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La civilización cristiana está en peligro. Los valores del evangelio: la caridad, los mandamientos, la frecuencia de sacramentos, el hábito de rezar, la buena costumbre de ir a la iglesia se van muriendo.
La bondad, el respeto, la pureza, la obediencia, van cayendo en desuso y se substituyen por anti-valores como el rencor, la destrucción de la vida, el divorcio, el amor libre, la falta de respeto.
Las naciones que se despreocupan de estos valores deberán aumentar el presupuesto para cárceles, para erradicar enervantes, para hospitales psiquiátricos, para hospitales especializados, por ejemplo, para enfermos de sida.
La civilización cristiana es un patrimonio muy valioso. Se cuida el agua, el bosque ¿y los valores? Algunos dicen que es una religión pasada de moda, pero yo respondo que por sus frutos se conoce el árbol.
La gente que cree y vive la moral cristiana en serio, es feliz, es buena. Que no ha dado todos los frutos, es cierto, porque muchos no la viven en serio.
Que presenten algo mejor, pero no en teoría, que de teorías e ideologías estamos hartos; que presenten algo que haga felices y buenos a los hombres, y yo soy el primero que me apunto a esa religión. Pero por tratar nuestra preciosa religión como religión pasada de moda, de moral trasnochada, ahí tenemos el resultado: el desastre.
Me pregunto por qué los hombres cuando van a un banquete disfrutan tanto comiendo y bebiendo y, en cambio, cuando van a una iglesia, se aburren soberanamente. ¿Será más importante alimentar el cuerpo que alimentar el alma?
El cuerpo es mortal, el alma no muere, y el hombre es más alma que cuerpo. Lo lógico sería que, si siento gusto por la comida y la bebida, sintiera más gusto cuando voy a abrevar mi alma en las fuentes cristalinas de la oración, de las virtudes teologales, de los sacramentos. Es decir, debería disfrutar hondamente de todos estos valores espirituales.
¿Qué está pasando? Para el comer y beber sentimos hambre, sentimos sed, para las cosas del alma ya no sentimos ni hambre ni sed. ¿Por qué? ¿No será que nuestra alma está enferma?
Tenemos hambre de Dios. Cuando estás desesperado, tienes hambre y sed del Dios misericordioso, aunque no lo sepas.
Cuando te sientes abandonado y despreciado, sientes hambre y sed del Dios Amor que hace felices a millones.
Cuando el temor te agobia, es que estás hambriento de la paz de Dios.
Cuando te sientes triste, es que tienes hambre y sed de las caricias de una Madre.
Yo he sentido, muchos han sentido, esa hambre y sed de paz, de amor, de misericordia, y sólo en Dios la han saciado.
Lo dijo una mujer de Castilla, que además es santa, de nombre Teresa: “Quien a Dios tiene, nada le falta. Sólo Dios basta.”
Si tienes todo menos a Dios, todo te falta. Si tienes a Dios, nada te falta.
A tí, que puedes dármela. En nombre de miles de jóvenes que no han sido tan afortunados como tú; en nombre de cientos de muchachos y niños, entre los 12 y 20 años, que intentaron suicidarse, y en nombre de los cientos de chicos y chicas que no sólo lo intentaron sino que se quitaron la vida. Dame una limosna de esperanza para los cientos de jóvenes entre los 12 y 25 años que me han dicho llorando de desesperación: "No encuentro sentido a mi vida."
Un niño de 14 años me dijo un día: "Quiero morirme." Una limosnita de caridad para los miles de personas que no creen en Dios, que no creen en nada, que viven sin ilusión, gente sin esperanza que camina por la vida sin rumbo. Una limosnita, por amor de Dios. No te pido que me des todo lo que tienes, dame un poquito de lo que te sobra, las migajas de tu fe, de tu esperanza, de tu ideal.
Te pido una limosna en memoria de los que han muerto en pecado mortal y se han condenado para siempre. No te la pido para ellos, ya que les llegaría demasiado tarde, te pido una limosna de oración para los que están en la fila. Una limosna para los que, hartos de todo, se arrancaron la vida violentamente porque nadie les tendió la mano a tiempo.
Sé que estás muy ocupado, que tienes muchas cosas que hacer. Tan solo dame un minuto de tu tiempo. Una sonrisa, una palabra de aliento. Tú, que pareces feliz, dime: ¿Crees que puedo ser feliz en este mundo?
