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Miranda Prorsus

Fragmento del documento de la Iglesia que habla s. obre el cine, la radio y la televisión. Publicado por el Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales durante Jornada Mundial de las Carta Encíclica del Sumo Pontífice Pío XII, el 8 de septiembre de 1957

C) LA TELEVISIÓN

32. Queremos hablaros, por último, brevemente de la televisión, que ha tenido precisamente durante Nuestro pontificado un prodigioso desarrollo en algunos países y que gradualmente ya se va introduciendo también en todas las demás naciones.

Este desarrollo, que es, sin duda alguna, una etapa importante en la historia de la humanidad, lo hemos seguido con vivo interés, con grandes esperanzas y con graves preocupaciones, elogiando ya desde un principio sus notables ventajas y nuevas posibilidades, pero previniendo e indicando sus peligros y posibles abusos.

La televisión tiene muchos puntos comunes con el cinematógrafo, puesto que ofrece a la vista un espectáculo de vida y de movimiento; ni tampoco es raro que se sirva de películas. Bajo otros aspectos, participa de la naturaleza de las funciones de la radio, puesto que se dirige al espectador, no ya en salas públicas, sino en el recinto de su propia casa. No es, por lo tanto, necesario repetir las recomendaciones hechas anteriormente a propósito del cine y de la radio sobre los deberes de los espectadores, de los oyentes, de los productores y de las autoridades públicas. Tampoco es preciso renovar Nuestras advertencias sobre el cuidado que debe tenerse en la preparación e incremento de los programas religiosos.

Tenemos conocimiento del interés con que un gran público sigue las transmisiones católicas en la televisión. Es evidente que participar por televisión en la santa misa -como lo decíamos hace algunos años refiriéndonos a la radio[52]- no es lo mismo que la asistencia física al sacrificio divino, requerida para satisfacer el precepto festivo. No obstante, los abundantes frutos de fe y de santificación que, gracias a la televisión de ceremonias litúrgicas, recogen quienes no pueden asistir a ellas, Nos inducen a estimular dichas transmisiones.

A los Obispos de cada nación corresponde juzgar sobre la oportunidad de las diversas transmisiones religiosas y confiar su realización a la Oficina nacional competente, la cual, como en los sectores anteriores, desarrollará una conveniente actividad de información, de educación, de coordinación y de vigilancia sobre la moralidad de los programas.

33. La televisión, además de los aspectos que le son comunes con los dos medios precedentes de difusión, posee también sus propias características. Ella, en efecto, permite participar con la vista y el oído en sucesos lejanos, y ello en el momento mismo en que suceden, con una impresión que se acerca a la del contacto personal, y cuya proximidad viene aumentando por el sentido de intimidad y de confianza propio de la vida familiar.

Se debe, pues, tener muy en cuenta este carácter sugestivo de las transmisiones televisivas en lo íntimo del santuario familiar, donde su influencia será incalculable en la formación de la vida espiritual, intelectual y moral de los miembros de toda la familia y ante todo, de los hijos, que experimentarán inevitablemente el atractivo de la nueva técnica. Si es verdad que un poco de levadura hace que toda la masa fermente[53], y si en la vida física de los jóvenes un germen infeccioso puede impedir el desarrollo normal del cuerpo, ¡con cuánta mayor razón un elemento negativo en la educación puede comprometer su equilibrio espiritual y su desarrollo moral! Y ¿quién no sabe con cuánta frecuencia sucede que un niño que resiste al contagio de una enfermedad en la calle no resiste, sin embargo, cuando el foco de infección se encuentra en su propia casa?

La santidad de la familia no puede ser objeto de compromisos, y la Iglesia jamas se cansará, según su pleno derecho y su deber, de trabajar con todas sus fuerzas para que este santuario no sea profanado por el mal uso de la televisión.

Dada la gran ventaja que tiene de mantener más fácilmente dentro del hogar a mayores y a pequeños, la televisión puede contribuir a reforzar los lazos de amor y de fidelidad en la familia, pero siempre con la condición de que jamás menoscabe esas virtudes mismas de fidelidad, de pureza y de amor.

No faltan, sin embargo, quienes juzgan imposible realizar tan nobles exigencias, al menos por ahora. Los compromisos contraídos con los espectadores -afirman- requieren que se llene a toda costa el tiempo previsto para las transmisiones. La necesidad de tener a disposición una vasta selección de programas, obliga a recurrir a espectáculos que en un principio estaban destinados tan sólo para salones públicos. La televisión, por lo demás, no es sólo para los jóvenes, sino también para los mayores. Reales son las dificultades, pero su solución no puede ser diferida para más adelante, cuando ya la falta de discreción y de prudencia en el uso de la televisión haya acarreado daños individuales y sociales, daños que tal vez hoy difícilmente pueden valorarse.

34. A fin de que tal solución se pueda obtener simultáneamente con la introducción progresiva de dicha técnica en los diversos países, será ante todo necesario realizar un esfuerzo intenso en preparar programas que correspondan a las exigencias morales, psicológicas y técnicas de la televisión. Por esta razón invitamos a los hombres católicos de cultura, de ciencia y de arte, y en primer lugar al Clero y a las Ordenes y Congregaciones religiosas, a darse cuenta de esta nueva técnica y a prestar su colaboración para que se pongan al alcance de la televisión las riquezas espirituales del pasado y las que puede brindarle todo progreso auténtico.

Es menester, además, que los responsables de los programas televisuales no sólo respeten los principios religiosos y morales, sino que tengan en cuenta el peligro, que puede resultar para los jóvenes, de transmisiones destinadas a los adultos. En otros campos, como sucede por ejemplo en el cine o en el teatro, en la mayoría de los países se protege a los jóvenes contra los espectáculos inconvenientes con empleo de medidas adecuadas. Lógicamente, y con mucha más razón tratándose de la televisión, convendrá asegurarle las ventajas de una perspicaz vigilancia. Aun en el caso de que no se supriman -como se ha hecho laudablemente en algunas partes- de los programas de televisión los espectáculos prohibidos para menores, indispensable será por lo menos tomar las convenientes medidas de precaución.

35. Aun con todo esto, la buena voluntad y la honrada actividad profesional de quien transmite no son suficientes para asegurar el pleno aprovechamiento de la técnica televisual, ni para alejar todo peligro. Es insustituible la prudente vigilancia del espectador.

La moderación en el empleo de la televisión, la discreta admisión de los hijos, según su edad, a ciertos programas; la formación de un criterio recto sobre los espectáculos vistos y, finalmente, el apartarlos de programas que no les convengan pesa como un grave deber sobre la conciencia de los padres y de los educadores. Bien sabemos que especialmente este último punto podrá crear situaciones delicadas y difíciles, y que el buen sentido pedagógico exigirá frecuentemente a los padres que den ejemplo, aun con el propio sacrificio personal, en renunciar a determinados programas. Pero ¿acaso será pedir demasiado que los padres se sacrifiquen cuando está en juego el bien supremo de los hijos? Será, pues, "más que nunca necesario y urgente -como escribíamos a los Obispos de Italia- formar en los fieles una conciencia recta de sus deberes cristianos en el uso de la televisión"[54], para que ésta jamás sirva a la difusión del error y del mal, antes bien se convierta en "un instrumento de información, de formación y de transformación"[55].

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