales, cívicos, humanitarios… Los motivos son muy variados. Sin embargo, una característica común a todos ellos es que, por lo general, el reconocimiento llega a sus protagonistas tras largos años de preparación y de entrega.

Este 14 de mayo, la florentina Lucía Barocchi recibió el premio “Una vita per la vita 2009”. La facultad de Bioética del Ateneo Pontificio Regina Apostolorum (www.upra.org), quiso fundar con ello una tradición para homenajear a aquellos hombres y mujeres que más se han distinguido en la defensa y promoción de la vida. No pudieron haber elegido a nadie mejor para su primera edición.

Lucía Barocchi nació el 16 de mayo de 1922 en Florencia, Italia. En 1945, concluida la sangrienta segunda guerra mundial se casó con Carlo Barocchi, con quien trabajó en la prestigiosa joyería Barocchi, sobre el Ponte Vecchio. En este matrimonio ejemplar que duró 62 años hasta la muerte de Carlo no hubo hijos. En un principio fue muy costoso para ambos…

En 1950 Lucía se encontró con uno de los santos más conocidos y amados del siglo XX: el padre Pío di Pietrelcina, de quien fue hija espiritual hasta su muerte (1968). No fue un encuentro casual. Lucía, que entonces se encontraba muy alejada de la fe, tardó varios días antes de tener su oportunidad de saludar al santo capuchino. «¡Mi esposo y yo queremos tener un hijo!». Respuesta: «No, querida hija. Eso no lo quiere Dios».

¿Dios no lo quería? ¿Cómo podía ser eso? Era duro aceptar esa prueba. Pero Dios ya había hecho renacer, primero en Lucía y años más tarde en Carlo, el don sobrenatural de la fe.

«¿Adoptamos un hijo?». Tampoco eso entraba en los planes de Dios. Él les tenía preparada otra misión: quería confiarles no un niño ni dos, ni tres, sino todos; los más posibles. Lucía y Carlo se dieron cuenta de que Dios les había unido para ser los padres de los hijos “sin padres”. Desde ese momento el matrimonio Barocchi se mantuvo atento para socorrer a esas madres jóvenes que se debatían entre la vida de su pequeño y el aborto.

Una a una, las mujeres y los bebés beneficiados por ellos comenzaron a contarse por decenas. En 1960 fundaron la Casa Santa Lucía y sólo en ese año fueron 66 las madres que recibieron una mano amiga para tener a sus hijos. Cuatro años más tarde, junto con otros laicos comprometidos, Lucía fundaba el Comité Italiano por la Vida.

Para promover la vida y defender a los más indefensos, el ingenio de Lucía no ha conocido límites. Con su natural disposición y gusto por el arte y sobre todo por su celo y por su amor por cada mujer y por cada niño, Lucía no ha escatimado ningún recurso: pósters, tarjetas, folletos, vídeos, de todo.

Su cuaderno ilustrativo “La vida humana: la primera maravilla” (1987) se ha traducido ya en 16 lenguas y supera los seis millones de ejemplares (existe también un vídeo que sigue el texto del mismo, que puede solicitarse al Centro Documentazione e Solidarietà –fundado por Lucía– escribiendo a cedocsol@hotmail.com).

Con su material informativo de sensibilización ha contribuido a salvar cientos de vidas en todos los países de Europa y en muchos otros lugares como Israel, Corea, Australia, Canadá, Colombia, México, Brasil…

«En dos días cumplo 87 años. Hay dos cosas que me gustaría decir: Primero, tengan ideales suyos, ideales fuertes. Defiéndanlos. No se preocupen de ser impopulares. A los 87 años no hay otra cosa que pueda darles una alegría mayor. En segundo lugar: todo lo que hagan, háganlo con una sonrisa. Y no se olviden de que en la vida uno no es grande por lo que hace sino por el amor con el que vive».

En la entrega del premio “Una vita per la vita 2009” se reconocían estas virtudes en la entrega de esta “Mater ad honorem”: amor, dedicación, inteligencia y corazón de mujer. Defender la vida supone siempre estas cuatro cosas. Por todas ellas la celebramos y una vez más le decimos ¡Felicidades, Lucía, y muchas gracias por tu ejemplo!

¿Por obligación o por cariño?

Las tareas se llevan adelante de modo muy distinto cuando el corazón las asume desde un gesto de cariño.

Por Fernando Pascual


Hay tareas que no podemos eludir, que siguen fijas e inamovibles, que “esperan” con paciencia o con prisa que alguien las lleve a cabo.

Unas son tareas ordinarias, a las que no podemos dar la vuelta: asear la casa, preparar la comida, limpiar los platos, lavar la ropa, planchar, poner orden...

Otras son tareas ocasionales: responder una carta, preparar un balance de cuentas, devolver un préstamo, llevar el coche a revisión.

En familia o en el trabajo llega la hora de distribuir tareas. A veces uno mismo se ofrece para hacer esto o lo otro. Otras veces nos ponemos de acuerdo para respetar una sana justicia “distributiva”, o un “jefe” (esperamos que bueno y aceptado por todos) decide quién hace qué cosa.

Realizar tareas, sobre todo si son rutinarias o si exigen sacrificio, cuesta. Las aceptamos porque “hay que hacerlo”, porque es imposible vivir sin comida, porque sentimos la urgencia de tener ropa limpia, porque nos angustiaría pensar que el coche tenga los frenos averiados. Pero hacer las cosas por obligación, como quien lleva sobre sus espaldas un peso del que quiere librarse cuanto antes, nos puede cansar, frustrar, oprimir.

Las tareas se llevan adelante de modo muy distinto cuando el corazón las asume desde un gesto de cariño.

Lavar la ropa es más llevadero (no dejará de ser cansado) si pensamos en la alegría de los familiares, que ven que me ofrecí a ayudarles en esto. Preparar la comida se hace con más alegría si queremos contentar a los de casa. Poner orden en la fábrica o en la oficina resulta hasta hermoso si queremos facilitar la vida de nuestros compañeros de trabajo, simplemente porque queremos que estén a gusto y porque les apreciamos sinceramente.

Son dos perspectivas muy distintas: en una hacemos cosas, incluso muy buenas, desde el “deber por el deber”, porque toca, como quien desea cuanto antes quitarse un peso de encima; en otra, deseamos servir, ayudar, hacer más hermosa y llevadera la vida de quienes están a nuestro lado.

No siempre es fácil vivir de cariño, sobre todo cuando el tiempo ha desgastado los corazones y cuando en nuestro interior hay proyectos que entusiasman, mientras que lo “ordinario” cansa o lleva al aburrimiento.

Pero sí es hermoso tener encendido, cada día, ese afecto hacia tantas personas que se abren como flor de primavera ante el gesto de cariño que les llega desde lo más profundo de un alma buena.

Junio 02, 2009

¿Abrir la mente?

Con el criterio de Obama, siempre sería posible criticar a los adversarios y exigirles que “abran su mente” para cualquier cosa. Mas, ¿consideraría alguien que es “abrir la mente” permitir la esclavitud, la tortura o la pedofilia? ¿O es que el pensamiento único que pretende imponerse quiere además eliminar a los que piensan distinto?

Por Max Silva Abbott


Como se sabe, recientemente la Universidad de Notre Dame ha otorgado el doctorado “honoris causa” a Barak Obama. Situación increíble, a decir verdad, en atención a la política absoluta y frontalmente antivida que ha mostrado tener el homenajeado.

Pero además, en el discurso preparado para la ocasión, el galardonado sugirió que era necesario un diálogo abierto para acercar a las posiciones irreconciliables respecto del aborto, e incluso que quienes se oponen al mismo debían “abrir la mente” en este sentido.

¿Abrir la mete? La frase parece no sólo curiosa, sino ofensiva. ¿Abrir la mente? En realidad, no hay nada más opuesto a “abrir la mente” que abogar por el aborto. ¿Por qué? Porque al contrario de lo que se sugiere en este discurso, lo que ha constituido tal vez una de las mayores pruebas en nuestra historia de una auténtica apertura de mente, ha sido precisamente el reconocimiento –no la invención– de la universalidad de la calidad humana y, por tanto, de persona de todos los hombres: en suma, de nuestra común dignidad.

