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La verdad sobre la tumba de san Pedro

Laureano López
Cortesía de Ecclesia, revista de cultura católica


¡San Pedro está aquí! Para muchos peregrinos devotos que visitan la Basílica de San Pedro en Roma, esta es su primera impresión. El corazón de la Iglesia católica está cimentado realmente sobre los restos del Príncipe de los Apóstoles.

La muerte, la sepultura y la construcción de la Basílica de San Pedro

La tradición cristiana refiere que san Pedro, al final de su vida, estuvo en Roma y murió mártir alrededor del año 64. Fue hecho prisionero durante la persecución de Nerón a los cristianos. El Apóstol fue llevado al Circo de Nerón (inaugurado por Calígula en el año 37) y murió crucificado boca abajo, pues no se consideraba digno de morir igual que su Maestro. Esta imagen del Primer Apóstol ha sido reproducida en toda la iconografía cristiana posterior.

Después de su muerte fue enterrado en la Necrópolis que se encontraba muy cerca del Circo en la colina Vaticana. Pedro fue enterrado en el suelo. Los cristianos que vivieron estos acontecimientos sabían dónde lo habían enterrado. Después, cuando se abandonó el circo de Nerón, allanaron el terreno que estaba situado entre mausoleos paganos y construyeron una memoria funeraria llamada Trofeo. Este Trofeo se conoce con el nombre de “Trofeo de Gayo” porque Eusebio de Cesarea alude a un texto en el cual el presbítero Gayo habla de un “Trofeo” que se había construido para el apóstol san Pedro. Al parecer, esta memoria funeraria se construyó entre los años 198 y 217.

Los restos de san Pedro fueron exhumados de la tumba en el suelo y fueron colocados en el Trofeo construido en un pequeño nicho de una pared o muro rojo llamado “Muro G”.

Alrededor del año 324 el emperador Constantino, respaldado por el Papa Silvestre I, inicia la construcción de una basílica en honor del Príncipe de los Apóstoles. Para construir esta Basílica fueron derruidas muchas tumbas de la antigua Necrópolis.

El lugar donde se encontraban los restos del san Pedro fue cerrado mediante la construcción de una caja de mármol, que actualmente se llama Memoria o Confesión (Basándose en el significado griego, el término mártir quería decir testigo. Pedro dio testimonio de su fe en Cristo hasta la muerte. Según el significado latino, el vocablo mártir podía significar también confesor o aquel que proclama. De aquí que esta caja de mármol reciba el nombre de Confesión). Alrededor de este mármol se construyó un presbiterio, debido a que era muy alto para poderlo usarlo como altar. Este altar quedará en el centro del transepto de la nueva basílica.

Durante el período del Renacimiento comienzan los proyectos para mejorar la antigua Basílica Constantiniana. El proceso de construcción de la nueva Basílica tardó cerca de 120 años. Los trabajos iniciaron en el 1506 cuando el Papa Julio II puso la primera piedra, abarcaron los pontificados de casi 18 papas e involucraron a grandes artistas como Donato Bramante, Raffaello Sanzio, Baldassare Peruzzi, Antonio da Sangallo, Michelangelo Buonarroti, Giacomo Della Porta, Carlo Maderno y Gian Lorenzo Bernini.

El 8 de noviembre de 1626 el Papa Urbano VIII consagró la nueva Basílica de San Pedro, erigida sobre la original Constantiniana, que a su vez estaba construida sobre el sepulcro de san Pedro.

En la Basílica actual debajo del baldaquino de Bernini se encuentra el altar papal de Clemente VIII (1594), apoyado en uno precedente de Calixto II (1123), dentro del cual se encuentra otro de Gregorio Magno (590-604), y este último está posado sobre la Memoria de Constantino que comprende el primer monumento de Pedro.

Durante los trabajos en la nueva Basílica debían ser respetadas 3 peticiones importantes:

El lugar de la tumba apostólica no debería ser mínimamente movido

b) El altar de Calixto II que englobaba el de Gregorio Magno debía permanecer en el mismo lugar.

c) La planta de construcción de la nueva Basílica debía de adecuarse a la orientación de la Basílica Constantiniana.