Tú, que te sientes tan sereno, ¿cómo lo haces? Tú, que hablas de un Dios que te alegra la vida, ¿podrá alegrar también la mía? Tú, que pareces tener un porqué para vivir, ¿no quieres dármelo a mí? Date prisa porque ya me estoy hartantdo de seguir viviendo, de seguir pudriéndome en esta vida sin sentido. Y, posiblemente, si tardas, ya me habré ido al otro lado.
Una limosna pequeña. Mira esta mano extendida, es la mía, pero esta mano representa a muchas otras; por ejemplo, la de aquél que dijo: ¿Y sigo pensando en mi Cristo Místico compuesto por cada uno de mis hermanos. Y escucho su voz que clama: "Tengo hambre y ne das de comer: hambre de Dios. Tengo sed y no me das de beber; sed de vida eterna; estoy desnudo y no vistes, no me defiendes de mis enemigos. Y me convenzo de que esta hambre de Dios puede convertirse en desesperación, esta sed puede convertirse en rabioso frenesí, esta desnudez puede llegar a ser muerte."
Y si me das esa limosna, en nombre de Dios y en el de todos esos infelices, ¡gracias! ¡ muchas gracias!
El mundo tu mundo, está lleno de desgraciados: hambrientos, tristes, desesperados. Una limosn, por amor de Dios, para un desgraciado.
Jesucristo no me convence, no me interesa. Es una frase muy repetida en especial entre jóvenes. Y como no les interesa, se desentienden de Él y de la religión. Pero sí les interesa lo que huela a jolgorio, a pachanga, a ruido y bombo: Beber y beber, cantar y cantar, bailar hasta desmayarse, sensualidad sin freno.
Pero yo te pregunto: ¿qué clase de Cristo es el que rechazas? Ciertamente el Cristo que yo adoro y que yo amo no es el que tú rechazas.
Porque tú quieres ser feliz, ¿o no? Porqué tú también deseas un gran amor en tu vida, tú buscas la paz, buscas la felicidad, la realización personal en tu existencia; tú buscas tener dentro de ti una razón para vivir.
¿Quién es Jesucristo? Jesucristo es el amor, es la realización personal, es la auténtica paz, es el amor. Si lo conocieras, no lo rechazarías, porque todo lo que buscas lo encuentras en Él, y en grado sumo. Jesús, a quien rechazas, es el cúlmen de tus sueños de felicidad, y lo ignoras.
En la medida que tomes en serio a Jesucristo, te sentirás lleno de paz, lleno de realización personal.
No rechaces lo que más te interesa, sólo porque lo desconoces. Dale una oportunidad a Cristo, como se la has dado a la botella, a la droga, al sexo libre, al materialismo.
Si tan seguro estás, te reto a que lo conozcas en la Biblia y en la Eucaristía. El amigo que buscas, el amigo que puede arrancarte de tus desgracias y amarguras es Jesús.
Muchos que lo despreciaron durante largo tiempo, hoy son sus mejores amigos.
Lo más importante de esta vida, es la otra vida. Ganar dinero no está mal pero has de recordar que a la otra vida no te llevarás ningún centavo; ser famoso en esta vida no es malo, si bien se emplea, pero los monumentos y las calles con tu nombre se quedarán aquí. Comer, beber, divertirse no es que esté mal, si tienes medida en ello, pero todo eso termina aquí.
Si te las arreglas en este mundo para obtener una vida eterna, feliz, habrás sido uno de los inteligentes. En todos tus presupuestos debe estar presente una partida: la otra vida.
Si ahora analizamos el comportamiento de muchos hombres, ¿qué vemos? Luchan con todas sus fuerzas por lograr los bienes de este mundo y casi ni mueven un dedo por los bienes eternos.
Cuando llega la muerte, les obliga a dejar todo lo de aquí, aquí, y a llevarse solamente lo que es de allí, es decir lo que hayan hecho por Dios y por sus hermanos los hombres: las buenas obras. ¡Qué insensatez luchar toda una vida como esclavos y morir sin nada!
Por otra parte la vida disponible para ganar méritos para la eternidad es solamente una y bien corta. Podemos dejar este asunto para más adelante, pero podría quedarse para nunca.
Hay grandes hombres y mujeres en diferentes campos de la vida: millonarios, reyes, famosos jugadores y cantantes, generales de mil victorias, y santos. Sin despreciar a los anteriores, elijo ser santo.