De esta manera, instituciones que antes contaron con la promoción, el beneplácito o incluso la aceptación pasiva de muchos, como la esclavitud, por ejemplo, fueron abolidas, precisamente porque en razón de una auténtica “apertura de mente”, nos dimos cuenta que por muchos intereses involucrados que existieran a su respecto, la dignidad humana la hacía ilícita. Y lo mismo puede decirse respecto del canibalismo, los sacrificios humanos o la libertad de conciencia.

“Abrir la mente” no significa creerse con el derecho para determinar qué es real y qué no mediante un consenso cualquiera, mudable y muchas veces incentivado por los intereses más perversos y ocultos. Al contrario: “abrir la mente” apunta a reconocer lo que las cosas son, no a quedarse encerrados en nuestras conveniencias o en nuestros moldes ideológicos. “Abrir la mente” es dejar de lado los propios intereses, si con ellos se afecta injustamente a nuestros semejantes, y equivale dar un paso notable de generosidad y objetividad. “Abrir la mente” consiste, justamente, en ponerse en el lugar del otro.

Con el criterio de Obama, siempre sería posible criticar a los adversarios y exigirles que “abran su mente” para cualquier cosa. Mas, ¿consideraría alguien que es “abrir la mente” permitir la esclavitud, la tortura o la pedofilia? ¿O es que el pensamiento único que pretende imponerse quiere además eliminar a los que piensan distinto?

Es por eso que resulta absurdo pretender que hay que “abrir la mente” para aceptar el aborto. En realidad, es una cerrazón completa a la verdad y de paso, una maliciosa manipulación de los argumentos que resulta al menos irónica, cuando no intolerable.

El informe irlandés

Voy a decirlo antes para evitar equívocos: un caso de abuso ya es demasiado. No es posible disminuir la importancia de lo que reporta el informe de la Comisión de investigación irlandesa sobre abusos contra niños. Al mismo tiempo, como se trata de un texto larguísimo (cinco volúmenes, 2.575 páginas), presumo que poca gente lo ha leído, incluidos la gran mayoría de los que han escrito sobre el tema en la prensa.

Por Diego Contreras
www.laiglesiaenlaprensa.com


Voy a decirlo antes para evitar equívocos: un caso de abuso ya es demasiado. No es posible disminuir la importancia de lo que reporta el informe de la Comisión de investigación irlandesa sobre abusos contra niños. Al mismo tiempo, como se trata de un texto larguísimo (cinco volúmenes, 2.575 páginas), presumo que poca gente lo ha leído, incluidos la gran mayoría de los que han escrito sobre el tema en la prensa. Yo solo he leído el resumen sintético, que ocupa 30 páginas.

El informe se basa en el testimonio de 1090 personas y cubre desde 1914 hasta el año 2000, aunque el periodo más destacado es desde 1936. Se estudia la situación educativa de los internados irlandeses, masculinos y femeninos, llevados por congregaciones religiosas [no me queda claro si no existían de titularidad estatal].

El informe explica que usa el término abuso en su acepción más amplia: no se refiere solo a abuso sexual sino, sobre todo, a abuso físico (castigos, violencia), psicológico y, en general, dejadez, abandono, malas condiciones de vida, alimento, bajo nivel sanitario. El informe no incluye ningún nombre de víctimas ni de culpables, y no tiene una finalidad judicial. Lo que pretende es aliviar, con este reconocimiento, las penas de las víctimas y evitar que situaciones similares se puedan repetir en el futuro.

Del total de centros femeninos, se acusa a tres personas de haber cometidos abusos sexuales: las tres son laicas, trabajadores de los centros. En el caso de los centros masculinos: se mencionan abusos sexuales cometidos por 23 religiosos, de los que la mitad se concentran en dos de los doce centros de los que se ocupa el informe. Hay dos centros donde no especifica el número de religiosos implicados. En cuatro centros los abusos fueron cometidos no por los religiosos sino por residentes/colegiales de cursos superiores.

El resumen dice que "los testigos afirmaron haber sido sometidos a abusos sexuales por religiosos y por personal laico en las escuelas e instituciones y por co-residentes y otros, incluyendo profesionales, tanto externos como internos de las instituciones. También afirmaron haber sido abusados sexualmente por miembros del público en general, incluyendo trabajadores sociales, visitantes, empleados, familias de acogida”. Se denuncia, sobre todo, la ineficacia de los organismos públicos, y de la misma sociedad y las familias, pues todo parece indicar que muchos de los abusos eran conocidos. Se ve que la depravación está más extendida socialmente de lo que se cree; el problema no es específico de los religiosos, aunque el foco mediático sólo se haya puesto en el clero. El examen de conciencia toca a todos.

Ante el enfermo terminal,

Existen situaciones en las que no resulta claro hasta dónde debería llegar la intervención médica, o cuál debería ser la mejor manera de tratar a un enfermo. De manera especial, cuando el equipo médico no puede curar a una persona y la enfermedad avanza inexorablemente, surgen no pocas veces dudas sobre hasta dónde sea lícito actuar, y cuándo habría que suspender terapias ineficaces, costosas o dañinas para el mismo enfermo al que se pretende ayudar.

Los progresos en medicina han cambiado la vida de muchas personas. Son notables los avances técnicos de los últimos 100 años. Gracias a descubrimientos y a aparatos altamente sofisticados, enfermedades antes incurables pueden ser vencidas o, al menos, pueden evitarse muertes prematuras.

Junto al desarrollo técnico, la ética ha tenido que ofrecer sus reflexiones sobre los valores y los principios que deben acompañar el ejercicio de la medicina.

Existen, sin embargo, situaciones en las que no resulta claro hasta dónde debería llegar la intervención médica, o cuál debería ser la mejor manera de tratar a un enfermo. De manera especial, cuando el equipo médico no puede curar a una persona y la enfermedad avanza inexorablemente, surgen no pocas veces dudas sobre hasta dónde sea lícito actuar, y cuándo habría que suspender terapias ineficaces, costosas o dañinas para el mismo enfermo al que se pretende ayudar.

No es fácil ofrecer criterios generales para las distintas situaciones por las que atraviesan los enfermos terminales. Vamos a limitarnos a recorrer algunos principios que son en parte el resultado de la reflexión ética elaborada recientemente.

El primer criterio nos dice que cada enfermo conserva siempre su dignidad mientras conserve la vida que le permite seguir entre nosotros. Por lo mismo, merece el máximo respeto y las mejores atenciones médicas, psicológicas, afectivas.

Imaginemos un enfermo que sufre mucho, que depende de complicados aparatos, que necesita la ayuda de calmantes que a veces lo privan de la plena conciencia, que debe recibir frecuentes transfusiones de sangre. Este enfermo no puede ser visto simplemente como “una cama ocupada” o como un “gasto excesivo” para el hospital. Debemos recordar siempre que estamos ante un ser humano que merece respeto y amor. Considerar que su vida vale menos porque no es productiva, o porque no puede realizar muchas actividades humanas, o porque depende de la ayuda de la ciencia médica y de tecnologías más o menos costosas, es caer en una mentalidad discriminatoria que ha provocado injusticias sumamente graves a lo largo de la historia humana.

El segundo criterio depende en parte del anterior: el enfermo ha de ser informado de su estado de salud y de las alternativas que la moderna medicina ofrece para atender la última etapa de su vida. Esta información debería incluir aquellas terapias experimentales que tal vez serían capaces de lograr un importante beneficio terapéutico, aunque no haya certeza sobre este punto. A partir de la información recibida, el enfermo debe ser escuchado y comprendido en sus deseos y aspiraciones, incluso cuando rechaza algún tratamiento que puede ser visto como excesivamente doloroso. Sin embargo, cuando el enfermo pide al equipo médico que realice algún acto que vaya contra la ética médica (como, por ejemplo, un suicidio asistido o un acto de eutanasia), tal petición no debe ser atendida, en cuanto contraria al respeto debido al mismo enfermo (necesitado, en esas ocasiones, de una especial ayuda espiritual y psicológica).

Son muchos los casos, especialmente cuando se pierde completamente la conciencia, en los que el enfermo no podrá manifestar su parecer. En tales casos, toca a los familiares determinar con los médicos el mejor tratamiento a seguir, siempre en vistas a lograr buenos resultados según el estado general del enfermo y los progresos actuales de la medicina.

El tercer criterio nos recuerda la obligación moral de omitir aquellos actos técnicos que llevan a prolongar la agonía innecesariamente o a aumentar los dolores del enfermo sin ningún beneficio para su salud. Es decir, hay que evitar cualquier tipo de “ensañamiento terapéutico”.