Las estructuras fueron demolidas y en 1506 Donato Bramante construye 4 columnas para sostener la enorme cúpula que estaba considerada en el proyecto. Al morir Bramante, Antonio de Sangallo en 1520 ve que las columnas son demasiado altas así que elevó el nuevo piso de la basílica 3,20 metros y el espacio fue llenado con cascajo producido por la demolición de la antigua basílica.

De las obras de relleno por esta elevación únicamente se protegió el tramo más cercano al área de la Memoria Petrina y de la Confesión. Durante las excavaciones arqueológicas a este pequeño rectángulo de unos 8 metros por 4 metros se le denominó el “Campo P”. Así se creó una especie de basílica subterránea conocida ahora como las criptas vaticanas.

2. Las excavaciones y el descubrimiento de la tumba de San Pedro

Tras la muerte del Papa Pío XI, acaecida en febrero de 1939, por iniciativa de Mons. Ludwig Kaas se decidió iniciar un proyecto de mantenimiento de las criptas subterráneas vaticanas para poder deponer los restos del difunto pontífice.

Con el inicio de los trabajos saltaron a la luz los primeros restos arqueológicos. Estos últimos llevaron al Papa Pío XII a apoyar una excavación más detallada que duraría desde 1940 hasta 1950. Al final de la misma, el Papa comunicó mediante un mensaje de radio los resultados obtenidos de los trabajos, que serían posteriormente publicados por escrito (La relación de la excavación quedó contenida en la siguiente obra: B.M. APOLLONJ GHETTI – A. FERRUA S.I. – E. JOSI – E. KIRSCHBAUM S.I., Esplorazioni sotto la Confessione di San Pietro in Vaticano eseguite negli anni 1940-1950, con prefazione di Monsignor Ludwig Kaas e apendice numismatica di C. SERAGINI, Libreria Editrice Vaticana, Città del Vaticano 1951).

Las excavaciones que se realizaron en 1940 fueron hechas de un modo atípico. Los excavadores, sin poner mucho cuidado, querían llegar cuanto antes al sitio donde la tradición refería que estaban los restos del Príncipe de los Apóstoles. Por un descuido en la forma de excavar, al llegar al lugar donde se encontraba el Muro “G”, se desprendieron pedazos del muro al interno y produjeron una serie de escombros entre los cuales se encontraron unos huesos.

Los huesos, que no se sabían a quién pertenecían, fueron trasladados en una pequeña caja a otro lugar y allí permanecieron desapercibidos por casi 10 años.

En el suelo se encontró una pequeña tapa que correspondía al lugar en el suelo donde fue enterrado san Pedro después de su martirio, pero debajo de ésta sólo se encontró la tierra removida. También se encontró una inscripción con la leyenda Petrus eni, Pedro está dentro.

Las investigaciones arqueológicas todavía no se habían concluido. En una segunda fase de excavaciones intervino la estudiosa Margherita Guarducci, que era profesora de epigrafía y enseñaba en la Universidad de Roma. Desde el año 1952 hasta el año de 1965 desarrolló sus investigaciones en la tumba de san Pedro.

Uno de los primeros problemas sobre el que se interesó la Prof. Guarducci era la ausencia del nombre del apóstol Pedro en el conjunto de las inscripciones en el “Muro G”, donde se creía se habían depuesto los restos de Pedro. Estas inscripciones en parte ya habían sido estudiadas previamente por el estudioso jesuita Ferrua durante las excavaciones previas. Así que el trabajo para descifrar las inscripciones del muro fue bastante laborioso, lento y en no pocas ocasiones difícil (la Prof. Guarducci dejó constancia de sus primeros acercamientos científicos en el “Muro G” en una publicación titulada: M. GUARDUCCI, Pietro Ritrovato. Il martirio. Le tombe. Le reliquie, Milano 1969).

El muro estaba lleno de antiguas inscripciones plasmadas antes de Constantino, pues fueron incluidas dentro de la Memoria o Confesión. Estos epígrafes probablemente eran signos que indicaban la gran afluencia de creyentes, fieles devotos de san Pedro que mediante las incisiones manifestaban su adhesión al Príncipe de los Apóstoles. La dificultad para lograr leerlos consistía en que estaban grabados utilizando una cierta criptografía mística, que necesitaba una hermenéutica particular para poder descifrarlos.