San Agustín le decía a Dios: “¿Quién soy yo, Señor, para que me exijas y me pidas que te ame con todo mi corazón, con toda mi alma, con toda mi mente, con todas mis fuerzas, y te enojas muchísimo si no lo hago, más aún me amenazas con castigos eternos?
También yo podría decirle lo mismo: ¿quién soy yo? Dios no quiere de los hombres ni su dinero, ni sus rezos, ni sus rollos, quiere solamente una cosa: que le amemos y que le amemos no de cualquier manera, sino con todas nuestras fuerzas, y que amemos al prójimo como a nosotros mismos.
Si amas, tienes salvación; si no amas, estás perdido. El verdadero amor coincide con el verdadero olvido de nosotros mismos. Hemos convertido la religión del amor en la religión de los mandamientos. ¡Qué lástima! El amor produce alegría, por eso la religión del amor es la religión de la alegría. Sin embargo, si algo encontramos entre los cristianos son caras de aburridos y tristes, no se les ve caras de resucitados como decía Niestzche. ¿Cómo recuperar el alma de la religión católica que es la alegría de amar?
La alegría de amar: La religión que ofrezca esto es la mejor de todas, porque colma las aspiraciones más profundas del ser humano. Pues bien, si queremos escuchar a Jesús con oídos sinceros, podemos leer en el evangelio estas palabras: Amarás al señor tu Dios con todo tu corazón y al prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos está toda mi religión”.
Una de las cosas que más requieren las personas, los adultos, los jóvenes y los niños, es que alguien les diga con cariño: “Tú puedes”, que alguien les de ánimos: ánimo para estudiar; ánimo para seguir viviendo; ánimo para seguir sufriendo.
El que tiene fe y esperanza encuentra en esas virtudes la fuerza, el estímulo, la razón para vivir.
Es necesario que cada uno sepa darse ánimos así mismo, se requiere conocer este arte difícil pero necesario.
Este arte hay que saberlo emplear también para con el prójimo. El que sabe decir a los demás una palabra de aliento se convierte de inmediato en su amigo.
Los hombres y mujeres de nuestro mundo necesitan mucho ánimo, necesitan mucha simpatía, requieren de gente que sepa y pueda decirles: “Adelante, tú puedes.” Gente que logre infundirles un gran estilo de fe y de esperanza.
Si tú sabes motivar, ven, te necesitamos. Inscríbete en el club de la alegría y de la motivación.
Un ideal en la vida es una meta grande, hermosa, exigente que nos lanza precisamente a las alturas. Este ideal es el que embellece la vida, la ennoblece, la llena de alegría y de entusiasmo. Es lo que da una razón, un por qué a nuestro vivir y a nuestro trabajo.
Hoy se habla poco de ideales, sobre todo a los jóvenes, y por eso, nos encontramos por doquier gente vacía de contenido, jóvenes hastiados de vivir, jóvenes frustrados en la vida, y eso no puede ser. Es necesario que nos vuelvan hablar de aquellos ideales. Es necesario volver a dar, sobre todo a los jóvenes, una razón para vivir, una razón para amar; una razón para realizar cosas grandes en este mundo.
Jesús es el ideal que más hombres y mujeres ha arrastrado. Han decidido amarlo, seguirlo, incluso dar la vida por Él. Son millones los que han encontrado en Él el sentido de la vida, la razón para amar, para sufrir y para morir.
La vida es muy triste cuando no se tiene un por qué vivir y un por quién vivir.
“He encontrado a Cristo y por tanto la alegría de vivir”, dijo una joven en un retiro. Que nos vuelvan a hablar de Jesús, el gran conquistador de corazones; que nos entusiasmen otra vez con Él, o moriremos de hastío.
“Ama y haz lo que quieras”. Mientras ames a Cristo y por Cristo a los hombres y por Cristo a la vocación de cristiano o de consagrado, puedes hacer lo que quieras; el amor te mantendrá en el justo orden.
Si se dice a la inversa: “Haz lo que quieras y no ames”, estarás perdido; perdido estuviste tantas veces por querer hacer tu vida sin amor, perdido estás ahora por querer hacer y hacer, y no darte tiempo para amar.
Amar a Cristo es tarea sencilla. Se logra con los detalles de cada día. Sumados todos los pequeños sacrificios de una jornada, forman una gran cosecha. A veces hace uno las cosas, las tiene que hacer, pero el amor brilla por su ausencia; tantas otras el amor se supone, pero no existe, y las más, existe moribundo, enclenque, enflaquecido, que da pena.