¿Cómo saber si este acto médico es excesivo, es ensañamiento? A través de la constatación de dos aspectos: primeramente, por su ineficacia (no produce la curación o no conduce a una mejora sustancial); en segundo lugar, por producir graves dolores para el paciente (algo recogido también en la doctrina católica, como podemos leer en la encíclica de Juan Pablo II Evangelium vitae, n. 65).

El cuarto criterio nos dice que deben ser aplicados en favor del enfermo todos aquellos tratamientos que puedan aliviar su dolor y hacer más llevadero el decurso de su enfermedad en la etapa final. Tales tratamientos necesitan ser valorados atentamente en función de los beneficios concretos que se espera produzcan en el enfermo terminal. En concreto, respecto a cualquier posible tratamiento, habría que considerar:

-De qué tipo de acto terapéutico se trata: uso de un calmante, una operación quirúrgica, etcétera.
-El grado de dificultad y riesgos que conlleva.
-Los gastos que supone (para el enfermo, para la familia, para la sociedad).
-Las posibilidades de su aplicación en esta situación concreta.
-El resultado esperado según las condiciones del enfermo, su estado de ánimo, sus fuerzas físicas, etcétera.

Junto a los tratamientos orientados a la curación y a la paliación del dolor (a través del uso de analgésicos y calmantes), existen una serie de atenciones que deben ser ofrecidas siempre, como la nutrición/hidratación, la atención del dolor y la higiene física. Omitir estos tratamientos implica abandonar al enfermo a su suerte y provocarle, por omisión, la muerte; es decir, esta omisión se convierte en un acto de eutanasia, en un homicidio.

Otra obligación del personal médico consiste en la prevención y tratamiento de eventuales llagas que puedan formarse si el enfermo está demasiado tiempo en la cama, etcétera.

En cambio, merece una valoración distinta, según cada caso, el uso de medios más complejos, como la diálisis, las transfusiones de sangre, la ventilación mecánica, el recurso a un pulmón artificial.
Por Fernando Pascual


Respecto al tratamiento del dolor, conviene recordar que el enfermo puede decidir, si es consciente, la renuncia en parte al mismo, sobre todo si quiere conservar la lucidez mental o si quiere dar algún sentido religioso o ético a su sufrimiento. Pero también puede pedir sin ningún remordimiento de conciencia una mayor atención a sus dolencias mediante el uso de analgésicos eficaces. Incluso los médicos pueden facilitar estas medicinas a pesar de que pueden reducir, indirectamente, la duración de la agonía. No pueden, sin embargo, dar una dosis excesiva de analgésicos con la intención explícita de provocar la muerte del enfermo.

Es oportuno añadir, al concluir estas reflexiones, que la medicina puede ayudar mucho al enfermo en su etapa final. Pero a pesar de los progresos técnicos, el dolor y la muerte serán siempre un misterio ante el cual todos sentimos una invitación a valorar con mayor conciencia la belleza de la vida, y a interrogarnos sobre su sentido y su significado más profundo. A la vez, no debería faltar nunca junto al enfermo el acompañamiento del afecto de los familiares y amigos, un acompañamiento que es capaz de producir en ocasiones un alivio mucho mayor que el que pueda ser resultado de un aumento de la dosis de calmantes.

Ninguna institución enseña lo que la familia puede enseñar

¿Nos hemos preguntado si las políticas de “perspectiva de género” se encaminan al logro de la ‘igualdad’ solamente o a la liberación de la mujer? ¿Desean liberarla de su intrínseco y natural sentido de maternidad y femineidad? ¿Por qué tanta discrepancia en cuanto a los nuevos programas en “educación sexual”?

Por Norma Mendoza Alexandry


¡Ninguna institución enseña lo que la familia puede enseñar! ¿Nos damos cuenta de la responsabilidad que esto implica? ¿Responsabilidad de quién?
La responsabilidad es obviamente de los adultos, en la familia, principalmente del padre y de la madre unidos en matrimonio, quienes acogen con y en el amor a los nuevos seres humanos a quienes han de criar.

Pero también había que pensar que si partimos del hecho internacionalmente reconocido de que la familia es la base de la sociedad, entonces deben intervenir todas las instituciones para su asistencia, protección, defensa y conservación en cuanto a las condiciones política, social, económica, etc. de la vida y de las familias.

La institución familiar es la que introduce al ser humano en el mundo de los valores, ya que cuenta con el invaluable recurso de los vínculos emocionales más profundos e interviene en el desenvolvimiento de la persona. La familia como institución requiere que se hagan posibles en todo momento el respeto a los derechos humanos, requiere ser reconocida como “capital social” de importancia primordial. Las políticas pro-familia que deben ser sumamente activas e incentivadas deben tener propuestas tanto sociales como económicas en el mercado laboral.

En cuanto a la asistencia social, no se trata solamente del llamado “welferism”, es decir, políticas sectoriales con fines politiqueros, sino efectivas políticas sociales que abarquen la protección del matrimonio de un hombre con una mujer y la protección de la infancia a través de la familia.

Es imprescindible, además, que la familia sea considerada como una verdadera empresa en crecimiento, de tal modo que sus integrantes sean estimulados: por ejemplo el reconocimiento del valor del trabajo de la mujer en el hogar.

La familia debe ser reconocida como pilar social en la comunidad de federaciones, pero además como garante de tradiciones, como patrimonio que sobrepasa los bienes materiales.

Para forjar un nuevo humanismo, para el logro de la disminución de la violencia, para contar con mejores ciudadanos se necesita de la familia, tal la persona - tal la familia - tal la sociedad.

La familia es insustituible para la formación de la persona como lugar de encuentro inter-generacional, es escuela de solidaridad y de evangelización.

Es la familia el hábitat natural para nacer, crecer y morir como personas. Hoy las ciencias del espíritu han sido acalladas, muchas de las características de la sociedad no son favorables a la familia. Al progreso social se ha impuesto la materialización, es decir, tener más y más; consumismo, masificación de la sociedad y por tanto, despersonalización. Se hacen a un lado muchísimos estudios sociológicos que demuestran que para cada persona la familia es la más valorada en el conjunto de la sociedad. Se nos impone un lenguaje que contrapone a la familia y al mismo tiempo hay inexistencia de suficientes políticas de Estado, lo que causa la inhibición social de las familias.

¿Nos hemos preguntado si las políticas de “perspectiva de género” se encaminan al logro de la ‘igualdad’ solamente o a la liberación de la mujer? ¿Desean liberarla de su intrínseco y natural sentido de maternidad y femineidad? ¿Por qué tanta discrepancia en cuanto a los nuevos programas en “educación sexual”?

La mujer, es verdad, tiene derecho a obtener en igualdad de circunstancias, un trabajo y salario equivalente al del varón y también a lograr sus ambiciones de éxito profesional, pero ¿cuántas de ellas hacen a un lado la idea de querer ser madres?

Muchas de ellas solteras después de los treinta y tantos, se cuestionan si pueden ser fértiles y si su prioridad de llegar al tope máximo de sus carreras valió la pena. Quizá también se pregunten por qué el plan educativo que les presentó la escuela fue únicamente con un cariz varonil en ‘igualdad’ de circunstancias, siendo que la mujer tiene sus propias características y ni en el mundo laboral se reconocen sus diferencias.

Quizá entonces dirán similarmente a una reconocida feminista en su madurez -Betty Friedan- quien estuvo al frente de la llamada “revolución feminista” : “Fue emocionante al principio incursionar en campos adonde la mujer no había llegado hasta entonces. Hoy es sólo un trabajo. Pero la devastadora soledad es peor. ¡Debe haber una mejor manera de vivir!”.

Redescubrir la importancia de la familia, fin importante que incluye: la educación de los hijos, la igualdad del reconocimiento laboral (público y privado) del hombre y de la mujer; acceso a la vida social incluyendo el concepto de que la igualdad significa la posibilidad de incorporación a las formas de vida existentes pero considerando que la igualdad, para realizarse, implica un cambio social más profundo relacionado con los valores, y por tanto: garantizar un entorno social-humanitario familiar de alcance multiplicador en todos sentidos: económico (vivienda digna, servicios); educativo integral (considerando las dimensiones de la persona humana); cultural (cívico, de convivencia y respeto hacia los demás); familiar (cooperación continua con padres de familia); servicios (no con finalidad individual sino familiar); política global, que tenga como eje a la familia como sujeto social.

