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El año internacional de la astronomía: una oportunidad para recuperar el asombro

Andrés Ocádiz


Hace 400 años un inquieto matemático pisano tuvo la feliz idea de apuntar un telescopio hacia el cielo, y lo que vio le dejó asombrado: el cosmos es todavía más hermoso de lo que parece a simple vista.

Descubrió que Júpiter tiene satélites, que Venus tiene fases similares a las de la Luna y que Saturno tenía algo a su alrededor. Con estos descubrimientos fue recibido con honores en Roma, por el Papa, y por los jesuitas del Colegio Romano en el año de 1611. La historia, no obstante, no tuvo el final feliz que todos hubiéramos deseado.

Mucho se podría hablar del “caso Galileo”, pero considero que este no es el lugar. Sin embargo, el Año Internacional de la Astronomía no deja de ser una fantástica iniciativa, ya que se quiere conmemorar los 400 años de estos descubrimientos.

Este año dedicado a la astronomía «pretende nada menos que recuperar para las personas en todo el mundo la maravilla y el asombro extraordinario que caracterizaron la gran época de los descubrimientos en el siglo XVI». Estas palabras del Papa dirigidas a un grupo internacional de astrónomos el pasado 30 de octubre de 2009 exponen con claridad cuál debe ser la relación entre fe y ciencia. Mirar el cielo y observar tanta perfección y grandeza debe elevar el espíritu humano a un nivel superior.

Es verdad que se puede caer en el error de querer reducir esta maravilla a puros cálculos y experimentos, pero ¿cómo pensar en toda esta grandeza sin trascender la barrera de lo material? «Mi esperanza –dice el Papa– es que el asombro y exaltación que están destinados a ser los frutos de este Año Internacional de la Astronomía lleve más allá de la contemplación de las maravillas de la creación a la contemplación del Creador». Es verdad que ni la tierra ni el sol ni nuestra misma galaxia son el centro del universo, pero sí podemos estar seguros de que nosotros, los seres humanos, somos el centro de atención del amor de Dios, un Dios que nos «amó hasta el fin» (cf. Jn 1, 13) y entregó su vida por nosotros.

El P. José Gabriel Funes, S.J., director del Observatorio Vaticano en Castel Gandolfo, decía en una conferencia impartida el pasado 27 de octubre en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum que el hombre es polvo de estrellas. Al fin y al cabo, ¿de qué están formadas nuestras células sino de los mismos átomos que forman las estrellas? Polvo de estrellas, dice el P. Funes, pero polvo de estrellas con un aliento divino. Y es precisamente este aliento divino el que nos hace seres especiales, seres que, conociendo la grandeza del universo en el que viven, descubren al Autor de dicha grandeza.

Ejemplos de esta actitud son el P. Matteo Ricci, S.J., el P. Angelo Secchi, S.J., Johannes Kepler y el mismo Galileo. Todos ellos fueron grandes astrónomos que descubrían la mano de Dios escondida detrás del orden y la belleza del universo.

Quizá esta noche podemos salir a nuestros techos y, como invita el Papa, dirijamos «la mirada nuevamente a los cielos con un espíritu de asombro, contemplación y compromiso con la búsqueda de la verdad». Y, contemplando tanta maravilla, no dejemos de repetir con el salmista: «Al ver tu cielo, hechura de tus dedos, la luna y las estrellas, que fijaste tú, ¿qué es el hombre para que de él te acuerdes?» (cf. Sal 8, 4-5).

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