¿Convienen o no los premios en la música cristiana católica?
En plan de opinión, algunas reflexiones sobre este tema de actualidad.
Una de nuestras historias favoritas
El Padre Vicente es una de mis series radiofónicas favoritas. Fue escrita por el ya fallecido profesor Mario Kaplún, un gran comunicador –junto a su esposa doña Ana Hirsz-, y cuenta la historia de un sacerdote católico que vive en un barrio obrero. Sus vivencias, sus experiencias con todo tipo de personas y sus reflexiones en torno a la fe y al verdadero compromiso del cristiano van quedando plasmadas, capítulo tras capítulo, en un diario que el padre escribe.
En una de dichas vivencias, el padre Vicente se enfrenta al dilema de las premiaciones a los mejores alumnos del colegio parroquial (por cierto: la palabra “alumno” significa “sin luz”. Imagínense entonces, de acuerdo con los que aún usan esta palabra, el montón de velitas apagadas que tenemos en nuestras escuelas, colegios y universidades). Mientras que la directora del plantel está convencida de que los premios son un excelente incentivo para que las niñas y los niños se esfuercen por alcanzar altas metas académicas y así “lleguen lejos”, digamos, a elevados cargos ejecutivos y de mando, el padre Vicente se pregunta si las menciones de honor no serán más bien la forma más fácil de acostumbrar a los pequeños a pensar solamente en función de sus intereses personales, a anular sus inclinaciones generosas y a reducir su educación a la mera consecución de una medalla.
Llega el día de las premiaciones y en medio de la multitud de estudiantes, padres y maestras, cuando los papás y mamás de los ganadores se desgastan las manos de tanto aplaudir a su “hijito sabio”, cuando se anuncia a los ganadores de las medallas de oro, plata y bronce, mientras que los otros niños se enfrentan a su propia frustración y desgano, amén de las caras de desaprobación de sus defraudados progenitores, el padre Vicente impulsivamente propone algo nuevo: hasta ese momento, las maestras daban los premios. ¿Qué pasaría si fueran los mismos estudiantes quienes dieran esos reconocimientos?
En medio del espanto de los adultos ante semejante sacrilegio educativo, los niños se toman en serio la propuesta de Vicente. Y eligen a uno, a Maciel. Las profesoras se aterran: a ese ni siquiera lo habían considerado dentro del “cuadro de honor”. Pero los niños dan la razón de su elección. Maciel es muy buen compañero. Él ayuda a aquellos a quienes les cuesta aprender, hace un esfuerzo por dar lo mejor de sí a sus semejantes. Y por esa razón, sus cuadernos no tienen lindos dibujitos ni adornos como los de los seleccionados por las maestras, ni sus notas son las más altas: simplemente no tiene tiempo para tantas arandelas. Él va detrás de algo más importante que lucirse.
A Maciel ya no le pueden dar medalla alguna, porque todas fueron entregadas. Sin embargo, una compañerita se le acerca y le entrega un lápiz que el niño dejó en casa de la chica, en una ocasión en que durante horas él trató de explicarle un complicado problema matemático que ella no entendía. El lapicito estaba plagado de hendiduras hechas por los dientes de Maciel, quien lo mordía para mantenerse calmado y poder ayudar así a su amiga. Y ese fue el mejor de los premios, el más merecido. Esta es la historia de Maciel y de su medalla de palo.
¿Y a qué va este rollo?
Les cuento todo esto porque mi esposa y yo recordábamos este hermoso capítulo, simple y tierno, tras enterarnos de que cierto importante medio católico de nuestra ciudad de Bogotá ha anunciado durante los últimos días unos premios a lo mejor de la música católica, unos premios a los más importantes intérpretes de la canción para Dios. Este medio ha invitado a sus oyentes a votar por la música de sus artistas favoritos, de tal forma que el premio lo gana aquel que más llamadas de apoyo haya acumulado.
En un ejercicio de lectura de esta realidad –y tan sólo con visitar la página web del medio-, se percibe que la iniciativa tiene como finalidades apoyar al artista católico, impulsar sus iniciativas de evangelización y afianzar su reconocimiento entre el público (llamémoslo así, con perdón) de nuestra Iglesia. Probablemente llevar a cabo estos premios sea fruto de una buena intención. Sin duda alguna, los cantantes nominados tienen, sin excepción, excelentes cualidades no sólo artísticas, sino también personales.
Examinemos más detenidamente lo anterior a la luz de la historia de Maciel.
¿Apoyo justo y necesario?
Los premios del colegio parroquial son un aliciente para que niñas y niños “sean mejores”; los premios “hacen bien” pero solamente al ego de los estudiantes (¿?). Ahora bien, los premios son un apoyo al artista católico. ¿En qué consiste dicho apoyo? Gran parte de los postulados en la premiación son artistas que se dan a conocer a través del medio organizador; son, digámoslo así, de la casa (de esta manera, lo premios pierden el espíritu de apertura). Bastante apoyo, nos parece, es ya el pasar sus canciones durante la programación. ¿Y los artistas que casi no suenan o que definidamente no aparecen en el medio, específicamente esos que han pasado por las duras y por las maduras para dar a conocer su testimonio, tanto o más que los reconocidos, dónde quedan? Un montón de colegas anónimos, que todos los días se esfuerzan por decirle sí a Jesús a través del arte, que saben que no pueden callarse la Buena Noticia y que buscan transmitirla de la mejor manera posible, aun a costa de perder su tranquilidad y su estabilidad… Esos son los que requieren apoyo, no en clave de reconocimientos verbales ni de falsa fama egoísta, sino de ayuda para conseguir herramientas de trabajo (instrumentos, financiación de la producción de discos en términos justos, etc.), para que no se apague su voz, para mantener vivo el fuego del Espíritu en ellos ante la decepción y la apatía de este mundo.