“Debemos transitar de la sociedad del bienestar, al bienestar de la sociedad”, escribía el profesor Xavier Escrivá.

Fácil es decirlo, pero sobrevienen una serie de retos, entre ellos:

1.Fortalecer a la familia en su desarrollo humano y social.
2.Fortalecer a la familia en mayor autonomía para el desarrollo de sus funciones: ética de la sexualidad, trasmisión de la vida, cohesión intergeneracional, mediación de conflictos, educación y formación.

Profundizar en el significado de la ‘igualdad’ entre hombre y mujer implica necesariamente el reconocimiento de la ‘diferencia’, pero también en su ‘complementariedad’.

Tras la dicotomía igualdad/diferencia, hemos de aproximarnos a superar las imposiciones radicales feministas internacionales, superar las deficiencias del Estado liberal y del Estado de bienestar y revisar en qué medida éstos responden a que dichos modelos no han resuelto el problema de un auténtico sustento y patrocinio de la institución familiar.

Droga para uso personal, ¿despenalizarla?

¿Cómo afrontar el hecho de que muchas personas tengan consigo droga para uso personal? El estado, ¿tiene la obligación de castigar a quienes poseen pequeñas cantidades de droga? ¿No debería más bien perseguir sólo a los traficantes y dejar tranquilos a los consumidores particulares, muchos de ellos víctimas de la drogadicción?

Por Fernando Pascual


¿Cómo afrontar el hecho de que muchas personas tengan consigo droga para uso personal? El estado, ¿tiene la obligación de castigar a quienes poseen pequeñas cantidades de droga? ¿No debería más bien perseguir sólo a los traficantes y dejar tranquilos a los consumidores particulares, muchos de ellos víctimas de la drogadicción?

La pregunta se repite en diversos contextos y exige una respuesta, pues según la misma los legisladores y los gobiernos, la policía y los jueces, podrán actuar de modo tempestivo y con la eficacia que se espera para el bien de las personas y de toda la sociedad.

Es oportuno evidenciar que la “droga en el bolsillo” no se reduce a la problemática que pueda tener el consumidor (ocasional o habitual, en sus momentos iniciales o ya sumergido en la dependencia), sino que involucra de modo más o menos directo a otras personas: al productor de droga, al traficante, a los que la venden como “mayoristas” o como minoristas, a los familiares del “consumidor”, a las estructuras sanitarias (que atienden a cientos, incluso miles, de adictos), a los educadores y amigos, a los compañeros de trabajo, etc.

Además, el tema “droga” toca muchas dimensiones, físicas, psíquicas, espirituales, familiares, escolares, sociales, culturales, económicas, políticas, etc. Por lo mismo, hablar sobre el consumo personal de drogas en su dimensión legal, dejando de lado los demás contextos, es siempre algo insuficiente y parcial, aunque resulta útil centrarse en el mismo para analizarlo en profundidad. En ocasiones será posible aludir a otras dimensiones del fenómeno, pero por motivos de brevedad concentraremos la atención en la relevancia jurídica que nace del hecho de tener droga para uso personal.

Partimos de una reflexión a la que se recurre al tocar esta temática. Sabemos que no todo lo éticamente incorrecto debería convertirse en algo punible por la ley. Al mismo tiempo, todo lo que sea o pueda llegar a ser peligroso para terceras personas, y en algunos casos también para uno mismo, es no sólo éticamente incorrecto, sino también algo que va contra la justicia y el orden social, por lo que las autoridades tienen la obligación de intervenir para impedir daños y para castigar a quienes promueven o ejecutan actuaciones de ese tipo.

Expliquemos más a fondo esta idea. Existen miles de comportamientos erróneos e inmorales sobre los que el estado no tiene que intervenir. Por ejemplo, si uno es egoísta y en casa escoge siempre la fruta más sabrosa y deja la peor a los demás, si no ayuda en las tareas familiares porque prefiere “navegar” en internet, si no hace los deberes universitarios, si grita al vecino porque tiene un perro que ladra mucho...

Esas y otras muchas situaciones parecidas tienen un peso social reducido, no dañan la justicia de modo relevante. Sería absurdo proponer intervenciones policiales y juicios en los tribunales (de por sí ya saturados, en muchos países, por todo tipo de querellas) para eliminar ese tipo de comportamientos. Nadie irá a un juzgado porque no visitó a un amigo enfermo, aunque éticamente es bueno no dejar solos a quienes necesitan más ayuda. Pedir que el estado intervenga en comportamientos de este estilo llevaría, además, a una inflación del poder público que llegaría a asfixiar casi por completo la legítima libertad de las personas y de los grupos sociales.

Otros comportamientos, en cambio, implican daños sociales de importancia, hieren derechos de otras personas, promueven el desorden, alimentan la delincuencia, socavan los cimientos en los que se construye la sociedad. Ante los mismos el estado tiene la obligación de intervenir con leyes concretas y con acciones “represivas”, en orden a impedir tales comportamientos y a castigar a quienes los ejecuten.

Apliquemos lo anterior a un tema concreto: la posesión de armas de fuego. ¿Es lícito adquirirlas libremente, conservarlas en el propio hogar, o incluso llevarlas consigo en la calle, en el trabajo, en lugares públicos?

En Estados Unidos, con ciertos límites, se ha dado una respuesta más bien afirmativa a algunas de estas preguntas. Los resultados, sin embargo, no son muy halagüeños. En otros lugares, la respuesta ha sido claramente negativa en la mayoría de los casos, para evitar situaciones de peligro. Los estados “prohibicionistas” tienen que combatir, desde luego, la posibilidad de un tráfico ilegal de armas, que se concreta allí donde exista una mayor “demanda” de posesión de tales armas.

Añadimos, porque es algo que algunos olvidan y que aplicaremos al tema de la droga, que el simple hecho de legalizar la posesión de ciertas armas de fuego no elimina el tráfico y la venta ilegales de las mismas. Existen muchos productos legalizados (un caso clásico es el del tabaco) sobre los que existe todo un mundo sumamente rentable de ventas clandestinas.

No faltan quienes argumentan que impedir por ley a la gente llevar su propia pistola por la calle va contra el derecho a la autodefensa o contra el derecho a poseer y usar un bien particular. Pero el legislador de muchos estados considera que llevar armas coloca a las personas en una situación de peligro, e interviene, por lo tanto, con medidas prohibitivas, aunque esta intervención sea vista, por algunos, como “liberticida”. En realidad, lo que se busca es garantizar el bien común y la convivencia pacífica entre las personas.

El criterio de fondo en este tipo de intervenciones legislativas y jurídicas es el siguiente: el estado no puede permitir que los individuos, amparados en presuntos derechos personales, tengan pertenencias o realicen comportamientos (inclusive a través del simple uso de la palabra: es delito en muchos lugares la apología del terrorismo o del racismo) que implican peligros potenciales o daños concretos a la salud, a la vida, a la fama y a otros derechos fundamentales de algunos seres humanos. Por lo mismo, allí donde un comportamiento o un objeto particular signifique un primer paso para el desorden social, para el daño (de relevancia) de otros (a veces, también, de un mismo), es plenamente lícito, incluso es un deber ineludible, intervenir de modo represivo, sea evitando las situaciones de peligro, sea castigando a quienes violan las leyes (en el caso de las armas, a través de la tenencia, producción y comercio de armas ilícitas).

Con la reflexión que acabamos de ofrecer podemos afrontar ahora el tema de la droga, y volvemos a las preguntas iniciales. ¿Es lícito que el estado establezca leyes prohibitivas y penalice el hecho de poseer droga para uso personal? ¿No sería mejor que las leyes permitiesen a las personas particulares llevar consigo “cantidades mínimas” de drogas (estupefacientes, psicotrópicos, etc.) para uso y consumo personal?

Para agilizar el desarrollo de las reflexiones, hablaré de “droga personal” para referirme a cantidades de droga en posesión de una persona que se supone sirven sólo para el propio uso y consumo.

El camino hacia la respuesta supone una reflexión atenta sobre la posible peligrosidad social del consumo de drogas. Ha quedado claro que el estado no interviene (no debería intervenir) en aquellas situaciones éticamente reprobables que no tengan relevancia social. ¿Es tan peligrosa la “droga personal” como para justificar una intervención “represiva” contra la misma?

