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De la Iglesia de Inglaterra a la Iglesia Universal

Fernando Morales


El pasado 20 de octubre la Santa Sede anunció el paso a la plena comunión con la Iglesia Católica de más de 20 obispos anglicanos, un buen número de pastores y una verdadera multitud de fieles de esta confesión cristiana. Estas líneas quieren ser un homenaje a todos los que han contribuido con su trabajo u oración a que esto sea una realidad.

Durante su vida terrena, Jesús fue formando la nueva “Familia de Dios”. Como un padre que tiene que hacer un viaje largo, antes de partir encomendó la casa a Pedro, el hermano mayor. Le dijo delante de todos: «A ti te daré las llaves» (Mt 16,19). Y llamándolo aparte le pidió: «Confirma a tus hermanos» (Lc 22,32). «Apacienta a mis ovejas» (Jn 21,15-17). Y por último suplicó: «que todos sean uno» (Jn 17,21).

Pero las dificultades no se hicieron esperar. «Se suscitó entre ellos una discusión sobre quién sería el mayor» (Lc 9,46). La familia es grande, y fácilmente hay diversidad de opiniones. Algunos exigían más reformas en la casa; a otros, en cambio, les parecieron demasiadas. Otras veces el hermano mayor no estuvo a la altura. Y la familia se dividió.

No basta tener la misma sangre para ser una familia. Hay que compartir los mismos principios y los mismos fines. Y mantener esto es imposible si nadie tiene la última palabra; si cada uno sigue su propio sentir.

Abandonando la casa, muchos se apartaron, llevando consigo algunas pertenencias, pero dejando atrás la casa paterna, y gran parte de la herencia. Algunos de ellos construyeron una casa hermosa en las cercanías y lograron llevar una vida tranquila, manteniendo las tradiciones familiares. Otros se alejaron sin siquiera llevar pan para el camino. Lejos de casa, perdieron el aire de familia, y cambiaron por completo su estilo de vida. En cualquier caso, desde entonces hay nostalgia tanto en quienes se fueron como en los que permanecimos. En la mesa, el pan no sabe igual si no lo comemos juntos.

Por eso oramos a diario unos y otros. No para que nuestros hermanos abandonen ahora el patrimonio que han conseguido con tantos esfuerzos, sino para que volvamos a compartirlo todo, y formemos de nuevo una gran familia.

Así se entiende por qué el hermano mayor sigue buscando la reconciliación. Tal vez lo llamarán oportunista por abrir las puertas de casa y por llamar a la puerta de sus hermanos, pero lo hace porque pesan sobre él las palabras: «a quien mucho se le confió, más se le pedirá» (Lc 13,48).

El momento del reencuentro no es momento de reproches. ¿Qué culpa tienen de estar lejos quienes nacieron ya bajo otro techo? Aquí no hay vencedores ni vencidos. Sólo hay alegría y perdón mutuo. Hoy volvemos a encontrar a muchos hermanos nuestros después de una larga separación, y estamos de fiesta. Volveremos a cenar en una misma mesa.

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