Como explica Margherita Guarducci, esta criptografía mística jugaba con las letras del alfabeto y expresaban varias veces el nombre de Pedro (Los resultados de los estudios hermenéuticos de las inscripciones quedaron registrados en 3 amplios volúmenes de la obra: M. GUARDUCCI, I graffiti sotto la Confesione di San Pietro in Vaticano, Libreria Editrice Vaticana, Città del Vaticano, 1958). El nombre del Apóstol se encontraba expresado meditante abreviaciones de su nombre: “Pet”. También se hallaba descrito usando algunas formas monosilábicas “Pe” o simplemente con la letra “P”.

Las inscripciones estaban por manifestar un resultado aún más extraordinario. Los signos no eran sólo alusiones al nombre de Pedro sino que resaltaban toda una especie de espiritualidad cristiana. El nombre del Apóstol tenía referencias a la Santísima Trinidad, a la Santísima Virgen María, y al nombre de Cristo. Este último, como Guarducci lo explica, estaba indicado con el monograma “XP”, que era una forma de abreviación que resale a la época Constantiniana, en las primeras décadas del siglo IV.

Tanto la novedad de los métodos hermenéuticos utilizados como los resultados obtenidos fueron motivo de grandes discusiones entre los estudiosos del tema. El debate involucró de nuevo al jesuita Antonio Ferrua quien fue uno de los primeros que se ocupó de las inscripciones (La recensión del jesuita A. Ferrua quedó registrada en la Rivista di archeologia cristiana, 35 (1959), 231-247. En ella manifestaba que el método utilizado era frágil y asimismo los resultados. En contestación a esta recensión Margherita Guarducci escribió una contrarecensión en Archeologia classica, 13 (1961), 183-239). Los debates continuaron durante todo el tiempo de las excavaciones.

Una vez descifrado el muro en donde se hacía referencia a san Pedro, surgía una mayor cuestión, la verdad sobre la atribución de los huesos humanos encontrados en la Memoria Petrina.

Había unos huesos, como se había mencionado al hablar de la primera excavación, que se habían cambiado de lugar cuando por descuido en las excavaciones se habían mezclado con los escombros. Éstos estaban envueltos en pedazos de paño color púrpura y unos restos de hilos de oro (es interesante notar que el oro y la púrpura eran utilizados por quien detentaba una autoridad máxima).

Los análisis sobre estos huesos fueron realizados en 1964 en base a criterios antropométricos y fueron juzgados como pertenecientes a una persona de sexo masculino, de cerca 60 años de edad y de complexión robusta. Los análisis, después de ser presentados al Papa Pablo VI el 18 de febrero de 1965, se hicieron públicos (Los resultados del análisis quedaron publicados en M. GUARDUCCI, Le reliquie di Pietro sotto la Confessione della Basilica Vaticana, Libreria Editrice Vaticana, Città del Vaticano 1965).

En la audiencia general del 26 de junio de 1968, Pablo VI quiso comunicar personalmente los resultados de la investigación:

«Nuevas investigaciones precisas y pacientísimas que se llevaron a cabo han llegado a un resultado, que nosotros después del juicio de personas prudentes y competentes, creemos que es positivo: las reliquias de san Pedro han sido identificadas, de modo que podemos tenerlas como convincentes y damos gran mérito a quien ha dedicado a esto tantísimo tiempo de estudio y grandes fatigas. No se agotarán nunca las investigaciones, las verificaciones, las discusiones y las polémicas. Pero de nuestra parte, sentimos el deber, hasta el estado presente de las conclusiones arqueológicas y científicas, de daros a vosotros y a la Iglesia esta feliz noticia, obligados como estamos a venerar las santas reliquias sufragadas después de una seria prueba de su autenticidad […] tenemos razón de considerar que han sido encontrados los pocos, pero sacrosantos restos mortales del Príncipe de los apóstoles» (C. CARLETTI, La memoria di Pietro e la tenace passione di una donna, in L’Osservatore Romano, 19 novembre 2008, 4. La traducción es mía).

Sobre el lugar donde se habían depuesto los 9 fragmentos de las reliquias de san Pedro, el Papa Pablo VI hizo incidir B(eati) Petri ap (ostoli) se putantur (Cf. C. CARLETTI, La memoria di Pietro..., 4).