Es oportuno poner ante nuestros ojos los distintas niveles del problema droga. Uno de ellos sería el nivel fisiológico: analizar los componentes de las diversas drogas y sus efectos en el organismo humano. Otro sería el nivel psicológico: estudiar los efectos de las drogas en el desarrollo o “involución” de la personalidad de quienes las consumen, especialmente cuando provocan dependencia psicológica (que puede o no estar acompañada de dependencia fisiológica). Otro sería el nivel social: evidenciar en qué sentido el consumo de drogas modifica las relaciones con los demás, enrarece las relaciones familiares y de otro tipo, llevando a situaciones de enorme daño para las distintas personas que están más o menos cerca de quien vive esclavo del mundo de la droga.

El nivel social incluye también la actividad económica que permite la adquisición de la “droga personal”, actividad que, en cuanto demanda, despierta en algunas personas interesadas y hábiles el deseo de corresponder a esa demanda con la “oferta” de drogas, obtenidas por caminos, en muchos países, ilegales, con lo que implica de fomento de la criminalidad organizada (narcotraficantes, grupos terroristas financiados a través de la droga, mafias de diverso tipo, etc.). Además, el consumidor de drogas, sobre todo si se encuentra en una fase de dependencia aguda (estado de drogadicción) puede incurrir en delitos más o menos graves para conseguir el dinero que necesita para seguir comprando drogas.

Distinguir los niveles ayuda, ciertamente, a clarificar las reflexiones y a discutir de modo ordenado. Pero en el ser humano esos niveles se dan relacionados: lo que ocurre en la propia sangre o en las neuronas lleva consigo consecuencias psicológicas y comportamentales, que repercuten en la vida social, etc. Al revés, una situación de tensión familiar o de desazón psicológica puede preparar a una persona a introducirse en el mundo de la droga o del abuso de bebidas alcohólicas, provocando así reacciones en cadena que pueden agravar y empeorar la situación.

Fijémonos ahora en el nivel fisiológico. Sabemos que un alimento normal, tomado en cantidades excesivas o según la situación particular en la que se encuentre una persona concreta, puede convertirse en fuente de enfermedades o incluso provocar la muerte. El diabético, por ejemplo, es consciente de que no debe tomar azúcar u otros alimentos. ¿Son las drogas sustancias que pueden ser vistas como alimentos o sustancias “normales” para la gente en general, y sólo peligrosas para algunas personas concretas?

No es fácil responder ante la gran variedad de drogas que existen y las que puedan aparecer en el futuro. Complexivamente podemos dar una respuesta negativa: las drogas provocan importantes alteraciones en el organismo, daños a corto o a largo plazo en el cerebro, estados de alteración más o menos graves en el comportamiento. Conllevan, además, el peligro de inducir a una creciente dependencia o al paso de drogas “menos peligrosas” a drogas más peligrosas. Añadimos aquí que la distinción entre “drogas blandas” y “drogas duras” ha sido puesta en discusión y se prefiere más bien clasificar las drogas según los efectos farmacológicos y psicológicos que cada sustancia produce en el organismo humano.

Por lo que respecta a las alteraciones psicológicas y comportamentales que produce la droga, vemos cómo en muchos casos son asimilables a las que produce el exceso de alcohol. Si reconocemos que el abuso de bebidas alcohólicas ya está ampliamente penalizado en muchos lugares del mundo precisamente por la peligrosidad social que se genera a causa de las borracheras, entonces es fácil concluir que la “droga personal”, en cuanto sustancia peligrosa, exige una intervención penal en vistas a apartar a las personas de su consumo y a evitar los daños sociales que se siguen del mismo.

Desde luego, la penalización del consumo de droga implica automáticamente la prohibición de su venta, de su comercialización y de su producción, siempre que tales actividades estén orientadas a abastecer el mercado de la “droga personal”. No se excluye, lo cual toca decidir a las autoridades después de haber escuchado a los expertos en medicina, el que algunas drogas concretas puedan ser usadas (producidas, comercializadas) como sustancias farmacéuticas y con un estricto control médico y social, para evitar el que lleguen a ser vendidas con otros fines.

Respecto a la posibilidad de que algunas drogas pudieran ser vendidas legalmente en el mercado, la situación mundial nos muestra un claro predominio de la posición prohibicionista: numerosos países del mundo consideran ilegal y persiguen la producción, la importación, la venta de drogas.

Diversas conferencias internacionales han llegado a conclusiones y acuerdos claramente prohibicionistas. Podríamos evocar la que tuvo lugar en Shanghai (1909) contra el opio, sobre la que hablaremos en seguida. Otras conferencias sucesivas han confirmado la misma línea de acción. Podemos recordar las dos más recientes: los acuerdos de la Asamblea general de las Naciones Unidas de 1998, que aspiraban, de un modo idealístico, a conseguir un mundo sin drogas en el siguiente decenio; y los de Viena de marzo de 2009, claramente orientados en clave prohibicionista.

No faltan, sin embargo, propuestas y leyes a nivel de estados concretos o incluso a nivel internacional a favor de la legalización o despenalización de la “droga personal”, incluso manteniendo un marco político general “prohibicionista” respecto de la producción y tráfico de drogas.

Los argumentos que se dan a favor de estas propuestas son diversos. El primero simplemente dice que las leyes prohibicionistas en este ámbito no han solucionado nada, y que cada día son más las personas que usan la droga, sea como consumidores ocasionales, sea como drogadictos, con las consecuencias dramáticas que produce la dependencia en cada persona que incurre en esta situación (para algunos, equivalente a pleno título a una enfermedad).

Este argumento valdría si ofreciese datos concretos. La realidad, sin embargo, es bastante compleja. Hay países en los que ha disminuido el consumo de ciertas drogas, ha aumentado el de otras, etc. En Italia, por ejemplo, el número de muertes por uso de drogas llegó a ser de 1566 en el año 1996, y bajó a 516 en 2002. Si se comparan estas cifras con las cantidades de drogas secuestradas por la policía, que en 1996 retiró del mercado 1270 kilos de heroína, y 2584 kilos en 2002, se comprende que a mayor acción represiva se obtiene una menor cantidad de víctimas de la droga (cf. http://www.iss.it/ofad/docu/cont.php?id=84&lang=1&tipo=8).

Además, la historia demuestra de modo claro que la legalización de la droga ha llevado a efectos desastrosos. Bastaría con evocar la situación que se vivía en China a inicios del siglo XX, a causa de leyes por las cuales el opio podía ser comercializado y vendido con un amplio espacio de libertad en el territorio chino, leyes impuestas, en buena parte, por intervención (incluso militar) de Gran Bretaña y de algunos de sus aliados.

Se llegó, en esa época, a un consumo masivo de la droga en China y a una producción mundial de 40 mil toneladas anuales. Desde la Conferencia de Shanghai (1909) se pusieron en marcha acuerdos y leyes prohibicionistas, que lograron excelentes resultados. Actualmente (un dato de 2007) la producción mundial de opio es “sólo” de 10 mil toneladas anuales (con una población mundial muy superior a la que había hace 100 años). Es decir, el prohibicionismo redujo el consumo y, consiguientemente, redujo grandemente la producción y el tráfico de opio, que ahora se produce en su mayor parte (un 95 %) en Afganistán (un país que vive una grave situación de inestabilidad política y militar).

En otros lugares ha habido legislaciones a favor de no penalizar (o liberalizar) el consumo de algunas drogas en lugares específicos. Un caso famoso es el de Holanda, que permite desde hace décadas la venta de marihuana y hachís en lugares concretos (los “coffeeshops”), pero sin llegar a una legalización abierta de estos productos (el consumo de los mismos en la calle puede ser sancionado con multa), y en donde cada vez hay más voces que piden un cambio de estrategia hacia un prohibicionismo más duro. Otro caso es el de Suecia: se permitió el consumo de ciertas drogas en los años 60 del siglo XX, pero luego se cambió la política y se volvió a penalizar el consumo de drogas, a través de la obligación de participar en programas de rehabilitación para drogadictos.

Otro argumento que se usa para legalizar/despenalizar la “droga personal” se coloca en un planteamiento de tipo práctico o eficientista: las autoridades deberían concentrar su atención en los traficantes de droga y en los productores, y no dispersar energías persiguiendo o castigando a los consumidores, muchos de los cuales son víctimas, seres enfermos, que no pueden prescindir del uso de la droga.