¿Habrá que lucirse? ¿Qué es eso de impulsar?
Por otra parte, y aunque no lo parezca y no sea el mismo caso para todos, hay que lucirse para ganar los premios, y todos los esfuerzos para lucirse estarían mejor empleados en otras cosas, como en el caso de Maciel. Al participar (aunque a algunos los “participan”) en premios de este tipo, los artistas pierden el rumbo, el norte de su misión. Por ejemplo, he oído a ciertos colegas hablar de su intervención en tal o cual festival de arte católico, como si acabaran de llegar de una “batalla de bandas”, como la de la película Escuela del Rock. Dicen: “ganamos, no ganamos, quedamos de tanto”… ¿De eso se trata?
Impulsar a los artistas católicos es otra de las razones de los premios. Al respecto, y con todo respeto, diré que conozco colegas amigos que han pedido a sus allegados que voten por sus temas en el conteo de las 15 canciones en el medio en cuestión (un conteo hasta el número uno también es una premiación). ¿Ese es el impulso que necesita un músico católico? ¿Para eso fue enviado? ¿Su misión es dar el mensaje, ser fermento, o pedirle a la gente que vote por sus temas, en franca competencia con otros, como uno ve que hacen en los reality shows? (¡Vota ya mismo por Shindie –se pronuncia Cindy- enviando un mensaje del texto!)
Los oyentes, llevados y traídos
En los premios, el apoyo de los oyentes resulta fundamental. Tu voto cuenta, así que vota por tu artista favorito. ¿Para qué? La verdad es que convocar así a la gente no tiene un objetivo más claro que la promoción del medio. ¿Supiste que por allá están sonando x contra y? Pues vamos allá para ver qué pasa. Sintonicemos y veamos, oigamos, a ver quién dice la gente que es el ganador. ¿Y dónde quedan Jesús y su mensaje en medio de este campo de juego? Dirán que es precisamente a Él a quien están promocionando. ¿Están seguros?
Me dirán que exageramos, que lo que no se da a conocer se pierde, que incluso Jesús necesitó de fama para llegar a donde llegó. Pero como ya dije antes, su fama no era egoísta. El apoyo que se requiere es de otro tipo. A la gente hay que darle testimonio de vida en comunidad. Y por andar buscando lo que no es, nos vamos desgastando y olvidando nuestra misión.
En conclusión, el fin de apoyar al artista católico es bueno –buena falta nos hace-; sin embargo, el método en este caso que nos ocupa no lo es. Y no nos estamos inventando nada: ya varios músicos reconocidos y no tan reconocidos han manifestado su desacuerdo con las premiaciones en este ámbito. Por otra parte, Pablo ya se lo explicaba a los corintios: Se dice: “Uno es libre de hacer lo que quiera”. Es cierto, pero no todo conviene. Sí, uno es libre de hacer lo que quiera, pero no todo ayuda al crecimiento espiritual. No hay que buscar el bien de uno mismo, sino del bien de los demás. (1 Corintios 10.23-24).
Entonces, ¿los premios a lo mejor de la música cristiana, de la música católica, ayudan al crecimiento espiritual de las personas? ¿Son convenientes? ¿Buscan el bien común?
Lo que dice Jesús
Todas y todos caemos en la falta de ignorar lo que Jesús opina con toda claridad en su Palabra. ¿Qué expresaría hoy si le dicen: ven acá y sé jurado de esta o de aquella premiación? Veamos:
No amontonen riquezas aquí en la tierra, donde la polilla destruye y las cosas se echan a perder, y donde los ladrones entran a robar. Más bien amontonen riquezas en el cielo, donde la polilla no destruye ni las cosas se echan perder ni los ladrones entran a robar. Pues donde esté tu riqueza, ahí estará tu corazón (Mateo 6.19-21).
Llegaron a la ciudad de Capernaum. Cuando ya estaban en casa, Jesús les preguntó:
-¿Qué venían discutiendo ustedes por el camino?
Pero se quedaron callados, porque en el camino habían discutido quién de ellos era el más importante.
Entonces Jesús se sentó, llamó a los doce y les dijo:
-Si alguien quiere ser el primero, deberá ser el último de todos, y servirlos a todos. (Marcos 9.33-35).
Como ustedes saben, entre los paganos los jefes gobiernan con tiranía a sus súbditos, y los grandes hacen sentir su autoridad sobre ellos. Pero entre ustedes no debe ser así. Al contrario, el que entre ustedes quiera ser grande, deberá servir a los demás; y el que entre ustedes quiera ser el primero, deberá ser su esclavo. Porque, del mismo modo, el Hijo del hombre no vino para que le sirvan, sino para servir y para dar su vida como precio por la libertad de muchos. (Mateo 20.25-28).
Hermano músico, hermana artista: ¿Dónde estará tu riqueza, tu premio verdadero? ¿Dónde estará tu medalla de palo? ¿Importa más tu repisa cargada de trofeos, menciones y recortes de prensa o lo bueno que sin tanta bulla, con tu arte o sin tu arte, haces por los demás, que a la larga haces al mismo Dios?
Les aseguro que si ustedes no cambian y se vuelven como niños, no entrarán en el Reino de Dios. El más importante en el Reino de Dios es el que se humilla y se vuelve como este niño. Y el que recibe en mi nombre a un niño como éste, me recibe a mí. (Mateo 18.3-5).
El más insignificante entre todos ustedes, ése es el más importante. (Lucas 9.48).


