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« Febrero 2008 |
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Nos quieren quitar el alma, nos quieren arrancar la civilización cristiana. Quieren borrar de nuestra vida y de nuestras casas y ciudades el crucifijo, las imágenes de María, todo rastro de religión católica.
¿Quiénes son esos ladrones?
Todos aquellos que dicen no al Señor, como si Dios fuera un estorbo o un enemigo.
Aquellos que rechazan la Eucaristía, que dicen no a la confesión como si no fuera una necesidad sino un estorbo.
Todos aquellos que dan la espalda a la Santísima Virgen, cuando ella ha sido siempre un ángel de bondad para todos nosotros.
Los que dicen no a la vida. Cada día son más en un país donde siempre se ha dicho sí a la vida.
Todos aquellos que en definitiva dicen no a Dios, esos son los que nos están robando lo más nuestro, lo más auténtico, que es nuestra alma, nuestra civilización cristiana.
¡Cuidado! Porque en todas las esquinas están apostados esos ladrones que nos quieren robar el alma. Incluso se cuelan a nuestro hogar por medio de la televisión y el Internet.
Defendamos lo más nuestro, defendamos a nuestro Cristo, a nuestra Madre del cielo.
Jesucristo no me convence, no me interesa. Es una frase muy repetida en especial entre jóvenes. Y como no les interesa, se desentienden de Él y de la religión. Pero sí les interesa lo que huela a jolgorio, a pachanga, a ruido y bombo: Beber y beber, cantar y cantar, bailar hasta desmayarse, sensualidad sin freno.
Pero yo te pregunto: ¿qué clase de Cristo es el que rechazas? Ciertamente el Cristo que yo adoro y que yo amo no es el que tú rechazas.
Porque tú quieres ser feliz, ¿o no? Porqué tú también deseas un gran amor en tu vida, tú buscas la paz, buscas la felicidad, la realización personal en tu existencia; tú buscas tener dentro de ti una razón para vivir.
¿Quién es Jesucristo? Jesucristo es el amor, es la realización personal, es la auténtica paz, es el amor. Si lo conocieras, no lo rechazarías, porque todo lo que buscas lo encuentras en Él, y en grado sumo. Jesús, a quien rechazas, es el cúlmen de tus sueños de felicidad, y lo ignoras.
En la medida que tomes en serio a Jesucristo, te sentirás lleno de paz, lleno de realización personal.
No rechaces lo que más te interesa, sólo porque lo desconoces. Dale una oportunidad a Cristo, como se la has dado a la botella, a la droga, al sexo libre, al materialismo.
Si tan seguro estás, te reto a que lo conozcas en la Biblia y en la Eucaristía. El amigo que buscas, el amigo que puede arrancarte de tus desgracias y amarguras es Jesús.
Muchos que lo despreciaron durante largo tiempo, hoy son sus mejores amigos.
Lo más importante de esta vida, es la otra vida. Ganar dinero no está mal pero has de recordar que a la otra vida no te llevarás ningún centavo; ser famoso en esta vida no es malo, si bien se emplea, pero los monumentos y las calles con tu nombre se quedarán aquí. Comer, beber, divertirse no es que esté mal, si tienes medida en ello, pero todo eso termina aquí.
Si te las arreglas en este mundo para obtener una vida eterna, feliz, habrás sido uno de los inteligentes. En todos tus presupuestos debe estar presente una partida: la otra vida.
Si ahora analizamos el comportamiento de muchos hombres, ¿qué vemos? Luchan con todas sus fuerzas por lograr los bienes de este mundo y casi ni mueven un dedo por los bienes eternos.
Cuando llega la muerte, les obliga a dejar todo lo de aquí, aquí, y a llevarse solamente lo que es de allí, es decir lo que hayan hecho por Dios y por sus hermanos los hombres: las buenas obras. ¡Qué insensatez luchar toda una vida como esclavos y morir sin nada!
Por otra parte la vida disponible para ganar méritos para la eternidad es solamente una y bien corta. Podemos dejar este asunto para más adelante, pero podría quedarse para nunca.
Hay grandes hombres y mujeres en diferentes campos de la vida: millonarios, reyes, famosos jugadores y cantantes, generales de mil victorias, y santos. Sin despreciar a los anteriores, elijo ser santo.
San Agustín le decía a Dios: “¿Quién soy yo, Señor, para que me exijas y me pidas que te ame con todo mi corazón, con toda mi alma, con toda mi mente, con todas mis fuerzas, y te enojas muchísimo si no lo hago, más aún me amenazas con castigos eternos?
También yo podría decirle lo mismo: ¿quién soy yo? Dios no quiere de los hombres ni su dinero, ni sus rezos, ni sus rollos, quiere solamente una cosa: que le amemos y que le amemos no de cualquier manera, sino con todas nuestras fuerzas, y que amemos al prójimo como a nosotros mismos.
Si amas, tienes salvación; si no amas, estás perdido. El verdadero amor coincide con el verdadero olvido de nosotros mismos. Hemos convertido la religión del amor en la religión de los mandamientos. ¡Qué lástima! El amor produce alegría, por eso la religión del amor es la religión de la alegría. Sin embargo, si algo encontramos entre los cristianos son caras de aburridos y tristes, no se les ve caras de resucitados como decía Niestzche. ¿Cómo recuperar el alma de la religión católica que es la alegría de amar?
La alegría de amar: La religión que ofrezca esto es la mejor de todas, porque colma las aspiraciones más profundas del ser humano. Pues bien, si queremos escuchar a Jesús con oídos sinceros, podemos leer en el evangelio estas palabras: Amarás al señor tu Dios con todo tu corazón y al prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos está toda mi religión”.
Yo me pregunto: ¿De qué sirve una religión, si no es capaz de ofrecer a sus seguidores lo que ellos tienen derecho a esperar?: respuesta a sus dudas, solución a sus problemas, profunda felicidad, un sentido a sus vidas. ¿De qué sirve una religión si no hace mejores a sus seguidores?
Los hombres sin religión tienen derecho a decirte: Demuéstrame que el profesar una religión, por ejemplo la católica, me reporta bienes y me hace mejor. Tú crees en Dios, y vives tan amargado como yo. ¿De qué te sirve creer? Vas a misa los domingos y eres igual, si no peor, que yo. ¿De qué te sirven tus misas y tus rezos? Podríamos entonces preguntarnos: ¿Vale la pena seguir una religión? Depende. Si se vive a medias, no; si se vive en serio, sí.
Dado que el problema de muchos consiste en haber reducido su religión a un cristianismo semi-podrido de misa dominguera, a un cristianismo de bolsillo sin exigencias, claro que esa forma de vivir no da nada, ni respuestas, ni felicidad, ni fortaleza, nada. Pero hay otra forma de ser cristianos que sí llena, ayuda y fortalece que consiste en ser cristianos de verdad.
Los santos que han vivido a fondo la religión cristiana son los únicos que pueden hablar de si su religión convence o no. Y me temo que ninguno va a decir que la religión fundada por Jesús es aburrida y que no llena, pues a ellos les resultó entrañablemente bella y enriquecedora. Por eso, precisamente, se la tomaron tan en serio y nos invitan a nosotros a hacer lo mismo.
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