Este planteamiento corre el peligro de no dar su peso a la relación que existe entre oferta y demanda, a la que ya aludimos antes. Si existe una alta demanda de droga, habrá siempre quien se esfuerce por aumentar la oferta y facilitar así a los consumidores aquello que desean. Una vez que se incrementa la costumbre de consumir sustancias tan peligrosas y adictivas como las drogas es inevitable la caída en la dependencia, con toda la serie de males que conlleva, y la demanda se dispara, para beneficio del mundo subterráneo, y muy poderoso, del narcotráfico y de la criminalidad organizada.

Al tocar este tema no falta quien evoca la experiencia prohibicionista (la “ley seca”) contra las bebidas alcohólicas en Estados Unidos en la primera mitad del siglo XX. Luchar contra la demanda a través de la ilegalización de la oferta resultó claramente ineficaz, porque la demanda “alimentó” y fomentó el que la producción y ventas de bebidas alcohólicas pasase de la legalidad a la clandestinidad.

Para responder a esta “objeción”, conviene señalar, ante todo, que una costumbre sumamente arraigada en la vida social no puede eliminarse de modo rápido y efectivo con unas leyes, aunque nazcan de muy buenas intenciones.

Al prohibir la venta de bebidas alcohólicas, no se eliminó de golpe la demanda, apoyada en la costumbre. Para atenderla, el mundo de la delincuencia, que ya existía cuando muchas bebidas alcohólicas eran legales, encontró una ocasión única para incrementar enormemente sus ganancias a través del tráfico ilegal de bebidas alcohólicas. Pero hay que recordar que los delincuentes no “perdieron su trabajo” cuando en Estados Unidos se permitió de nuevo la venta de bebidas alcohólicas. Continuaron en parte el tráfico ilegal de algunas de esas bebidas, y orientaron sus energías criminales a otros sectores (drogas, prostitución, etc.) más “rentables”. Creer que legalizar la droga es quitar fuerza a las mafias que la controlan es una utopía que desconoce la malicia de los criminales.

Hay que añadir otro aspecto que va contra la analogía de quienes comparar la prohibición de las “drogas personales” con la “ley seca”. Algunas bebidas alcohólicas pueden ser consumidas de modo moderado y según una sana disciplina, mientras que la mayoría de las drogas actúan sobre el cuerpo humano y sobre la psicología de un modo mucho más peligroso que lo que pueda hacer un uso adecuado de vino o de cerveza.

Además, el consumo “legal” de bebidas alcohólicas está sujeto en muchos lugares del mundo a restricciones y a medidas penales. Por ejemplo, hay países que prohíben la venta de tales bebidas en determinados locales, a partir de cierta hora de la noche, para los menores de edad, etc. En general, está terminantemente prohibido tomar el volante de un coche o de otro medio de transporte con un determinado nivel de alcohol en la sangre, y se imponen penas severas a los infractores. Si existe multas, e incluso cárcel, a quien conduce un coche en estado de embriaguez, ¿no resultaría paradójico permitir que los conductores pudieran tener a la mano y consumir drogas potencialmente más peligrosas que ciertos niveles de abuso de bebidas alcohólicas?

No nos dejemos engañar: ciertos usos del alcohol (y del tabaco, de un modo semejante en algunos aspectos) están fuertemente “controlados”, incluso penalizados, por numerosas leyes, en cuanto sustancias que pueden provocar daños a otras personas. Es cierto que un consumo moderado de estas sustancias puede no resultar peligroso para los demás, aunque a veces provoque daños en el consumidor. Pero aquí entramos en el punto sobre el que reflexionamos al inicio: el estado no prohíbe todo lo que sea éticamente incorrecto, sino sólo aquellos comportamientos que provocan situaciones de peligro o daños directos a otras personas o de cierta gravedad para uno mismo. El abuso de alcohol es uno de esos comportamientos que puede ser (y que ya es) penalizado por la ley. ¿No vale lo mismo para la “droga personal”?

Por todo lo expuesto, creemos posible dar respuesta a la pregunta inicial: ¿el estado tiene obligación de castigar a quienes poseen pequeñas cantidades de droga? Sí, porque la “droga personal” no sólo provoca graves daños personales, a nivel fisiológico y comportamental, sino que lleva a graves daños sociales, en dos niveles. Un nivel de daños surge desde la misma alteración fisiológica y psíquica: quien consume drogas llega con facilidad a situaciones de semi-inconsciencia o de euforia que afectan, incluso gravemente, a otras personas. Otro nivel nace del simple hecho que consumir droga sólo es posible después de haber comprado droga (una sustancia ilegal); es decir, la compra de drogas alimenta y sostiene el mundo de la delincuencia, una delincuencia sumamente peligrosa, como se está demostrando en la existencia de mafias y de grupos terroristas alimentados con el tráfico de drogas, y que han alcanzado un poder económico tan elevado que puede poner en peligro la vida y la estabilidad de algunos estados del planeta.

Bastaría este segundo nivel (sin dejar de lado el primero) para prohibir la “droga personal”. Porque una persona llega a conseguir un producto ilegal si lo ha comprado (directamente o a través de otros) en el mundo de la delincuencia y la ilegalidad, en el reino del poder del narcotráfico. Este simple motivo, sin desconocer todos los daños personales y sociales que genera la drogadicción, y sin dejar de lado los enormes costos sanitarios que suponen para la administración pública el tener que crear y mantener estructuras para atender a los drogadictos, bastaría para considerar necesario la intervención punitiva contra quienes colaboran con la criminalidad al adquirir “droga personal”.

Por lo mismo, la lucha contra la droga, contra quienes hacen negocio desde la venta de sustancias destinadas a destruir física o psíquicamente a las personas (es decir, desde la venta de auténticos venenos), sin olvidar los enormes perjuicios y las situaciones dramáticas que viven los familiares de los drogadictos, no puede dejar de lado una justa intervención del estado contra la demanda, que incluye penalizar a quienes tienen “droga personal”.

Luchar contra la droga en su punto de partida, la demanda, es necesario añadirlo, no implica limitarse a medidas penales contra los consumidores, muchos de los cuales compran droga desde una situación de enfermedad. El drogadicto ha de ser visto, siempre, como persona, con toda su dignidad, y como enfermo, en el cuerpo y en el alma. Es por ello que la pena que se imponga a quienes tengan “droga personal” ha de adecuarse a las distintas situaciones, y no debe ser nunca motivo para impedir un buen tratamiento sanitario y/o psicológico, sin excluir la dimensión espiritual, que tanto ayuda a muchas personas para salir del túnel de las dependencias.

Por lo mismo, las medidas represivas deben ser una parte importante, útil ciertamente, sobre todo contra los productores y vendedores de droga, pero también contra los consumidores, en la lucha contra esta plaga. Pero deben estar acompañada por campañas de prevención, especialmente respecto de los más jóvenes y vulnerables, y de una justa atención a quien vive como enfermo a causa de su condición de drogadicto. Sobre esto habría mucho que añadir, pero lo dejamos por razón de brevedad.

Hay un punto ulterior que merece ser aclarado: el hecho de que existan países en los que se mezclan de algún modo castigos y tratamientos médicos. Existen leyes, por ejemplo en Italia, que penalizan de diversos modos la posesión de “droga personal”, pero que permiten eludir los castigos penales si el “delincuente” acepta acudir a un centro de rehabilitación para toxicodependientes. Este tipo de medidas arranca de una buena intención pero corre el riesgo de hacer ver el tratamiento como una especie de castigo (o un sucedáneo del mismo). En realidad, conviene distinguir bien los dos niveles de intervención, pues, como ya hemos dicho, el drogadicto merece siempre ser tratado como enfermo, y nunca debe ser privado de los tratamientos que necesita si por delitos graves (robos, etc.) va a la cárcel. Igualmente, ofrecer el tratamiento como “alternativa” al castigo puede hacer ver el mismo tratamiento como castigo, provocando en muchas personas una actitud de rechazo hacia el mismo. Sobre estas últimas reflexiones, son de gran interés las ideas ofrecidas por Vittorino Andreoli, un famoso psiquiatra italiano, en su obra Carissimo amico. Lettera sulla droga (Rizzoli, Milano 2009).

En conclusión, ¿hay que despenalizar la droga para uso personal? No. Lo que sí es urgente es promover una sociedad con valores y principios claros, que permita a jóvenes y adultos vivir sanamente, y que les aparte de las redes de las dependencias (droga, alcohol, prostitución, etc.) que provocan enormes daños individuales y sociales, y que alimentan un mundo de delincuencia que no puede coexistir con un estado sano.