3. El significado de la tumba de San Pedro

El descubrimiento de la tumba de san Pedro es un signo que ayuda a fortalecer la fe de los creyentes. Es sabido que los descubrimientos científicos por sí mismos no pueden ser, ni son, el fundamento de la fe, sin embargo son medios muy valiosos que ayudan a confirmar lo que la tradición de la Iglesia había conservado desde los tiempos de san Pedro.

«Pedro le dice: “Señor, ¿a dónde vas?” Jesús le respondió: “Adonde yo voy no puedes seguirme ahora; me seguirás más tarde”. Pedro le dice: “¿Por qué no puedo seguirte ahora? Yo daré mi vida por ti» (Jn 13,36-38).

Si bien es cierto que Cristo le advierte a Pedro a renglón seguido que negará a su Maestro, no niega que Pedro, más tarde, vaya a morir por amor a Él siguiendo el camino ignominioso de la cruz.

Los descubrimientos científicos confirman lo que ya afirmaba la tradición de la Iglesia desde los primeros tiempos: Pedro murió en la ciudad de Roma durante la persecución de Nerón contra los primeros cristianos.

«En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías, e ibas adonde querías; pero cuando llegues a viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará a donde tú no quieras. Con esto indicaba la clase de muerte con que iba a glorificar a Dios» (Jn 21,18-19).

Durante la aparición de Cristo resucitado a los discípulos en la escena de la pesca milagrosa, el evangelista san Juan narra que después de comer Cristo preguntó a Pedro en tres ocasiones si lo amaba, obteniendo del Pescador de Galilea su triple confesión de amor.

Una vez hecha esta confesión Cristo le anuncia el tipo de muerte con el que manifestará su amor. Según la tradición, Pedro murió extendiendo las manos ante sus verdugos que lo crucificado boca abajo. Los descubrimientos de la tumba de san Pedro nos confirman el hecho de su muerte cruenta, ya que como vimos la tumba de San Pedro fue encontrada en la necrópolis cercana al Circo de Nerón, donde el Apóstol fue martirizado en nombre de su fe.

«Yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella» (Mt, 16,18).

El significado de que Pedro es el cimiento de la Iglesia de Cristo tiene que entenderse en un contexto espiritual. Cristo eligió a Pedro para que fuera su Vicario en la Tierra y que fuera el primer responsable de llevar adelante la Iglesia fundada por Cristo.

Cerca de 2000 años después, los fieles cristianos pueden encontrar que este fundamento de la Iglesia en el apóstol san Pedro queda reflejado incluso como algo visible en la construcción física de una iglesia sobre los huesos mismos del Príncipe de los Apóstoles.

La Basílica de San Pedro es de una manera el corazón de la Iglesia Católica que está fundamentada en Cristo y que dejó sus cimientos en su Vicario, que a través de una sucesión ininterrumpida llega hasta nosotros. La Iglesia en Roma y el Papa adquieren un verdadero Primado frente a las demás comunidades eclesiales.

«Yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca. Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos» (Lc 22,32).

Cristo pide al Padre por la fe de Pedro para que sea fuerte y que pueda llegar a ser el sostén de sus hermanos.

Pedro, con el testimonio de su muerte, ha sido roca sobre la cual se han apoyado los primeros cristianos. Aquí una vez más los descubrimientos científicos y la interpretación de las inscripciones encontradas en la tumba de san Pedro reflejan el cumplimiento de las palabras de Cristo. Esas expresiones de devoción a Pedro eran manifestaciones del amor al primer Vicario de Cristo.

Hoy, casi 2000 años después, los peregrinajes a la Basílica de San Pedro y a la tumba de san Pedro son elementos que ayudan a confirmar la fe de tantos cristianos dispersos por el mundo.

«Yo soy el buen pastor. El buen pastor da la vida por sus ovejas» (Jn 10,11).

Cristo ha dado su vida por nosotros como buen pastor. Pedro también fue el pastor de la Iglesia naciente que fue capaz de dar su vida a ejemplo del Maestro.

Acercarse a la tumba de san Pedro debe ser para todo creyente una motivación mayor para crecer en su fe y para adherirse al Vicario de Cristo. El Papa actual, al igual que san Pedro, sigue siendo para todos los creyentes un testimonio de Cristo, la palabra del buen pastor que reúne a todos los fieles bajo una sola grey, la Iglesia de Cristo.

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