Eres lo que amas, vives o mueres del corazón.
“Ama y haz lo que quieras”: entonces, ama y despreocúpate de todo. Cada día es una oportunidad de amar, cada día debes verlo con la ambición, con la ilusión del enamorado, que no se conforma con un amorcillo cualquiera, sino que sólo descansa en el amor eterno y en el amor total.
El amor es la respuesta, amor apasionado, amor gigante al Gigante del amor. Si dejas de amar, nadie te salva, pero, si el amor vigila, no hay porqué temer.
Tienes un peligro ante la vista, el tomar los propósitos con estilo militar, el olvidarte del amor por anclarte en el hacer. Por amor te levantas y por amor te acuestas, por amor luchas y trabajas y por amor, descansas. La oración te lanza al amor y el apostolado lo haces por amor. Si el amor en ti es más fuerte que la muerte, también tú podrás gritar: “¿Quién me arrancará del amor a Cristo?”
“Ama y haz lo que quieras”. No quieras complicar tu trabajo por las almas ni la vida misma, debes concentrarte en este sólo amar con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Pregúntate al despertar cada mañana: ¿De qué nueva forma voy a amar a Cristo?
No seas prisionero de la rutina o del cansancio: algo nuevo, vivo, fresco debes encontrar cada día, que transforme esa jornada en una aventura.
“Ama y haz lo que quieras”: Ama cuando rezas, cuando trabajas en el colegio o en la oficina, cuando te encierras en tu cuarto, cuando conduces el coche o caminas por los campos.
¡Ama! Ama todo lo que puedas, pon tu corazón a mil revoluciones; el amor, verás, terminará con todas tus cadenas, las cadenas antiguas que te hicieron agonizar en la mazmorra. El amor te llevará a la cumbre de la santidad, el amor te volverá intrépido en la batalla del Reino; ama y despreocúpate; pero, cuidado con los enemigos del amor. Si tu amor muere, habrás muerto tú, y asistirán a tu sepultura, la sepultura de tus grandes ideales, las pasiones guiadas por el Padre de la mentira.
Durante las fiestas de Navidad o durante la Semana Santa, en que vas a contemplar los misterios del Amor más excelso, aprende a amar de nuevo como nunca has amado.
Admirar al prójimo es una buena cualidad, pero puede convertirse en peligrosísimo defecto. Si se trata de admirar para inspirarte, muy bien; si es admirar para incorporar a tu persona los valores que ves en los demás, aceptado.
Pero si se trata de admirar para denigrarte o para sentirte deprimido porque las cualidades del otro brillan por su ausencia en ti, andas muy descaminado.
Con frecuencia se eleva tanto el pedestal del héroe que se queda solo; ya no resulta imitable, sino envidiable.
Y ¿qué ganas con admirar a los santos y a los héroes, si están fuera de tu alcance? Que les aprovechen sus virtudes y su heroísmo.
Prefiere un hombre más cercano a tu estatura, quizás menos famoso, menos santo, pero que pueda darte una lección, que sea imitable para ti.
Lo importante de los grandes hombres es cómo se alzaron del anonimato. Subieron escalón por escalón, como cualquier ser humano, como tú puedes subir. La distancia que nos separa puede acortarse, si persigues el mismo sistema de subir que ellos persiguieron. Sistema que sabe a esfuerzo, a tesón , a entusiasmo sin fin.
De ahora en adelante proponte mirar a los grandes hombres por el lado en que son capaces de ser imitados por ti.
Me he preguntado muchas veces: ¿Por qué los hombres, cuando van a un banquete, saben disfrutar del comer y del beber y, en cambio, cuando van a una iglesia, se aburren soberanamente?
¿Será más importante alimentar el cuerpo que alimentar el alma? El hombre es cuerpo y alma. El cuerpo es mortal, el alma no muere. Por eso, lo lógico sería que, si siento gusto y apetito por comer y beber bien, debería sentir un apetito infinitamente mayor por las cosas del espíritu, por alimentar mi alma.
Pero, ¿por qué sentimos hambre y sed de las cosas materiales, las cosas del cuerpo, y no sentimos hambre y sed de los valores del espíritu? ¿Será porque nuestra alma está muy enferma?
Orar es amar y ser amado. Si te aburres, rezando, yendo a misa, es que ya no amas.
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