Prohibir la “droga personal” es sólo un aspecto, importante ciertamente, de la lucha contra la droga. Saber integrarlo con otras acciones, según una visión equilibrada sobre lo que significa la vida humana y sobre las virtudes que llevan a un desarrollo integral de la propia personalidad, es uno de los grandes retos que deben asumir todos los que, de cualquier forma, intervienen en la tarea educativa: la familia, la escuela, los grupos parroquiales y religiosos, las asociaciones privadas, la empresa y los sindicatos, las administraciones públicas (municipios, regiones, estados). Lo merecen las nuevas generaciones y los adultos, y lo agradeceremos todos. Sólo así será posible avanzar hacia lo que en 1998, y quizá, por desgracia todavía hoy, parecía una utopía, pero no lo es: conseguir un mundo sin drogas.

Con Obama, ¿qué vendrá después?

¿Cómo es posible que después de su discurso inicial como Presidente de los Estados Unidos, en pro de rescatar los valores, Obama se pronuncie a favor de la extinción de lo nonatos y la manipulación genética de embriones?

Por Carolina Garza de López


En su toma de posesión como presidente de los Estados Unidos, Barack Obama proclamó y resaltó una idea que hizo eco alrededor del planeta.

Más allá de un discurso centrado en el orden económico, Obama hizo énfasis en la crisis de valores que llevó a su país a violar incluso los derechos humanos que tanto se enorgullecían de defender.

Los valores de los que depende el éxito, afirmó Obama en Washington, son viejos pero “son verdaderos”: “…sepan ustedes que América es la amiga de cada nación y cada hombre, mujer y niño que persigue un futuro de paz y dignidad”, declaró.

Sin embargo, a los tres días de aquel elocuente discurso, el Presidente dio marcha atrás. Sus acciones lo dijeron todo: América ya no es amiga de todos los niños, ni defiende la dignidad de todos ellos. Esto lo expresó sin palabras al momento de revocar la prohibición de destinar fondos federales a las organizaciones que promueven el aborto en países en vías de desarrollo. También lo hizo al aprobar la investigación y manipulación de células embrionarias.

Aunque parezca mentira, la decisión de revocar la conocida como “Política Ciudad de México”, que puso en marcha el ex presidente George Bush hace ocho años, se hizo pública el tercer día de mandato del nuevo presidente.

Cabe recordar que el cardenal Francis George, arzobispo de Chicago y presidente de la Conferencia Episcopal de Estados Unidos, había escrito a Obama antes de la inauguración de su mandato, pidiéndole que mantuviera la política de su antecesor ante el aborto.

Es por eso que cientos de personas defensoras de la vida de los no nacidos hoy nos preguntamos: ¿cómo es posible que después de su discurso inicial como Presidente de los Estados Unidos, en pro de rescatar los valores, Obama se pronuncie a favor de la extinción de lo nonatos y la manipulación genética de embriones?

Hay analistas convencidos que las políticas antivida y antifamilia de los demócratas, pesaron más en el nuevo presidente estadounidense que los supuestos principios y convicciones que manifestó tener y defender durante su campaña y en su toma de posesión.

Además de eso, hay algo más: Barack Hussein Obama también olvida de pronto seguir el pensamiento de Abraham Lincoln, el ex presidente de quien se dice ferviente admirador al grado de haber hecho el juramento presidencial sobre su Biblia.

Sería bueno recordarle a Obama que una de las virtudes más destacadas de Lincoln fue precisamente su compasión hacia los más desprotegidos, en especial a los niños y a las viudas.

Cuentan sus biógrafos que Abraham Lincoln siempre se conmovió por el sufrimiento ajeno. “Lo comprendía y además lo compartía”. Así lo demuestran algunas de sus cartas, como aquella que escribió a una viuda de Boston, la señora Bixby, quien perdió a dos de sus hijos en el campo de batalla.

El escritor William Bennett, en uno de sus libros transcribe la carta enviada por Lincoln a la viuda, el 21 de noviembre de 1864. Y dice en uno de sus párrafos: “Sé cuán inane e infructuosa ha de parecer cualquier palabra mía que intente distraerla de su aflicción por una pérdida tan abrumadora, pero no puedo abstenerme de ofrecerle el consuelo… ruego al Padre Celestial pueda aplacar la angustia de su pérdida, y le deje sólo el afectuoso recuerdo de los seres queridos y perdidos, y el solemne orgullo que debe usted sentir al haber realizado un sacrificio tan costoso en el altar de la libertad”.

De ahí la incógnita: ¿y en dónde quedó la compasión del presidente actual de los Estados Unidos hacia los más débiles y desprotegidos? ¿Si esto les hace a los nonatos que hará con los ancianos o los inmigrantes ilegales?

El caso es que sólo han pasado meses desde que Obama asumió la presidencia de su país, y las expectativas sobre su llegada a la Casa Blanca, en cuanto a las políticas a favor de la vida, ya no son alentadoras sino todo lo contrario.

Cuesta trabajo creer que sólo bastaron unos días para que el Presidente demócrata echara por la borda su discurso sobre valores y derechos humanos.

Me pregunto: si abolir la restricción de otorgar fondos económicos a entidades extranjeras que promueven el aborto, y la autorización de destruir embriones para su investigación, son uno de los primeros actos de Obama, ¿qué vendrá después?

El periodista

El periodista tiene un compromiso con la sociedad. Cuando se olvida de ella y se adosa a otros intereses se corrompe.

Por Jorge Lobo Aragón


Se concibe el periodismo sólo como la posibilidad de poner por escrito la curiosidad por la vida. Allí, en las aulas, y en el camino de la vida recién se entiende lo que es el periodista; una vocación que empalmaba muy bien con el temperamento y afanes, porque sin duda alguna al periodista le mueve una pulsión batalladora, de lucha, de escrutinio, de cuestionamiento de por qué las cosas son así y no de otra manera.

El periodismo es una actividad vital, que necesita de energía y valentía, porque es búsqueda de lo que está desordenado, oscuro, oculto. Organiza la realidad para que otros la entiendan, saca a la luz lo que otros quieren que quede velado, celebra también la vida y sus logros, aunque de esto se ocupen ya muy pocos. Esta tarea no es fácil, sobre todo en nuestro país donde la miseria humana ha ganado tanto espacio en todas las instancias.

El periodista tiene un compromiso con la sociedad. Cuando se olvida de ella y se adosa a otros intereses se corrompe. Asumir este reto no es fácil para un periodista al que le bordean otros imperativos, no sólo de su propia actividad (la estresante rapidez de la publicación, la escasez de tiempo y recursos para investigar, entre otros) sino anexos a ella, como ganarle a la competencia o tener el mejor rating o ventas, ventajas que al periodista le darán crédito o prestigio como buen profesional que sabe su oficio. A ello se suma para el desánimo: los sueldos a ras de suelo y las inacabables jornadas de trabajo.

A pesar de todo lo dicho, en nuestro país y en estos momentos, el periodismo es una de las actividades profesionales más apreciadas por cualesquiera. La razón es muy simple, el periodismo es distinguido con una importante credibilidad ante los públicos, y la sociedad toda.

También debemos entender que como el que suscribe esta nota hay muchos "improvisados" que están en los medios de comunicación fungiendo de periodistas: sociólogos, psicólogos, economistas, abogados, ingenieros; profesionales -y caras bonitas- que tendrán su valor pero que sólo intuyen lo que es el periodismo, razón por la cual lo que para un periodista es claro, se vuelve borroso y difuso para ellos.

Pero lo triste y deleznable, son aquellos que reducen la actividad periodística a una mecánica de mercadeo: la información es un producto de oferta y demanda. Que vende lo espectacular, lo morboso, lo escandaloso, pues eso se oferta.

Otra razón de inestabilidad se produce a veces dentro de las propias empresas de medios, de parte de directivos, que dirigen no sólo el estado de cuentas de la empresa, sino que acartonan la información y la opinión de los periodistas, y solamente se sostienen por intereses políticos, económicos, de clase, y otros, que son los cernideros de todo lo que el periodista lleva a la sala de redacción.

Y, finalmente, está la actitud de algunos periodistas poco combativos para luchar por la verdad fáctica, que es conocimiento. Aquellos conformistas que sólo se convierten en meros vehículos de lleva y trae, sin que se mojen en un compromiso por esclarecer las situaciones, los grandes problemas, sobre las que el lector está desorientado.

El buen periodista es acucioso en la investigación de las fuentes, que son las que muchas veces le dan cebo de culebra para desorientarle y manejarle a su antojo. Sólo el conocimiento de la vida y el hombre nos vuelve zahoríes, a no ser que la necedad haya nacido con nosotros. Pero el periodista, sobre todo, será honesto con respecto a su propia percepción de la realidad. Él, que la vive y la palpa.

Son periodistas, el caldero de la profesión, otros, como el que escribe, tratando de mostrar su experiencia de vida y profesional, pero todos, creo yo, con la misma vocación para que la realidad se torne en mensajes útiles que le sirvan al ciudadano para mantenerse enterado de lo que le rodea, sobre todo de aquello que le incumbe para saber decidir en torno a su vida y a su comunidad.

Gracias señor periodista, por todo los que nos dan, y más que nada para aquellos que viven esa pasión inquietante por quitar los velos que ponen todos aquellos que maquiavélicamente nos quieren ocultar o disfrazar lo que es de nuestro interés.

Aborto, diálogos inútiles

En el año 1978 nuestro filósofo Julián Marías escribía: “me parece que la aceptación social del aborto es, sin excepción, lo más grave que ha acontecido en este siglo.” Más grave que la suma de todas las guerras, revoluciones y muertes habidas durante el siglo XX.

Por Alejo Fernández Pérez


Busco en Internet, en Google y en español la palabra “Aborto” y en 0,36 segundos aparecen hasta 9.000.000 de escritos, sin utilizar los nombres correspondientes a cada idioma. ¿Por qué este interés y esta pasión?

En el año 1978 nuestro filósofo Julián Marías escribía: “me parece que la aceptación social del aborto es, sin excepción, lo más grave que ha acontecido en este siglo.” Más grave que la suma de todas las guerras, revoluciones y muertes habidas durante el siglo XX.

Jamás en la historia de la humanidad ningún pueblo, civilización o raza ha fomentado o legislado a favor de los abortos. Siempre se ha considerado un crimen y como tal tratado. Por supuesto siempre ha existido, pero como existe el robo, el asesinato, el engaño, la prostitución y otras lacras sociales, combatidas en todos los casos por la sociedad y los gobiernos.

Sin embargo, desde hace pocos años, parece como si el mundo se hubiese vuelto loco. A lo bueno, se llama malo; y a lo malo, bueno. Los Diez Mandamientos, los Derechos Humanos, los frenos morales y toda moral se están tirando por la ventana.

Tras el paso de la Revolución Francesa, del comunismo y de sus primos hermanos: socialismo, progresismo y otros ismos; la filosofía de la Nueva Era y del relativismo moral se están imponiendo. Todo se explica y todo vale si de alguna forma nos favorece.

El aborto, antes tan denostado y perseguido, ahora es un “derecho de la mujer”, “una liberación”, el feto no es más que un tumor y el bebe un estorbo y fastidio para disfrutar de la vida.

Se castiga a quien, pudiendo, no evita que una persona se suicide o muera en un accidente; pero se premia a quienes los matan por miles en los vientres de sus madres.

Gobiernos satánicos se empeñan en ver blanco, lo negro. Y así, ningún diálogo es ni será posible.

El hombre sin Dios se convierte en Señor de la vida y de la muerte. La ONU, UNESCO, docenas de organizaciones no gubernamentales, multinacionales y sectas variadas pro-muerte; todos con mucho dinero fuerzan a las naciones necesitadas a legalizar el aborto libre, la eutanasia, las manipulaciones con embriones, y si no, ¡no hay dinero para ellas!

Un río de sangre clama al cielo y, sin embargo, hay quien se empeña en justificar lo injustificable. El aborto es un problema esencialmente antropológico, humano. Las religiones solo añaden una razón más, un mandamiento divino: no matarás, el primero y fundamental de todos los derechos.

Con los terroristas se acabó todo diálogo. ¿Y vamos a dialogar con los asesinos de los millones de bebés no nacidos anualmente? A estas alturas todo diálogo con los pro-muerte, todas las razones y argumentos son totalmente inútiles.

A ellos no les guía la razón sino un odio satánico al Dios de Israel y a su descendencia, los cristianos. Hacen falta algo más que diálogos y razones.

En democracia, la única solución sería que los pro-vida ganen las próximas elecciones; mientras tanto, solo nos queda rezar para que el diablo salga de los partidarios de la muerte, entre los cuales Satanás ha ganado una gran batalla: ha conseguido que no se hable de él, que parezca que no existe, para obrar sin temores

Padres, novios, amigos y maridos desinformados han sido embaucados por una masiva y brutal propaganda abortista, que los ha llevado a ellos y a ellas a ponerse en manos de médicos desaprensivos, que se han hecho millonarios; mientras tanto, las jóvenes que abortaron se enfrentan durante años a traumas y arrepentimientos inacabables.

No les habían hablado más que de la necesidad de abortar en nombre de la libertad, de la igualdad, de los derechos de la mujer, de la justicia, de la democracia, del bienestar físico y de mil “mandangas” más con las que intentan justificar el horror de la muerte de bebés a los que hay que destrozar, picar y tirar por los desagües para no pagar impuestos. En Internet, en YouTube, se encuentra docenas de videos tan repugnantes como impresionantes.

Todo esto ha sido posible porque, previamente, políticos, multinacionales farmacéuticas, industrias del condón y organizaciones interesadas han creado un ambiente propicio durante mucho tiempo. Han adormecido las conciencias con las drogas, el botellón, el sexo, el dinero, la tele, el todo vale y el ¿qué tiene esto de malo? Tiene de malo que la eterna raza de los fariseos de todos los colores, esa “raza de víboras” que vive de los pobres, los indefensos y los incultos no se conmueve por un muerto más o menos y viven de las matanzas de los inocentes.

Cuentan que algunas de las mujeres y participantes en los abortos se han despertado, sobresaltados, a media noche, ante una muchedumbre de cadáveres de bebés destrozados y en pié ante ellos. En la penumbra ,callados, miraban a sus asesinos.

No decían nada porque habían muerto antes de aprender a hablar. Durante unos segundos eternos, miraron a sus matadores y lentamente desaparecieron como habían llegado. ¿Por qué no se les advirtió que miles de familias están dispuestas a acoger a esos niños? ¿Por qué se las impulsó con rapidez a la muerte sin alternativas? ¿Sólo por dinero? Ante el aborto no hay más que una postura: ¡NO! ¡NUNCA! ¡JAMÁS!

El pastor perdido

¿Qué os parece, si cien ovejas tienen un pastor y un día se descarría…? Que un pastor abandone el redil de la Iglesia no puede convertirnos en jueces despiadados.

Por Fernando Morales


Más bien es el momento de apacentar ovejas, porque ese su pastor está desorientado. Porque este pastor suyo está desesperado al verse descubierto en su fracaso.

Fue el miedo y la pasión quienes lo han empujado a cubrir, con un error más grave, su pecado.

Dime, pastor, ¿desde cuándo no hablas con tu Amado, al que juraste amor eterno? ¿Desde hace cuánto sientes que aunque Él es tu Pastor aún te falta algo? ¿Y cuándo te pasaste de pastor a asalariado? «El asalariado, que no es pastor, a quien no pertenecen las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye» (Jn 10,12).

Si hoy las abandonas y vas a otro rebaño, ¿quizá no las amabas desde antaño? Ya hubo otro pastor, que al verse muy turbado, negó a aquel que le había entregado su cayado. Escucha tú también el canto de los gallos. (cf. Mt 26.74).

Regresa a tu redil, que te necesitamos. Que puedes también tú llorar tus grandes fallos y repetir el gesto junto al lago: «Señor, tú sabes todo, tú sabes que te amo» (Jn 21,17).

Porque el Pastor Eterno a ti te está buscando, ahora eres su oveja, perdida por los campos. ¿Es que no reconoces la voz del Buen Pastor? ¡Te llama por tu nombre! Y no descansará hasta que le permitas tomarte entre sus brazos. Y entonces volverá gritando alborozado: «alegraos conmigo, porque hemos encontrado a mi pastor querido, a mi cordero amado; aquel que estaba muerto, y ahora ya está sano; porque estaba perdido, y ahora ha sido hallado» (cf. Lc 15,6.32).

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